Una escena de «Maruxa»
Una escena de «Maruxa» - Javier del Real
CRÍTICA DE ZARZUELA

«Maruxa», el texto envenenado

El teatro de la Zarzuela recupera una de las grandes obras del género lírico español, obra de Amadeo Vives

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Buena parte de la mejor lírica española de principios del XX se construye a partir del paisaje. «Maruxa» lo hace desde la singularidad gallega, asumiendo varios de los propósitos intelectuales que dieron sentido a la España de entonces. En alguna medida todo ello tiene reflejo en la producción estrenada ayer en el Teatro de la Zarzuela. El director teatral Paco Azorín preludia la representación con la poesía de Rosalía de Castro. De inmediato se incorpora la sutil sugerencia de una gasa semicircular y ondulante delimitando el fondo del escenario, la difusa presencia del bosque proyectado sobre ella y la reciedumbre del suelo de pizarra. Lo justo para poner en valor la égloga de Vives y Pascual Frutos.

Curiosamente, y pese a lo sugerente de estos detalles escénicos, en esta «Maruxa» se acabará prefiriendo la obviedad, en la escena y en el foso. La cándida protagonista pisa fuerte y no parece que sea alguien dispuesta a soportar engaños. Maite Alberola lo reafirma con un interpretación muy armada, robusta, evidente, un punto excesiva. Algo tendrá que decir en este sentido el maestro José Miguel Pérez-Sierra pues en el primer reparto hay una constante tendencia a exageración, con independencia de que Rodrigo Esteves defienda a Pablo con gallardía; Svetla Krasteva, sustituyendo a Ekaterina Metlova, demuestre resolución; Carlos Fidalgo salve el papel, y Simón Orfila interprete al rabadán con una rudeza que puede parecer adecuada. El mismo Pérez-Sierra dibuja una versión llana, compacta, cuajada, que ayer perdió una buena baza en la bulliciosa escena de la carta.

En ese punto, la Galicia de Azorín es ya muy distinta, pues asoma ennegrecida por el chapapote del Urquiola. La trama paralela es invención del propio director quien la superpone al original con la misma habilidad técnica con la que tan estupendamente resuelve la escena de la tempestad. Otra cosa es el sentido oportunista y agitador del invento. Habrá quien piense que parece extraño a los intereses de la inocente «Maruxa».