Riccardo Muti recibió un ramo de flores al finalizar el concierto
Riccardo Muti recibió un ramo de flores al finalizar el concierto - AFP

Muti no se sale del guion en un convencional concierto de Año Nuevo en Viena

Dirigido por Riccardo Muti, apenas cobró vida algo que se notaba demasiado planificado, pulcro, limpísimo, esteticista hasta el engolamiento

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Ante el concierto de Año Nuevo en Viena abunda el entusiasmo, a tenor del número de receptores que se mantienen fieles al evento. El aforo de la Musikverein vienesa incluye 2.044 espectadores oficiales (los oriundos y los japoneses son mayoría); unos cincuenta millones de todo el mundo siguen en directo la transmisión y hasta mil millones se calculan los alcanzados por esta extraordinaria industria que se difunde gracias a la versión digital del concierto disponible ya el 5 de enero y luego en otros soportes, el CD, DVD, Blue Ray y LP.

En lo que a España se refiere, la transmisión llegó gracias a RTVE y varios de sus canales de radio y televisión. Martín Llade se ocupó de presentar el concierto anotando su nombre junto al de otros históricos compañeros como Fernando Argenta, Carlos Herráiz, Rafael Taibo o, en los últimos años, José Luis Pérez de Artega, fallecido recientemente. A él dedicó la transmisión, y pensando en él recuperó su peculiar comunicabilidad, siempre entusiasta, a ratos simpática y en ocasiones decididamente optimista. Porque no todos son flores en este concierto que también tiene sus altibajos, particularmente desde que en 1987 se iniciará con Herbert von Karajan la costumbre de invitar un director para cada edición. Solo algunos han repetido, como sucede con Riccardo Muti, que ha vuelto al podio de la Filarmónica de Viena tras cuatro actuaciones anteriores a considerar dentro de la muy larga colaboración artística entre la orquesta y el director.

Habría que escribir mucho sobre Muti, sobre su extraordinaria carrera prolongada durante medio siglo, sobre la singularidad de su carácter, y sobre todo, sobre la manera en la que entendía y entiende el fenómeno musical, siempre preocupado por la claridad de la letra y, no siempre, especialmente en la actualidad, por agitar una sensación. Con todos los matices que se quieran poner a una interpretación escuchada a través de la radio y la televisión, el concierto de Año Nuevo fue aburrido en su primera mitad. Comenzó a sonar distinto en la segunda parte con las «Myrthenblüten» del hijo Johann Strauss el gran protagonista, primer (y casi único) «pianissimo» del concierto, meticulosamente elaboradas, sutilmente rubateadas, como lo había estado el «Marienwalzer» del padre. Vino a levantar el ánimo la polca rápida «Freikugeln». Los siempre encantadores «Cuentos de los bosques de Viena» (convertidos ahora en viñedos por mor de la imagen televisiva) tuvieron desarrollo con la participación de la citarista Barbara Laister-Ebner. Se mantuvo incólume la esperanza ante la «Fest-Marsch». Y volvió la rutina con la polca mazurca «Stadt und Land». Ni tan siquiera revivió ese «An der schönen blauen Donau» sin historia. En medio del paréntesis de esperanza sonó la «Stephanie gavotte» de Alphons Czibulka, verdadera novedad musical, entre otras varias, de este concierto.

Ni un detalle instrumental original, ni una ocasión para el regocijo general más allá de la buena construcción de algunos valses («Rosen aus dem Süden»), ni un gesto que pareciera fuera del guion. La edición 2018 del concierto de Año Nuevo en Viena se instaló en lo convencional, acústica y visualmente, gracias a la pudorosa realización de Henning Kasten demasiado pegada a lo previsible y muy poco al gesto del momento. Apenas hubo ocasión de ver a Muti en acción en momentos decisivos, apenas cobró vida algo que se notaba demasiado planificado, pulcro, limpísimo, esteticista hasta el engolamiento. Soleado, excepto en esas imágenes nevadas y formidables del Danubio. Cuadriculado si no fuera porque el Ballet del Estado de Viena vistió extraordinarios diseños de Jordi Roig y sensatas coreografías de Davide Bombana. Varias convivieron con ejemplos arquitectónicos de la Secesión artística vienesa a cuyos protagonistas se homenajeaba en el centenario de su muerte. Curiosa coincidencia con el desmembramiento del imperio austrohúngaro. Aquel mundo de felicidad y complacencia. Tan falto de riesgo. Ahora, tan falto de emoción.