Rafael Sánchez Ferlosio el día de su 90 cumpleaños
Rafael Sánchez Ferlosio el día de su 90 cumpleaños - Maya Balanya

Rafael Sánchez Ferlosio, noventa años del hombre colmado de días

El escritor, que aborrece «el grotesco papelón del literato», fue homenajeado hoy por su noventa cumpleaños

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Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927) nunca ha sido amigo de homenajes. En cierta ocasión dijo que le horrorizaba «el grotesco papelón del literato», y seguramente siga pensando lo mismo hoy, medio aturdido por los flashes de las cámaras, con la mirada esquiva y la mente lúcida –sin duda ya más rápida que su lengua–, atendiendo a las preguntas de la prensa el día de su noventa cumpleaños. ¿Seguirá escribiendo? «Se hará lo que se pueda», respondió con sorna, recordando aquella famosa anécdota de Juan Belmonte y Valle-Inclán en la que el literato le decía al torero, «no te falta más que morir en la plaza», a lo que él respondía, «se hará lo que se pueda, don Ramón».

«Hoy no puede escapar», bromeó el ministro de Educación, Cultura y Deporte, Íñigo Méndez de Vigo durante la celebración organizada por la editorial Penguin Random House. El político calificó a Ferlosio como un autor «sorprendente y desconcertante en el mejor de los sentidos», con una forma de vida entre quijotesca y machadiana, siempre «alejada de los intereses». Así, apuntó, en él la pluma está marcada por el deseo perpetuo de instruir e instruirse, y está movida por un ánimo capaz de conjugar «sabiduría y desdén».

Su editor, Ignacio Echevarría, recordó esa particular forma de concebir la existencia que tiene Ferlosio, capaz de distinguir entre el tiempo adquisitivo y consuntivo. El primero, explicó, es un concepto tenso, de finalidades, donde una tarea se sucede a otra y rige el principio burocrático. Ahí, la vida se entiende como un proyecto que hay que construir. Sin embargo, el segundo se desarrolla en un plano más ocioso. Cada instante tiene valor en sí mismo y la dirección no es norma. De esta manera, uno trata de disfrutar del presente continuo en el que estamos sumergidos, alejado de los relojes y los plazos de entrega, en ese lugar espiritual donde «se puede envejecer colmado de días». Sin duda, Ferlosio lo ha hecho así (ahí).

Echevarría lo retrató como una figura siempre agradecida a todos los que le rodean, a la fortuna, que rechaza por completo esa imagen de «hombre hecho a sí mismo» y reconoce que parte que lo que es se lo debe a sus (buenas) circunstancias. Ferlosio nunca entiende esa manía por glorificar el esfuerzo y la dedicación por encima de todas las cosas, pues estos valores no siempre están en la cumbre. «Es un referente moral –aunque sé que le horroriza este calificativo– para los inconformes», sentenció su editor.

Durante el acto, al que asistieron escritores como Félix de Azúa, Manuel Vicent, Andrés Trapiello, Fernando Sánchez Dragó o José María Guelbenzu, entre otros, se leyeron dos piezas de la extensa obra del autor, premio Cervantes en 2004 y Nacional de las Letras Españolas en 2009. La interpretación de los textos corrió a cargo de la actriz Adriana Ozores, que seleccionó el pasaje «Los babuinos mendicantes» –el favorito de su novela «El testimonio de Yarfoz»– y el breve ensayo «El autómata de Querétaro».

Sentado en primera fila, acompañado de su mujer Demetria, el autor escuchó atento el acto, por el que se mostró agradecido. Apoyado en su bastón, no tardó en mostrar sus deseos por descansar y alejarse del ruido. «No sé cómo pasaré el día, ahora volveré a casa y no haré nada especial», explicó. ¿Por qué? Tiene que cuidarse una salud que se resiente con la «polución» del aire. Tímido, a paso lento, se despide rápido de los periodistas.