Crítica de música

Daniel Barenboim, el imposible imaginario

El pianista ofreció un recital en el Auditorio Nacional de Música de Madrid, dentro de la programación de Ibermúsica

Daniel Barenboim, en un momento del recital
Daniel Barenboim, en un momento del recital - EFE

El músico pasa la vida buscando el sonido definitivo como el pintor el color absoluto. El director Wilhelm Furtwängler escribió sobre el tema señalando lo infructuoso de una prospección que no tiene fin, pues lo contrario significaría alcanzar la perfección. Es la paradoja del arte, la apasionante ansiedad de la que algo sabrá Daniel Barenboim tras tantos años y tan diversas acciones musicales. En ese contexto es donde cabe entender su última hazaña como promotor e intérprete de un nuevo piano.

En el origen está la experiencia ante uno de los instrumentos de Liszt en 2011. La consecuencia de aquel «descubrimiento» es la creación ahora de uno nuevo fabricado por el belga Chris Maene, especialista en la reconstrucción de instrumentos históricos, y apoyada la firma Steinway & Sons. El disco titulado «On muy new piano», con algunas obras inéditas en el repertorio discográfico de Barenboim, y una gira de conciertos difunden el lanzamiento de la iniciativa.

Uso del pedal

Se sitúa ahí el recital del domingo en el Auditorio Nacional de Música de Madrid, dentro de la programación de Ibermúsica. Programa difícil, largo, en el que varias consideraciones estuvieron presentes. De la sonata 13, D 664, de Schubert, queda el recuerdo del tanteo ante un instrumento todavía descompensado en favor del registro grave, que no acaba de asentarse en el espacio. El propio Barenboim ha explicado la dificultad de acceder a un instrumento cuya claridad, transparencia y limpieza de timbre tiene origen en la disposición de las cuerdas en paralelo, en lugar de las cruzadas, habituales en un moderno piano de cola.

Replantear el uso del pedal es una exigencia particular cuya resolución puede llevar a momentos tan impresionantes como el «Andantino» de la sonata 20 (D 959), también de Schubert, y, sobre todo, el monumental movimiento final. Chopin con la primera balada, a partir de una contenida interpretación abrió la segunda parte incluyendo una estructurada versión del primer «Vals Mefisto» de Liszt y formidables coloraciones en sus «Funérailles». De esta singular calidad sonora hay un buen testimonio en el disco, grabación técnicamente impecable que deja en evidencia la altura de este noble ideal.

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