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El primer Nobel para el rock, la última revolución de Bob Dylan

Sin mover un dedo, el de Duluth acaba de derribar esa pared que separaba la Alta Literatura de todo lo demás

Bob Dylan, en una imagen de 1965
Bob Dylan, en una imagen de 1965 - ABC
DAVID MORÁN Barcelona - Actualizado: Guardado en: Cultura , Libros

A sus 75 años y convertido en un tipo más bien esquivo que gusta de magullar sus canciones y disfruta viendo cómo el público corre tras ella con la lengua fuera, nadie diría que a Bob Dylan le quedaba una última revolución escondida en el doble fondo de su sombrero sureño. En realidad, el Dylan que gira sin parar amasando billetes y entretiene su crepúsculo entre visitas a Sinatra y fabulaciones shakesperianas no parecía estar ya para grandes revelaciones, no digamos ya para monumentales revoluciones.

Eso, insiste en recordarnos una y otra vez su biografía, es cosa del pasado, de cuando el de Duluth se sacó a Woody Guthrie de la cabeza y le aplicó una descarga de un millón de voltios al folk para empezar a enredar con un lenguaje eléctrico y centelleante desde los surcos de «Bringing It All Back Home», (65) «Blonde On Blonde» (66) y «Highway 61 Revisited» (65), Santísima Trinidad de ese sonido mercurial que cambió a Dylan y, ahí es nada, dio alas a la música popular.

Luego vendrían las implosiones domésticas, los discos confesionales y ese eterno reescribir el cancionero popular estadounidense, pero nadie en su sano juicio esperaba ya de este Dylan cascarrabias y escapista un último gesto realmente significativo. De hecho, ha tenido que ser la Academia Sueca la que haya activado los resortes necesarios para que el autor de «Blood On The Tracks» haya protagonizado su última y definitiva revolución. A saber: derribar ese muro que hasta hoy separaba la Alta Literatura de todo lo demás y servir en bandeja el primer Nobel (¡un Nobel!) a la que probablemente sea la manifestación cultural más significativa del siglo XX.

Tamaña osadía, acaso comparable en el tiempo al día que tuvo la ocurrencia de conectar una Stratocaster a un amplificador y alguien profirió el célebre grito de «¡Judas!», ha conseguido desquiciar a quienes consideran que el Nobel de Literatura debería ser para un escritor de verdad y no para un juntaletras que como mucho se acerca a la poesía. ¿Cómo explicar sin embargo una epopeya como «Like A Rolling Stone» o la densidad narrativa de «Visions Of Johanna»? ¿Cómo sobrevivir al torrente narrativo de «Ballad Of A Thin Man» o a las embestidas poéticas de «It’s Alright Ma (I’m Only Bleeding)»? La respuesta, en este caso, no está en el viento, sino en la literatura.

Escrita o cantada, recitada o graznada, la palabra es el auténtico metrónomo que marca el ritmo de sus canciones y lanza cabos entre su extensísima discografía. Es música, sí, pero también es mucho más que eso. Es poesía y narrativa, arte y ensayo poniendo a prueba los límites de la canción. Y eso por no hablar, claro, de su espléndida autobiografía, unas de las cimas de la narrativa rock, o de la conexión del primer Dylan, el que paseaba por Greenwich Village guitarra en mano, con los juglares y los trovadores y, en fin, con una forma de entender la literatura que, lejos aún de la cerrazón académica y la ortodoxia inamovible, viajaba ligera en brazos de la oralidad.

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