Cultura - Libros

Springsteen: «Bob Dylan es un poeta, yo soy un tipo que trabaja duro»

El Boss dedicó cuatro horas en Londres a promocionar su libro de memorias «Born to run»

Bruce Springsteen ayer en Londres
Bruce Springsteen ayer en Londres - Doug Peters/PA Wire

Maneras de vivir. Ayer, el mismo día en que la Academia Sueca anunciaba que desistía de dar con Dylan, quien se niega a atender sus llamadas,Springsteen ocupaba cuatro horas de su vida promocionando en Londres su libro de memorias, «Born To Run». El interesante tocho de 500 páginas, que se titula igual que el disco de 1975 que lo puso en órbita, se ha encaramado como el ensayo más vendido en Estados Unidos y el Reino Unido. Su autor asegura que ha «disfrutado enormemente escribiéndolo» y añade una de las muchas bromas que salpican su conversación: «Quería contarlo antes de que se me olvide todo», en alusión irónica a sus estupendos 67 años.

Springsteen se encerró ayer durante dos horas en un salón de actos cercano a Buckingham con medio centenar de periodistas de toda Europa. Cuando acabó, siguió haciendo bolos promocionales: un encuentro con lectores en una enorme librería de Picadilly, previo pago de 25 libras.

Menos arrugas

En la cita con la prensa andaba por allí un fan fatal del Boss, el cómico Manel Fuentes, que a fuerza de mimetizarse con su ídolo casi se parece más al cliché de Bruce que el propio Bruce actual. El Jefe resulta ser de cerca un señor de limitada estatura, corregida por unas botas vaqueras de oportuno tacón, con cara bronceada y cabello retocados con buen gusto. Es evidente que su discreto tinte y su nivel de arrugas no encajan con su fecha de nacimiento, el 23 de septiembre de 1949, bajo los nombres de Bruce Frederick Joseph.

Viste cazadora de cuero negra, camiseta gris y vaqueros. Lleva dos aros de oro: uno en la oreja y el otro es la alianza que lo une desde 1995 a la ex corista Patti Scialfa, su segunda mujer y madre de sus tres hijos. Sus movimientos son lentos, un poco acartonados, y su voz es rasposa, con carraspera a ratos. Cuando lee pasajes seleccionados de su libro, recurre bromeando a las inevitables gafas para la presbicia, que guarda pronto con coquetería. Por supuesto hace honor a su leyenda de persona encantadora y recibe varias salvas de aplausos de los periodistas. Es además una de esas personas que rompe a reír ante sus propios chistes, algo contagioso.

Su libro ha resultado un ejercicio de honestidad, y con sorpresas. La mayor es que el hombre de hierro ha tenido que luchar muy duro contra la depresión. Bruce es de ancestros holandeses e irlandeses por parte de padre e italianos en la rama materna. En su autobiografía reconoce que en el ala irlandesa abundaban los casos de agorafobia, depresiones y hasta familiares que se arrancaban mechones de pelo o rompían a aullar. «De niño era simplemente misterioso, embarazoso y ordinario», escribe.

El cantante cuenta que hace 30 años sufrió una profunda depresión, que se repitió cuando cumplió los 60 años. «Lo último que pensaba es que iba a caer ahí dos veces». Desde la década de los ochenta recibe atención psiquiátrica, pero a los 59 el tratamiento habitual dejó de hacerle efecto. Rompía a llorar de forma constante, algo que ocultaba en su ámbito profesional. Su mujer le ayudó a salir: «Patti me observaba como un tren de mercancías cargado de nitroglicerina a punto de descarrilar. Durante esos periodos puedo ser cruel: huyo, disimulo, esquivo, desaparezco. Raramente pido perdón. Ella me frena, me lleva al médico y le dice: ‘Este hombre necesita una pastilla’». También asegura que «el rock ha sido parte de mi terapia».

El padre, en el centro

El personaje medular del libro es Douglas Springsteen, su padre que murió a los 73 años en 1998. Era obrero en una planta de Ford, muchas veces desempleado e iracundo. No tragaba a Bruce, al que veía enclenque y consideraba un competidor por el amor de su esposa, Adele. «Es un personaje central en mi vida en muchos sentidos», comenta Springsteen tras leer un paisaje doloroso, aquel que cuenta como siendo un mocoso su madre lo subía al coche y lo llevaba al bar donde se mazaba Douglas, solo en una esquina de la barra, para que lo trajese de vuelta a casa.

«Mi madre está orgullosa del libro, siempre se ha emocionado con cualquier jodida cosa que yo hacía»

Recupera su sonrisa fácil cuando habla de su madre Adele, que ya ha pasado de los noventa. Los italianos de Sorrento, los Zirelli, representan la veta lúdica de su sangre, aunque también tienen su miga (su abuelo, un abogado que llegó a hacer fortuna, se pasó años en Sing Sing por un desfalco). «Mi madre está orgullosa del libro, aunque pelea contra el Alzheimer, está en medio del proceso». Y añade: «En realidad ella siempre se ha emocionado con cualquier jodida cosa que yo hacía».

Pronto sale el Nobel de Dylan a colación. Springsteen no se extiende demasiado ni entra en la polémica, se limita a decir que le parece bien el premio: «Dylan está por encima de todos. Es muy diferente a mí. Él es un poeta y yo soy un tipo que trabaja duro. Nuestras influencias son muy diferentes, pero en mi libro yo le llamo el padre de mi país. Así es cómo me siento acerca de él». Recuerda que lo conoció en 1974, cuando visitó en su camerino al hoy esquivo Nobel. «Siempre hemos tenido una relación agradable».

Crimen y castigo

Antes de escribir «Born to Run» leyó «Crónicas», las oníricas y maravillosas memorias de Dylan, y «Life», la chisposa autobiografía de Keith Richards. Se revela como un lector variado y refinado. Cita a Flannery O’Connor, Jim Thompson, Moby Dick… «soy fan también de John Cheeve y Philip Roth y he leído mucho a todos esos rusos, Dostoyevsky con sus Karamazov y su ‘Crimen y Castigo’, Tolstoi… me gustan las cosas de profundidad psicológica».

«No soy practicante asiduo de mi religión, pero sigo formando parte del equipo»

La parte más sugerente del libro es su infancia en la pequeña ciudad obrera de Freehold, en New Jersey, con la casa paterna alquilada, bastante inmunda, muy cercana a la iglesia católica de Santa Rosa de Lima. Allí fue monaguillo y escolar. En la obra reconoce que la religión de su infancia lo ha marcado de por vida: «No soy un practicante asiduo de mi religión, pero sé que en algún lugar muy adentro… sigo formando parte del equipo», escribe.

Ayer volvió a incidir en ello: «Me enseñaron esas cosas de niño: salvación, redención, gloria… Es algo natural para mí, son palabras de cada día en mi vida. Cuando eres joven esas cosas son increíblemente reales e importantes y eso me marcó a la hora de escribir. Mis canciones, excepto las de ‘pon tus manos en mi motor’ -grandes risas- vienen de ahí». Aunque muchas de sus mejores tonadas están relatadas en primera persona, aclara que «la mayoría son un trabajo de imaginación, consisten en ponerte en los zapatos de alguien, no son autobiográficas».

Mejor que a los cuarenta

Springsteen y su E Street Band -a la que a veces trata como un exigente capataz, según su libro- son célebres por sus conciertos extenuantes de casi cuatro horas. ¿Hasta cuándo? «Pues tanto como quiera -responde seguro de sí mismo-. En cierto modo me siento mejor que cuando tenía cuarenta. He trabajado mi cuerpo para hacer lo que quiero y soy consciente de mis límites. No tengo ningún problema». Esa suerte de misas laicas que oficia Springsteen, que le han ganado feligreses por todo el planeta: «Son 45 años de conversación con mi audiencia y me lo tomo muy en serio. Han trabajado muy duro para pagarse la entrada, esperan tu truco de magia y mi deber es dárselo».

«Soñaba que venían los Stones a Ausbury Park y que yo tenía que sustituir a Jagger»

Los anhelos de estrellato lo asaltaban desde la adolescencia, en forma de un divertido sueño recurrente: «Soñaba que a los Stones venían a Ausbury Park, les fallaba Mick Jagger y me necesitaban a mí para sustituirlo», cuenta partiéndose de risa. «En realidad al principio mi única aspiración era llegar a tocar la guitarra rítmica. Pese a mis sueños, mis expectativas eran limitadas». Tampoco le convencía su voz. «Nunca me consideré un gran cantante como Marvin Gaye o Rod Stewart. Tuve qué descubrir lo que podía hacer y cómo hacerlo con la voz que tengo».

Springsteen, demócrata de siempre, hizo campaña por Obama. No puede faltar la pregunta sobre Trump. ¿Sería capaz de definirlo en pocas palabras? «Oh, boy! -suspira-, nadie es capaz de hacer eso. Está pasando algo muy triste en Estados Unidos. Asusta».

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