LITERATURA

Hipólito G. Navarro: «España es muy seria en el fondo y así nos va»

El onubense publica, tras once años de silencio, «La vuelta al día», en el que sus cuentos evolucionan hacia una dimensión más autobiográfica

Hipólito G. Navarro
Hipólito G. Navarro - RAÚL DOBLADO

Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) es uno de los grandes del cuento español contemporáneo. Heredero de la experimentación lúdica de Julio Cortázar, este biólogo de profesión, pero que ha trabajado en periódicos y ha sido editor, deslumbró en los años noventa con una colección de relatos que Seix Barral recopiló en el imprescindible volumen «Los últimos percances» (2005).

Desde entonces, Navarro no ha dejado de escribir y pulir textos de sus carpetas, pero solo ha publicado con cuentagotas algún inédito por encargo. Sus lectores, amantes de su gusto por lo delirante y su característico humorismo, están ahora de enhorabuena con la publicación de «La vuelta al día» (Páginas de Espuma), un libro misceláneo que reúne algunos de esos encargos, junto a la recuperación de relatos que tuvieron escasa difusión y nuevas narraciones que muestran una evolución hacia la autobiografía.

El libro es un homenaje más a Cortázar, uno de sus autores favoritos.

Creo que empecé a escribir cuentos por la fascinación que me resultó leer los suyos de muchacho. Cortázar es muy peligroso, especialmente, en la adolescencia. Te pone la cabeza a doscientos por hora.

¿Le pasó solo con los cuentos o también con «Rayuela»?

«Rayuela» también me gustó mucho, pero los cuentos mucho más. Cortázar había editado cuatro volúmenes de cuentos, pero los dos mejores los reunió Seix Barral en un volumen que llamó «Ceremonias». Ese libro fue mi camino de Damasco como autor. Yo por mi parte había editado cuatro libritos, dos casi sin existencia, y después «El aburrimiento, Lester» y «Los tigres albinos» y después Seix Barral me dio el regalo de reunir estos dos en «Los últimos percances». Julio publicó después de aquello una novela soberbia, «Rayuela», y yo hice una novelita que era un disparate, «Las medusas de Niza». Después de aquello, que creo que le pasa a todos los autores cuando llevas una trayectoria de quince o veinte años, te encuentras con un material disperso y Cortázar hizo esos dos libros que son «La vuelta al día en ochenta mundos» y «El último round».

Su «Vuelta al día» guarda un cierto paralelismo.

Pero me sucedió que como había tenido ya el sueño de reunir mis dos mejores libros con otro nuevo en Seix Barral, mi quiosco de la ficción lo daba por cerrado. Me daba apuro hacer un libro misceláneo. ¿Voy a estar copiando la trayectoria del autor que yo admiro profundamente sin conseguir una obra tan prodigiosa como la suya? Pero he seguido reescribiendo, trabajando, por eso que vi cuando preparé la edición de «Tusitala», los cuentos completos de Fernando Quiñones. ¿Cuándo un texto está terminado? No está terminado nunca, porque siempre hay un fallo en algún sitio, una coma que está mal puesta... La verdad es que no quería publicar, pero ha habido presión de muchos amigos.

No encaja, por tanto, en la definición de Bartleby.

Pero me ha costado escribir, porque si no tengo el empuje de un encargo o de alguna cosa, me digo: «Pues ya no escribo nada».

¿Pero llegó a un punto en el que dejara de escribir?

He encontrado que los textos que me salen últimamente no tienen tanto que ver con la ficción como con la rememoración de hechos personales, de la infancia, de la adolescencia... algunos son un poco dolorosos. Los tres últimos textos que van en el libro apuntan a una puerta en ese sentido.

Hay más autobiografía en esos relatos, como en el que evoca a su padre.

Quería que estuviese como final, porque si continúo, esa es la puerta.

Ese relato muestra las dificultades que tiene para escribir, ¿la literatura es un oficio doloroso a veces?

Eso me pareció a raíz de la antología «El pez volador». Fue Saiz de Ibarra el culpable de ello. Publicamos una entrevista en ese libro y tiramos por los vericuetos de la biografía y empezamos a descubrir cosas que tenía como muy enquistadas dentro. Mi padre se suicidó cuando tenía 16 años, fue un suicidio lento, porque fue un alcoholismo, pero brutal. Me había sentido huérfano mucho tiempo porque él era emigrante y nosotros vivíamos en un pueblecito en la sierra de Huelva en el mundo gris de los años sesenta. Había pasado por momentos muy jodidos, pero me había burlado de todo eso y me había reído, por eso mis cuentos son muy humorísticos, porque estaba tapando cosas que a mí me estaban doliendo. Esa entrevista me lo levantó todo y a partir de ahí me di cuenta que no era tan trágico. Pero escribir de todo eso ahora sin la ficción, sin la protección del humor, duele. Por eso me cuesta mucho más escribir.

Usted ha cultivado el humor en sus cuentos, ¿por qué se da tan poco en las letras españolas?

Los lectores en general tienen la sensación de que el texto humorístico les está tomando el pelo. España es muy seria en el fondo y así nos va. Somos muy solemnes, por mucho que nos riamos, y hay ciertas cosas que somos incapaces de separarlas. Un libro con la letra impresa que tanto impresiona, cómo lo vas a hacer humorístico. Pero es paradójico, porque nuestros inicios en la literatura, como El Quijote, El Lazarillo, está todo lleno de humor.

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