Paul Léautaud, el misántropo ilustrado

Solitario impenitente, vivía con decenas de gatos y perros que enterraba en su jardín. Dejó su monumental diario, una obra maestra de la introspección. Escribía a la luz de las velas y vestía como un vagabundo. Abandonó la redacción cuando su revista introdujo la electricidad

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Lo último que dijo Paul Léautaud antes de morir en 1956 fue lo siguiente: «No lamento nada. Dejadme en paz». Una despedida coherente con la trayectoria de este personaje misántropo, solitario, amante de los gatos y que gustaba vestir como un clochard.

Léautaud, contemporáneo de Sartre y de Camus, no ha pasado al olimpo literario pero es el autor de un diario de cerca de 10.000 páginas, escrito con austeridad y sencillez, que, según Julio Ramón Ribeyro, «sería necesario leer cada mañana a fin de afrontar la vida sin ninguna pretensión, ni énfasis, ni ilusión».

Nacido en la capital francesa de una corista que le abandonó a los tres días del parto, nunca se reconcilió con el género humano. Pronto optó por recluirse en una casita en Fontenay, cerca de París, donde pasó más de 50 años con sus decenas de gatos, su mono y sus perros. Se alimentaba únicamente de queso y patatas y quienes no le conocían pensaban que era un vagabundo errante. En más de una ocasión algún viandante le ofreció limosna, gesto que era recibido con un ataque de indignación.

Este maestro de las cosas pequeñas, como le define Roberto Calasso, reveló que había enterrado a unos 300 gatos y 150 perros en su jardín, verdadera necrópolis por la que paseaba y meditaba sobre su desdicha. Nunca superó el abandono de su madre, a la que intentó seducir en Calais cuando se enamoró de ella tras conocerla en el único viaje de su vida.

Tuvo algunos affaires amorosos en su juventud, pero el diarista consagró todos sus esfuerzos al quehacer de secretario y crítico teatral de Mercure de France, una publicación literaria en la que trabajó durante medio siglo. Su ocupación le facilitó conocer a los grandes escritores franceses. Admiraba a Paul Valéry, con el que paseaba a menudo. Y se inspiraba en Stendhal, Diderot, Saint-Simon y Voltaire, sus referencias estilísticas.

Léautaud detestaba el progreso y la técnica. Hasta el final de su existencia, escribía con pluma bajo la luz de las velas. Cuando Georges Duhamel se convirtió en director de la revista en 1936 y ordenó introducir luz eléctrica y teléfono en la redacción, el excéntrico misántropo cogió un monumental enfado y decidió dimitir de su puesto.

«Para vivir bien hay que pensar a menudo en la muerte», anotó en una entrada de su diario cuando tenía 24 años. También confesó en varios pasajes de su obra que siempre estuvo tentado por el suicidio, que se convirtió en una reflexión cotidiana. Pero Léautaud, pobre y olvidado del Parnaso literario, sobrevivió hasta los 84 años con la sensación de que la vida era una estafa. Nancy Mitford compuso un justo epitafio: «Sus diarios son el mejor estudio de carácter jamás escrito».