«La Duquesa de Alba de negro» (1797), de Goya
«La Duquesa de Alba de negro» (1797), de Goya - ABC
El autor y su personaje

Los secretos de Cayetana de Alba, en el pincel de Goya

Nacida en 1762 y heredera única de una inmensa fortuna, tuvo una infancia solitaria y conservó siempre unas ganas inmensas de vivir y disfrutar. Se casó con José Álvarez de Toledo, su primo, y por su vida dicen que pasaron varios amantes

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Quienes se acerquen a admirar el retrato que Goya hizo de María del Pilar Teresa Cayetana, decimotercera duquesa de Alba, creerán tener delante a una dama serena, inteligente y segura de sus privilegios, que señala el suelo con un dedo o, tal vez, sus inmensas propiedades. Y no se equivocarán. Pero este espectacular cuadro esconde otros ocultos mensajes sobre su protagonista. Los hay históricos o sociológicos, los hay sentimentales e íntimos y tampoco faltan los controvertidos o misteriosos. Si empezamos por los que delata su vestimenta, es evidente que Cayetana, como ella prefería que la llamasen, fue hija aventajada del Siglo de las Luces.

Nacida en 1762 y heredera única de una inmensa fortuna, tuvo una infancia solitaria. Debido a la temprana muerte de su padre y a los sucesivos matrimonios de su madre, se crió bajo la supervisión de los criados y al cuidado de su abuelo, al que adoraba, y que murió poco después. «Todos aquellos a los que quiero se marchan demasiado pronto», dicen que comentó amargamente en su funeral. Aun así, tantas ausencias no hicieron más que acrecentar sus ganas de vivir, de disfrutar. Cayetana solía decir que si le gustaban tanto las verbenas, los toros y las candilejas teatrales era porque de niña se escapaba de su palacio, en el castizo barrio de Lavapiés, para jugar con los golfillos de la calle o bailar descalza detrás de los organillos. Tal vez por eso mismo, casi hasta su muerte, acaecida en 1802, fue siempre fiel al peinado que luce en el retrato. Lo llamaban «a la Caramba», en honor a una famosa cómica de la época y Caramba era también el nombre del perrito que aparece en el cuadro. Pero de él hablaremos más adelante, porque tiene su propia historia. El peinado a la Caramba consistía en llevar el pelo muy rizado y suelto sobre la espalda sujeto apenas por una lazada o escarapela.

Tendencias antagónicas

A finales del siglo XVIII en España, y en concreto entre los aristócratas, existían dos tendencias antagónicas. Por un lado estaban los afrancesados, los que miraban con admiración hacia París y Versalles, recitaban con espléndido acento a Racine, tocaban el clavicordio y se extasiaban leyendo a Voltaire. Y luego estaban los partidarios del majismo, una corriente surgida precisamente por hastío de tanta costumbre foránea, tanto «grandeur», tanto «Ancien Régime».

Cayetana era el epítome del majismo. No solo se peinaba a la Caramba, sino que era amiga de cómicos, de toreros, de chisperos incluso. Riéndose de la moda parisina, le gustaba vestir imitando a las manolas, también a la goyesca, todo un escándalo en aquellos tiempos con sus faldas cortas, sus trajes masculinos coloridos y llenos de alamares y flecos de madroños. Estas dos posturas antagónicas jugarían un papel importante en la vida de Cayetana. Porque mientras ella se declaraba irredentamente maja, su marido, José Álvarez de Toledo, fue la viva encarnación de todo lo contrario, del raciocinio, del gusto francés más refinado. Eran primos, y el matrimonio entre ellos se pactó para que la casa de Alba conservara el apellido Álvarez de Toledo celebrándose cuando ella tenía trece años y él diecisiete. Cayetana pronto descubrió que no podía tener hijos. Había sido una niña enfermiza y su mala salud le dejó muchas secuelas. No solo era estéril, sino que sufría de una desviación de columna que la obligaba a caminar de una forma particular que ella convirtió en «jacarandosa», según su propia definición.

Matrimonio de conveniencia

Se ha dicho siempre que Cayetana tuvo un matrimonio de conveniencia, sin amor, que cada uno hacía su vida y que por la de ella pasaron varios amantes, entre otros Godoy y Goya. Difícil es saberlo, ningún documento lo acredita, pero se da la interesante circunstancia de que el maestro de Fuendetodos hizo todo lo posible para que pensemos que sí existió algo entre ellos. En el otro célebre retrato que hizo de Cayetana vestida de negro, escrito en el suelo puede leerse «Solo Goya», mientras ella, con el dedo en una postura muy similar a la de su retrato vestida de blanco, apunta a esa inscripción. Ahora se sabe, sin embargo, que dicha inscripción es un añadido posterior. Otro tanto ocurre con la que figura en uno de los anillos que luce la duquesa, en el que se lee también el nombre del pintor. Se trata, pues, de dos falsas pistas dejadas ahí para la posteridad, porque lo cierto es que, si Goya amaba desesperadamente a su duquesa, ella simplemente se dejaba querer.

Existen aún otros secretos mensajes. Mensajes que hablan de otro amor, uno que ella tardó varios años en descubrir: el que sentía por su propio marido. Por José, tan discreto y elegante, tan ilustrado, distinto a ella en todo, y del que se preocupó poco en los primeros años de su matrimonio. Sin embargo, hacia 1795, y en una maniobra política poco afortunada, José se vio envuelto en una conspiración contra el todopoderoso Manuel Godoy. La conjura orquestada por Alejandro Malaspina pretendía sustituir a Godoy y ofrecerle el puesto a José. Aunque el duque negó siempre toda implicación en la conjura, se vio obligado a abandonar Madrid. Y se fue a Sevilla, al palacio de Dueñas, a la espera de que poco a poco se fueran acallando rumores e insidias. Allí enfermó y, al saberlo, Cayetana corrió a su lado. ¿Los habrán reunido los reveses de fortuna y tan repentina enfermedad?

Su hija mulata

En el cuadro de la duquesa vestida de blanco y pintado pocos meses antes de la muerte de su marido, Cayetana rinde un claro homenaje a José. En el brazalete que adorna su muñeca izquierda pueden verse sus iniciales entrelazadas con las de él. También quiso retratarse vestida de luto en el otro espléndido cuadro pintado tras quedar viuda. Y por fin nos resta hablar de Caramba, el perrito que la acompaña en el cuadro, un bichón maltés, que lleva atado en una pata un lazo del mismo color de los complementos que luce la duquesa; el rojo era por esas fechas el color de moda, en clara alusión a la Revolución Francesa. Caramba pertenecía a María de la Luz, la niña mulata que Cayetana prohijó y a la que dejó una herencia considerable al morir. Como Goya gustaba dejar mensajes secretos no solo en este retrato sino en muchos otros, ahora sabemos que la duquesa solía vestir a su niñita con una copia exacta de lo que ella usaba. En el pequeño cuadro denominado «La Beata y dos niños», pintado también en 1795, puede verse a María de la Luz con el mismo vestido blanco con lazo rojo e idéntico collar de coral al cuello que su madre adoptiva en el suyo.

Mirar un cuadro es también una manera de leer Historia, y por suerte para nosotros Goya fue, además de un maestro de la pintura, el mejor y el más inteligente cronista de su época. Sobre sus lienzos están estos y muchos otros secretos mensajes para quien quiera leer entre pinceladas.