Stephen Costello y Anita Hartig, en una escena del cuarto acto de la ópera
Stephen Costello y Anita Hartig, en una escena del cuarto acto de la ópera - Javier del Real
CRÍTICA DE ÓPERA

«La bohème», sentir y no pensar

El Teatro Real presenta una nueva producción de la ópera de Puccini dirigida musicalmente por Paolo Carignani y escénicamente por Richard Jones

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En una ocasión se le preguntó a Franco Donatoni sobre la fuerza emotiva de la música de Puccini. La contestación fue inmediata: «¡Claro, eso es lo que me indigna, que siempre te hace llorar! ¡Y yo no quiero llorar con la música!». El compositor Luis de Pablo había provocado la respuesta a sabiendas de que no hubo una persona más en contra de semejante cosa que su colega italiano. Cuando el propio de Pablo lo explica, aclara que Donatoni siempre buscó una música con la que no se llorase. Y añade: «En ese caso, mejor no dedicarse a la ópera». O no acercarse a Puccini, más particularmente a «La Bohème», obra tan evidente en su propósito como equívoca en su fácil apariencia. La obra de un ilusionista musical capaz de embaucar al mismísimo Donatoni.

La pena es que Paolo Carignani, director musical de las representaciones que desde ayer, pueden verse en el Teatro Real, sea poco prestidigitador, que anteponga el oficio, y no tanto la posibilidad de generar en la orquesta un sonido untuoso, una narratividad musical poderosa. En su caso, todo se redujo a hacer bueno cada uno de los tópicos interpretativos de la obra hasta construir un versión tan evidente como relativamente estimulante. La tendencia a los «tempi» morosos quizá tuviera que ver con las complejas posibilidades que ayer demostraron algunos cantantes.

Aunque no siempre regular, la soprano Anita Hartig apuntó detalles en su presentación «Mi chiamano Mimì». Fue la voz con más personalidad del primer reparto, apoyada en un expresivo «vibrato» y en una buena voluntad expresiva. Menos favorecido, el tenor Stephen Costello ya mostró ante «Che gelida manina» tener poca flexibilidad, escaso encanto y una voz potente que vino a alimentar el exceso de decibelios que se alcanzó en algunos momentos. Especialmente evidente fue la entrada de la soprano Joyce El-Khoury, cuyo «Quando m’en vo’» y otras intervenciones quedaron en exceso deslavazadas. La corrección y la buena ejecución se concentraron en manos del Marcello de Etienne Dupuis y el Schaunard de Joan Martín-Royo.

La respuesta a la entelequia pucciniana habría que buscarla, por tanto, en el trabajo de Richard Jones, responsable de la producción. La propuesta no es fácil y tiene su punto de riesgo, como sucede siempre que al espectador se le hace partícipe del truco teatral. Ante todos queda el escenario desnudo y negro, y sobre él se suceden los cambios de decorado. La cuestión es si cabe semejante pragmatismo frente a «La Bohème». Sirva el final del tercer acto cuando en un movimiento apenas imperceptible la taberna sale de escena; Rodolfo y Mimì ya cantan en la corbata mirando a los espectadores, mientras que a su izquierda discuten Marcello y Musetta. El espacio vacío será el paisaje que abandonen los protagonistas. Lentamente, uno al lado del otro, caminando hacia el fondo, cogidos de la mano. Un detalle elocuente para explicar que la ilusión siempre es posible.