El cantautor gallego
El cantautor gallego

Andrés Suárez: «Me niego a crear dos discos iguales»

Heredero de la tradición de la canción de autor (reconoce a Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Serrat, Sabina o Aute entre sus influencias), este músico reniega del concepto de cantautor como «un triste que aburre al público»

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Con una trayectoria a sus espaldas que alcanza ya los tres lustros, Andrés Suárez se ha convertido en uno de los músicos más populares de su generación. Su más reciente álbum, «Desde una ventana», lo trae de nuevo a Madrid, donde actúa los próximos días 24 y 25, solamente unas semanas después de llenar por dos días el Teatro Gran Vía: «No tengo ni idea de por qué está yendo tan bien. A pesar de ser gallego, no espero a las meigas para que me rescaten del silencio. Creo en el trabajo, nada más. No sé si existe eso que llaman suerte, pero si no lees, si no estudias guitarra, piano, si no vas al cine ni al teatro, estás completamente perdido. Me preocupo de estudiar y mejorar, de ser cada vez mejor en esto y dejar un gran legado de canciones».

Heredero de la tradición de la canción de autor (reconoce a Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Serrat, Sabina o Aute entre sus influencias), Suárez reniega del concepto de cantautor como «un triste que aburre al público y solo sabe cantar a luz tenue, como algunos pretenden. Un cantautor es la parte honesta de una canción, una persona que viste con letra su música, nada más. Lo que le une a esos nombres clásicos es «la intensidad con la que vivimos, el ansia por encontrar una canción, el más profundo amor por la palabra».

Amigo del cambio

Afincado en Madrid desde el inicio de su carrera, ni puede ni quiere desligarse de sus orígenes gallegos: «Conservo mi acento, mi playa de infancia, mi persistente morriña… A Madrid le debo absolutamente todo, darle la espalda a eso es negarme, pero nací en el muelle de Ferrol y me crie en Pantín. Si pudiera elegirlo, sería allí el final de mis días. Patria son dos playas y su familiar risa infantil».

Amigo del cambio, Suárez se resiste a repetir esquemas en cada nuevo disco: «Se me caería la cara de vergüenza si me niego a aprender, a evolucionar. Me niego a crear dos discos iguales. Entre un álbum y otro pasan, al menos, dos años; otros acentos, vinos y libros, países y abrazos. Resulta imposible ser el mismo. Cuando grabé “Mi pequeña historia” un sector de mi público se enfadó por hacer un trabajo sumamente distinto a “Moraima”, el anterior. Pero yo me sentía muy orgulloso de haber hecho el disco que necesitaba en ese momento».

Con su última entrega sucede lo mismo: «Sí, grabé el álbum que había soñado. Las colaboraciones de Rozalén, Antonio García de Diego o Antonio Serrano han sido un privilegio. Grabar con mi banda conviviendo durante quince días, otro. La verdad es que no he vivido nada negativo desde que nació en mayo del año pasado. Venía de una época de muchos cambios, me mudé de casa, cambié de managers, de productor… Si cambias es porque lo necesitas. Acerté. El disco suena a renovación, a aire fresco, a ventana abierta».