Julio Manuel de la Rosa en su estudio leyendo un ejemplar de su ultima novela
Julio Manuel de la Rosa en su estudio leyendo un ejemplar de su ultima novela - ROCÍO RUZ

«La última batalla», el epílogo literario de Julio Manuel de la Rosa

El escritor había publicado con Anantes una estremecedora novela sobre la guerra

SEVILLAActualizado:

Julio Manuel de la Rosa murió escribiendo. Siempre escribía, incluso cuando simplemente paseaba. Toda su vida era la literatura. En primavera aparecerán algunos textos que han quedado póstumos, pero que no tenían una voluntad de testamento. El autor estaba en uno de sus mejores momentos creativos y aún era consciente de que le quedaba mucho por escribir.

Su última novela ha sido la espléndida «La última batalla», publicada por la editorial sevillana Anantes. En cierto modo, está todo el mundo literario de Julio Manuel de la Rosa. Y también una de sus obsesiones: la épica de la guerra interpretada como tragedia íntima.

Si en Etruria -el paisaje novelado por el autor y que se identifica con el Aljarafe sevillano- había recreado el paisaje de la Guerra Civil, en «La última batalla» volvió a internarse en el viscoso territorio del horror.

En esta novela el protagonista es un soldado desertor probablemente de la guerra de Stalingrado y que a veces tiene recuerdos de otras batallas, como una en la que evoca el calor y que podría ser la batalla del Ebro. O tal vez no. La sutilísima prosa de Julio Manuel de la Rosa componía una narración llena de sugerencias, de vaguedades conscientes, de pinceladas literarias para que la historia concluyera en la mente del lector.

El personaje de la novela no recuerda quién es. Julio Manuel de la Rosa plantea a alguien que comparte tragedia con Primo Levi en Auswichtz, aunque el campo de exterminio nunca se cita. Auswichtz es el Gran Barracón. «Tengo alucinaciones, vuelvo a percibir el aliento del Gran Barranco», desvela el protagonista que parece vagar por ese campo de muerte.

La última criatura literaria de Julio Manuel de la Rosa es un soldado sin tiempo que camina por una y todas las guerras. Un espectro que huye del horror y que reconstruye lo ocurrido -o lo que está por venir- con una memoria fragmentaria y huidiza. Alguien que quizás lleva remiendos de uniformes de soldados de todas las épocas.

Prosa sensorial

«La última batalla» arranca con una frase impactante, de esas que atrapaban al lector desde el primer instante. Así lo hizo en otras grandes novelas como «Los círculos de noviembre» o «El ermitaño del rey». En «La última batalla» Julio Manuel de la Rosa presenta un comienzo inquietante que dibuja el escenario de pesadilla en el que se desarrollará toda la historia. El lector ya no podrá desprenderse de esa atmósfera desasosegante: «Una presencia malévola e invisible con un sordo ruido incesante al fondo».

Una de las características de la narrativa de Julio Manuel de la Rosa fue la sensorialidad del lenguaje. Los paisajes se veían, pero también olían. Las palabras tenían textura. Había música y ritmo interior en las frases. Arrastraba toda la tradición de Faulkner, Joyce, Cernuda, Cortázar, Proust, Rulfo o Pessoa.

¿Y la última frase escrita por este grandísimo narrador?: «Veo a un grupo de soldados de un ejército desconocido que acaban de entrar en la plaza. Todos se cubren los rostros con pañuelos y avanzan hacia mí pacíficamente». El estremecedor y bellísimo epílogo de un maestro de la literatura.