Tom Wolfe, el Balzac de Park Avenue

«Era un virtuoso del lenguaje, un creador de neologismos y un maestro de la sátira, que supo contar como nadie el American way of life»

Pedro García Cuartango
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Marx admiraba a Balzac porque nadie como él había pasado un espejo sobre la sociedad francesa en los tiempos de Luis Felipe de Orléans. Nadie ha retratado mejor el American way of life durante este último medio siglo que Tom Wolfe, fallecido ayer en Nueva York. Alguien le apodó el Balzac de Park Avenue, lo que seguramente le complacía a esta mezcla de play boy, filósofo, exhibicionista y artista que era el escritor nacido en Virginia.

Wolfe fue uno de los padres del llamado Nuevo Periodismo, una denominación que pretendía englobar a una generación de autores en los años 60 que utilizaban las técnicas del periodismo para escribir a caballo entre el reportaje y la ficción. Truman Capote, Gay Talese, Norman Mailer, Hunter S. Thompson y el propio Wolfe fueron los emblemas de este movimiento que encontró su inspiración en escritores decimonónicos como Balzac, Dickens y Zola.

El autor de «La hoguera de las vanidades» era un virtuoso del lenguaje, un creador de neologismos y un maestro de la sátira, una cualidad que se agudizó en sus últimos trabajos en los que afloraba un propósito moralizante bajo la ironía con la que describía a sus personajes. Pero además Wolfe era un provocador y un hombre extravagante, que vestía trajes de color vainilla, con zapatos de 800 dólares y pañuelos y sombreros de colores.

El primer libro con el que se ganó una reputación literaria fue «Ponche de acido lisérgico», un viaje al mundo de la droga en la cultura hippie, aparecido a finales de los años 60 que podría leerse como un remedo en clave tragicómica de «En el camino» de Jack Kerouac.

Luego vinieron otra docena de trabajos, entre los que cabe destacar «Elegidos para la gloria», donde recrea los inicios de la carrera espacial, texto que fue llevado al cine con gran éxito, hasta llegar a «La hoguera de las vanidades», su mejor obra, publicada en 1987, en la que describe el vertiginoso ascenso y caída de un bróker de Wall Street. La novela fue un éxito internacional de ventas y consagró a Wolfe como la estrella de ese Nuevo Periodismo.

Con la muerte de Wolfe desaparece el último representante de este género creado por Truman Capote en 1966 cuando publicó a «A sangre fría», un impresionante reportaje periodístico sobre dos jóvenes que habían asesinado a una familia de granjeros de Kansas. El acierto de Capote fue reconstruir de forma directa y veraz las circunstancias del violento crimen y la personalidad de sus autores, que fueron condenados a muerte.

Wolfe leyó el libro y se dio cuenta que su forma de narrar abría la posibilidad de contar historias que no eran noticia pero en las que se podía profundizar con una técnica periodística, jugando con la riqueza de los personajes. Y así nació «La banda de la casa de la bomba», una panoplia de enloquecidos iconos del mundo del pop entre los que aparecen surfistas, moteros y chicas en topless que se cruzan en los partys.

Alguien apuntó que Wolfe fue al nuevo periodismo como Salinger a la renovación de la tradición literaria en EEUU. Y ciertamente el excéntrico y fanfarrón escritor fue capaz de observar con la paciencia de un entomólogo a la gente que quedaba fuera de los focos de los medios de comunicación, pero que ofrecía una historia que contar o un nuevo ángulo para ver las cosas.

¿Qué queda hoy de aquel nuevo periodismo? Queda su frescura, su originalidad, su capacidad para mirar sin prejuicios la realidad. Lo mejor que se puede decir de Wolfe es que ensambló el periodismo y la literatura para mostrarnos las miserias y grandezas de ese estilo de vida americano que él encarnó mejor que nadie.

Pedro García CuartangoPedro García CuartangoArticulista de OpiniónPedro García Cuartango