Cultura - Música

Ismael Serrano: «Se puede y se debe hablar de todo con naturalidad»

El cantautor madrileño despide la gira del disco «La llamada» con dos conciertos en Madrid, los días 3 y 4 de octubre, en el teatro Nuevo Apolo

Ismael Serrano en el teatro Nuevo Apolo, de Madrid
Ismael Serrano en el teatro Nuevo Apolo, de Madrid - ISABEL PERMUY

Hace ya dos años que Ismael Serrano publicó «La llamada», un álbum de canciones de amor, desamor y compromiso social. La novedad estribaba en la incorporación a sus melodías de ritmos latinos. Ahora la gira de presentación del disco llega a su fin, con dos conciertos en Madrid, los días 3 y 4 de octubre en el teatro Nuevo Apolo con la primera fecha ya con todo vendido.

Ahora que estamos en la recta final de su recorrido en directo, ¿cómo ha sido la respuesta a esa «llamada»?

Bastante emocionante. La gente ha respondido a la convocatoria, ya no solo al disco, a los conciertos y demás; también hemos pedido participación desde la génesis del álbum, por ejemplo para hacer los videoclips, y ahora para estos conciertos, a través de las redes sociales, invitando a la gente a que nos enviaran vídeos, por un mínimo criterio de afinación, para que subieran al escenario a hacer los coros. La verdad es que ha sido una experiencia muy bonita, contar con ese «feedback» constante

¿Ha habido algo especial, novedoso, en los conciertos?

La puesta en escena. Me gusta mucho dar un carácter teatral a los conciertos, que siempre han sido muy discursivos, pero ahora me apetecía algo más visual, con proyecciones. Hago hasta magia en el escenario. Por otra parte también me apetecía agarrar la guitarra y estar yo solo, y lo he hecho de forma paralela. Hace veinte años que no lo hacía así, y es una forma de medirte a ti mismo, de volver a la raíz, y ha sido bonito ver lo que he aprendido a la hora de tocar las guitarras, de la dinámica, del control de los tiempos. Ha sido una gira de extremos.

¿Cómo ha sido la respuesta a esa incorporación de ritmos latinos en los países que los crearon?

«El pop más liviano me parece genial, pero también que haya lugar para la reflexión»

Me preocupaba. Por eso rehuía, a la hora de hacer una bachata, de hacer un ejercicio de estilo puro. Para hacer un candombe tradicional hay que haber crecido a orillas del Ríos de la Plata, y podría parecer una impostura o la obra de un intruso. La forma de evitar eso es traerla a mi territorio, sin complejos, construir sobre el ritmo la canción pero que no dejara de ser una de mis canciones. Por ejemplo «Rebelión en Hamelín» es un son cubano, tiene esa métrica. En ese sentido, cuando se hace desde el respeto, dando tu visión del ritmo, la gente lo asume y se acerca a la canción como la propuesta que hace un cantautor, más que un renovador del folclore. Yo, de todas formas, pretendía reivindicar que la canción tradicional tiene una hondura poética de la que se la ha despojado para convertirla en «mainstream» o lo que sea. Y ocurre claramente en el flamenco, en el folclore latinoamericano, las zambras... te das cuenta de que tiene una hondura poética genuina que quería reivindicar.

Quizás también ocurre en el pop.

Creo que se ha apostado hegemónicamente, y se ha impuesto con una cierta soberbia, por el escapismo, la evasión, y eso conlleva que los contenidos no se cuiden tanto. El pop más liviano me parece genial que esté, pero me parece que también debe de haber lugar para la reflexión, porque hay momentos para todo, hay momentos para el baile, para evadirse, y también para escuchar con calma. También ocurre en otras expresiones artísticas, como el cine o la literatura. Siempre he tratado de reivindicar esa otra forma de tratar la música. Es más, creo que hay un prejuicio en torno al cantautor que no es justo. Se dice es que en el pop no se cuidan los textos pero también que los cantautores no cuidan el aspecto musical. Yo invito a analizar armónicamente las canciones de Silvio Rodríguez, o de Joan Manuel Serrat, sobre todo en este país. En el caso anglo, como el de Leonard Cohen, hay como un respeto, un complejo que nos hace decir que Leonard Cohen sí, pero Aute... Y en el fondo son caminos paralelos. Si dices que tus referentes son Leonard Cohen, Joni Michelll, sí, vale, pero si es un cantautor patrio, se te mira de otra manera. Es un complejo absurdo. Es el prejuicio que existe también con el cine español. Habrá películas muy malas pero también las habrá muy buenas, como ocurre con las de Estados Unidos.

Quizás hubo una saturación de cantautores en los años setenta y, desde que llegó la movida, se produjo una ruptura que no tuvo marcha atrás.

«Si dices que tus referentes son Leonard Cohen o Joni Michelll, sí, vale, pero si es un cantautor patrio, se te mira de otra manera. Hay muchos complejos»

Es una postura que viene de esa posmodernista que dice que hay romper no solo con los grandes relatos, sino con ciertas corrientes artísticas, sobre todo con las que mezclan el compromiso político con el arte. Aunque no todas las canciones de los cantautores fueran de corte político, es verdad que se convirtieron en un fenómeno, no ya desde el punto de vista musical, sino también social, porque los conciertos fueron puntos de encuentro donde se celebraba el cambio que estaba por venir, la efervescencia política del momento. No fue justo ese rupturismo, porque lo natural es reconocer el valor de artistas que a día de hoy siguen componiendo con honestidad. Lo que más valoro yo en la música, me da igual que hagas hip hop, salsa o canción de autor o lo que sea, es la honestidad. Luego hay otros elementos, que te guste o no te emocione, que te conmueva o no, todo eso ya es muy subjetivo, pero que en el ejercicio de composición haya una búsqueda honesta y una actitud cultural de trascendencia, de trascender el propio texto. Creo que eso hay que valorarlo.

En aquella época, hasta cuando una canción hablaba de sexo, era política.

En ese momento todo era política. Hasta la forma en que uno hablaba de las relaciones sentimentales se convertía en un acto político. El rollo es que ahora hay un ejercicio contrario, de despojar de cualquier carácter político cualquier expresión artística. Hemos pasado al otro extremo. Es verdad que lo otro era excesivo, pero esto también. Uno canta a las cosas que le emocionan, a tus historias de amor y desamor, y habrá gente a la que le emocione también la visión de un mundo desigual desde un prisma ideológico. No hay que exigir tampoco que todo tenga que ser canción política, eso es absurdo, es legítimo que haya gente que no se sienta cómoda con ello, que no tenga nada que decir al respecto, es legítimo, pero también lo es que alguien lo reivindique. Desde el punto de vista de la emoción, se puede y se debe hablar de todo con naturalidad.

En 2014, cuando se publicó «La llamada», se vivía un momento político especial, y varias canciones del disco se refieren a ello. ¿Qué ha pasado dos años después?

«Una cosa es llegar al gobierno y otra tener el poder. Eso la gente lo percibe, y ese déficit democrático puede hacer peder la fe en la propia democracia»

Creo que hay cierto hartazgo de la gente, y es algo muy peligroso, porque la sensación que hay es que con un voto tampoco cambian tanto las cosas. Es verdad que las instituciones están tan atadas y tan anquilosadas que, aunque se haya llegado a ámbitos menores como instituciones municipales y tal, no ha habido grandes cambios. Te das cuenta de que los golpes de timón cuestan muchísimo, y se percibe un divorcio entre lo que son las esferas de poder y las de gobierno. Es decir, una cosa es gobernar y otra tener el poder, y eso la gente lo percibe, que llegar al gobierno no significa llegar al poder. Ese déficit democrático puede conllevar perder la fe en la propia democracia y en las instituciones democráticas. Muchas de las propuestas totalitaristas y nazis que nacen en Europa parten de ahí. Dejamos de creer en la democracia porque nos damos cuenta de que las instituciones carecen de poder y de mecanismos reales de control de lo que ocurre en nuestras economías y en nuestras vidas. Estamos en un punto crucial, en el que hay que dar verdaderas respuestas, respuestas reales a una nueva sensibilidad política.

Primer poemario

En medio de la gira publicó su primer poemario, «Ahora que la vida». ¿Sintió la necesidad de dar a conocer de otra manera sus poemas?

Sí, también porque empecé a componer de otra manera, a escribir poemas en verso libre sin estar sujeto a las exigencias que requiere una canción: las estructuras métricas, de estrofa, estribillo, la rima... y una vez escrito ese poema, llegar a la canción. Es un ejercicio que sigo haciendo. Eso dio lugar a muchos poemas que están por ahí, aparte de que siempre he escrito cosas sin la intención de ponerles música. Me apetecía hacer balance. Esto de llegar a los cuarenta años debe ser verdad que trae consigo lo de la crisis. Quise recopilar lo que tenía repartido por internet y en discos duros en casa, y editar el libro.

¿Y qué tal ha funcionado?

Bien, porque es curioso que existe toda una generación muy joven que se está acercando a la poesía a través de nuevos poetas. Hay como una inquietud a la hora de escribir, hay toda una corriente en torno a las redes sociales de gente que quiere escribir, leer, participar en foros de poesía, y en ese contexto hay muchos recitales, muchas propuestas muy interesantes.

¿Y tras estos conciertos? ¿Hay canciones ya preparadas para un nuevo trabajo?

Tengo alguna canción, pero estoy con mil proyectos. Ahora que tengo una niña de dos años pienso mucho en escribir y hacer cosas para niños, porque me divierte mucho y es un reto muy bonito, pero por otro lado se cumplen veinte años de la salida de primer disco, «Atrapados en azul», y quería hacer algo, sin caer en la nostalgia, algún tipo de celebración, una forma de agradecer a la gente que me ha seguido todo este tiempo, con una mirada hacia delante, pero también con la sensación de «¿quién me iba a decir a mí...?» Y estoy en esas.

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