HISTORIA

«Hitler no fue una lamentable excepción ni un accidente histórico»

Carlos Alarcón publica un ensayo sobre la relación cuasi religiosa que tuvo el pueblo alemán con el dictador

El catedrático de la UPO CArlos Alarcón
El catedrático de la UPO CArlos Alarcón - ABC

La democracia y los derechos humanos han centrado durante tres décadas el ámbito de actuación de Carlos Alarcón, catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Pablo de Olavide (UPO). Con más de veinte títulos sobre su especialidad, acaba de publicar un ensayo que tiene como protagonista a una figura tan controvertida como la de Adolf Hitler, que «no fue —dice— una lamentable excepción ni un accidente histórico».

El autor ahonda en los aspectos psicológicos y sociológicos que contribuyeron a que el pueblo alemán le aupara al poder en la Europa de los años 30 en «Creer en Hitler. El triunfo de la fe y la sumisión sobre la libertad» (Editorial Aconcagua).

Para Alarcón resulta llamativo que, a diferencia de otros dictadores históricos, el entonces líder del partido nazi llegó al gobierno tras unas elecciones democráticas, por lo que centra su atención en analizar «cómo se creó ese vínculo más emocional que ideológico entre Hitler y los alemanes, hasta el punto de que se advierten muchos rasgos similares a los de la relación que puede haber entre los creyentes y el profeta de una religión».

Dos autores y filósofos germanos del siglo XX como Max Weber y Erich Fromm son tomados como punto de partida por este profesor de la UPO para argumentar su planteamiento. «De Weber —señala— recojo su tesis de la influencia del protestantismo religioso en el surgimiento del capitalismo y trato de desarrollarla subrayando cómo las teorías de Lutero provocaron también la creación de un espíritu de dedicación compulsiva al trabajo y de sumisión al poder político».

Alarcón considera este punto fundamental para entender la mentalidad del pueblo alemán de aquella época ya que, «cuando los alemanes pierden la Primera Guerra Mundial y cae el imperio se sienten, de alguna forma, huérfanos al ver que todas sus referencias se han venido abajo. Ya no hay imperio, ni emperador, llega la democracia, la libertad, y eso les causa mucha angustia y miedo.

Como un mesías

La aparición de Hitler como un mesías resulta providencial para ellos y, posiblemente, si no hubiera existido se hubieran agarrado a alguna otra persona, ya que sentían necesidad de sustituir las referencias que anteriormente tuvieron —como concebir al emperador casi como un dios—y que habían desaparecido».

El carácter rural de la Alemania de finales del XIX y la industrialización que en tres o cuatro décadas alcanzará su población de forma «tan vertiginosa», constituirá un caldo de cultivo propicio para sustentar «ese miedo a la libertad» que Fromm disecciona en una de sus obras. «A pesar de ser uno de los pueblos más cultos, parecía como si no hubiera madurado lo suficiente y una figura como Hitler reunía las características adecuadas para que, de una manera enfervorizada, renunciaran a la libertad y se agarraran a él como si de una divinidad se tratara. Todos los ritualismos de la época nazi se asemejaban mucho a los de una nueva religión», expone el autor.

Ese nexo «cuasireligioso» que unió a Hitler con los alemanes en el periodo de entreguerras y la Segunda Guerra Mundial, le empujó «a pretender llevar a cabo una revolución cultural que enterrara el pasado y creara un nuevo “hombre alemán”».

La personalidad autodestructiva del führer (término que designa al jefe, líder o guía), así como sus tendencias sádicas y masoquistas, son estudiadas también por Carlos Alarcón, que se retrotrae a la infancia del dictador para explicar «cómo se fue fraguando en él el odio y la necesidad de dominar y hacer daño».

El autor sostiene que la sociedad alemana actual «ya ha pasado página», aunque el sentimiento colectivo de culpabilidad pervivió en varias generaciones.

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