Cultura - Música

Justin Bieber, revolución y delirio en el Palau Sant Jordi

El canadiense, que se enzarzó con un fan antes del concierto y le partió el labio, triunfó con una supeproducción de pop y éxitos como «Baby», «Sorry» y «Boyfriend»

Justin Bieber durante la actuación que ha ofrecido en el Palau Sant Jordi
Justin Bieber durante la actuación que ha ofrecido en el Palau Sant Jordi - Oriol Campuzano

Se puede tirar la casa por la ventana y pagar los 2.500 euros que se ha gastado un fan madrileño para conocer a Justin Bieber o, a no ser que uno sea un jugador del F. C. Barcelona y la montaña venga a Mahoma, montar guardia durante un buen puñado de días a las puertas del Palau Sant Jordi para garantizarse un sitio de primera. En esas estaban el lunes un centenar de fans cuando apareció por allí una limusina y a la Acampada Justin casi se le sale el corazón del pecho. ¿Será él?, se preguntaban. La cosa, claro, acabó en chasco, ya que en la limusina solo había un tipo que había tenido la ocurrencia de disfrazarse de Justin para echarse una risas a costa de ese batallón de seguidores que responde al nombre de «beliebers».

Anoche, en cambió, no hubo equívoco posible: fue aparecer el autor de «Baby» suspendido en una suerte de pecera de cristal y el griterío ensordecedor confirmó que, en efecto, no hay doble capaz de hacerle sombra. No habían dado aún las nueve, sonaba «Mark My Words» y ahí estaba el niño prodigio enfundado en una camiseta de los Misfits, tatuajes al aire y gafas de listillo de pega sobrevolando un escenario generoso en pantallas, petardazos y aparato lumínico. Ahí seguía también ese clamor estridente que acompaña cada movimiento del canadiense y que, si nada se tuerce, se repetirá también esta noche en Madrid, segunda y última parada de esta minigira española a la que ha llegado con las entradas agotadas desde hace meses aunque con media pista sospechosamente vacía.

Una nueva gesta enmarcada en la gira de presentación de «Purpose», trabajo con el que Bieber, de apenas 22 años aunque parezca que lleve toda la vida entre nosotros, se ha propuesto convertir lo que era un éxito precoz en un éxito global. Era también una oportunidad de oro para redimirse de los desplantes de su última visita promocional a España, pero la cosa empezó fatal, con Bieber propinándole un puñetazo y partiéndole el labio a un fan que se había abalanzado sobre su coche a la llegada del Palau Sant Jordi. Quizá por eso luego se sometió a una suerte de cuestionario en directo en el que quedó claro que le gusta la comida de Barcelona y que espera ser un gran líder algún día. Acto seguido, subió a cuatro chicas para dejarse abrazar y asunto resuelto.

Con la pista y las gradas exhibiendo pulmones de acero, Bieber tuvo anoche barra libre para revolucionar el Sant Jordi ya fuese anunciando calzoncillos por las pantallas antes de salir a escena o, ya sobre el escenario, alternando coreografías acrobáticas y explosiones pirotécnicas en «Where Are Ü Now», encerrándose entre proyecciones en una jaula mientras el público se derretía con «I’ll Show You» y exprimiendo esa voz de querubín contemporáneo entre las bases sintéticas de «The Feeling».

Hubo acrobacias aéreas, neones chillones, plataformas que subían y bajaban, éxitos robóticos como «Boyfriend» y «Let Me Love You» coreados hasta la extenuación, chorros de vapor y exhibiciones de pericia instrumental con Bieber quedándose a solas con su guitarra en «Love Yourself» y marcándose un solo de batería. Hubo, en fin, todo lo que tiene que tener una superproducción pop, incluido un segundo escenario flotante con una cama elástica desde el que cantó «Company» y un desconcertante intermedio de veinte minutos tras cuarenta de concierto.

Al final, ni siquiera esa cara como de estar pensando en la lista de la compra, que gastó durante buena parte del concierto, ni un carisma escénico que, comparado con el de otras estrellas de su misma galaxia es más bien escaso restó un ápice de entusiasmo a un Sant Jordi que bordeó el delirio con «Baby» y enloqueció totalmente cuando se puso en remojo con «Sorry», despedida y cierre de una noche con la que quizá no llegó el escándalo pero sí la escandalera.

Al final, sólo faltaba saber qué pensarían de todo aquello los padres que habían tenido que pasar por taquilla para acompañar a sus hijos y los que esperaban a que acabara el concierto paseando al perro y con un humor de ídem.

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