José Manuel Lucía Megías y Luis Alberto de Cuenca
José Manuel Lucía Megías y Luis Alberto de Cuenca - Matías Nieto

Lope de Vega contra Cervantes: crónica de un enfrentamiento revivido

Cuatro siglos después de las disputas entre dos de las grandes plumas de la literatura española, recordamos aquella rivalidad a través de dos poetas y devotos del barroco español: el lopesco Luis Alberto de Cuenca y el cervantino José Manuel Lucía Megías

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Apenas se levanta el sol de enero, y calienta un poco más de lo normal, y ya las terrazas de Madrid se llenan de gentes. El mundo no ha cambiado nada. Ya no hay capas, ni duelos, ni quebrantos, pero ahí siguen los poetas discutiendo y los huevos estrellados encima de la mesa.

—Luis Alberto de Cuenca: Lope puede caer antipático por su afán de ser exitoso a todo trance, por venderlo todo.

—José Manuel Lucía: Y por estar en el centro del poder. Porque al final Lope es esclavo de su propio éxito. No puede ni hacer ni decir lo que realmente piensa. Cervantes es más libre porque está en los márgenes de la literatura.

LAC: Porque es más pobre.

Cuatro siglos después del oro, todavía utilizan el presente de indicativo. Porque quien habla, Luis Alberto de Cuenca, no duda en que Lope es el más grande poeta de la literatura española, el que más hace vibrar en sus versos su propia biografía. Y quien responde, José Manuel Lucía Megías, es el biógrafo más meticuloso de Cervantes.

—JML: Es que Cervantes no tiene la obligación de escribir de unos determinados asuntos ni de una determinada manera.

—LAC: Ya… Lope, cuando se celebra el día de San Isidro, escribe un poema que se vuelve el punto nuclear de las celebraciones. Tiene un éxito fantástico.

—JML: Un poema comprado por el Ayuntamiento de Madrid, que le dice: «Me tienes que hacer un poema de San Isidro»– apostilla mientras ríe.

—LAC: Y lo vende a precio de oro. Tenía dinero. No hay más que ver su casa, que era una casa elegante.

—JML: Claro, pero es que Lope decía: «Para mí las musas son rameras». Porque claro, se tenía que levantar a las cuatro de la mañana para estar escribiendo y poder pagar sus deudillas. Dependía de la escritura, y si no se levantaba a las cuatro y no se escribía una comedia, no tenía con qué comer. Las musas, al final, son unas putas a las que él vendió su pluma.

—LAC: Y siempre le pedían más encargos. Y más, y más, y más...

—JML: A Cervantes no. Él tenía que buscarse la vida. Tuvo la posibilidad de tener otro ritmo de trabajo para hacer otras cosas distintas. Y consiguió otra obra más moderna.

—LAC: Yo creo que Cervantes es mucho más universal que Lope. Eso se demuestra sabiendo que no fue profeta en su tierra. Tuvo éxito en España, pero fueron los ingleses en el XVIII los que lo rescataron. Esa fue la clave de su éxito. Entre los dos, Cervantes tiene unos valores universales mayores que Lope, que es muy español.

—JML: Lope es la voz de la monarquía hispánica. Está muy metido en su momento. Muerto ese momento y acabada la monarquía hispánica, muchas de las cosas que dice quedan obsoletas.

—LAC: Queda la elegía a la muerte de su hijo Carlos Félix. Queda todo lo que sea doméstico, mínimo, personal, que hace como nadie. Nadie transfiere a su poesía el temblor de su biografía como él.

—JML: Y la parte religiosa, sus últimos poemas. Ahí hay una pulsión religiosa de verdad.

—LAC: En Cervantes no existe eso. Cervantes es un descreído. Está más allá del bien y del mal, en el buen sentido.

Ya no tardamos en caer en la cuenta de que la cuestión no es Lope o Cervantes, sino Lope y Cervantes. Tampoco tardan en desaparecer las croquetas de la mesa.

—LAC: Yo creo que tanto Cervantes como Lope son dos personas muy atractivas desde el punto de vista personal.

—JML: Lope desde el principio sabe, viniendo de donde viene, que es lo más bajo de la sociedad, que tiene que deslumbrar a esos nobles. En cualquier sarao de nobles él tiene que ser el centro. Él se convierte en un personaje, no puede llegar a una fiesta y simplemente escuchar lo que dicen los nobles. Tiene que sacar el plumerío. Es la única forma de encajar en ese mundo siendo hijo de un bordador.

—JML: En cambio, yo le veo más transparente. Yo lo imagino en una reunión de la academia en una esquina, escuchando. Y de pronto dice la frase rotunda que aún resuena horas. Pero Lope es el pavo real.

—LAC: Obligatoriamente ingenioso. Tipo Oscar Wilde.

Un tipo ingenioso, sin duda, que escribió en una de sus cartas que Cervantes era el peor poeta de su tiempo y que el Quijote era una obra que solo admiraban los necios. Pero, ¿por qué este odio?

—LAC: En el fondo, yo creo que le pasa un poco lo que a Umbral con la novela de Juan Manuel de Prada, que dijo: «Esto es lo que no voy a poder escribir nunca».

—JML: Pero ellos se admiraron muchísimo. Hasta 1602 trabajaban juntos.

—LAC: Pero es que en un determinado momento el Quijote le asusta. Lo dice en una de esas cartas que acaba de comprar la Biblioteca Nacional.

—JML: Eso va después, es en 1604. Y todo empieza en 1602, cuando Lope va a Sevilla a triunfar. Madrid era el centro político, pero Sevilla era el centro económico. Y entonces va a las academias y es despreciado completamente por los escritores sevillanos. Hay un poema satírico que lo ataca. Hoy se piensa que es de Góngora, pero Lope creyó que era de Cervantes.

Aquel poema de la discordia, que no ha sobrevivido bien al paso del tiempo, no fue el único que criticó a Lope. De hecho, se conservan hasta cuatro sonetos que lo atacan. Uno, quizás el más directo, se le atribuye a Cervantes, un maestro del cierre: «Si no es tan grande, pues, como es su nombre,/ cágome en vos, en él y en sus poesías».

—JML: Lope, a partir de ese momento, empieza a despreciarlo completamente.

—LAC: Porque piensa que está detrás de una conjura contra él.

—JML: Y vivían en la misma calle. Se podían encontrar en cualquier momento. Y dos calles más allá estaba Quevedo.

—LAC: Y Lope vivía en la calle Cervantes y Cervantes en la calle Lope. Estaban cruzados.

—JML: Eso tiene que ver con el gracejo madrileño –apunta entre risas.

—LAC: Y ahí está esa carta de 1604…

—JML: Una de las cosas que consigue con esa carta es que ningún poeta quiera escribirle los preliminares al Quijote.

—LAC: Y también estaba detrás del Quijote de Avellaneda. Estaba en el círculo.

—JML: Seguramente. En el fondo era una forma de quitarle las ganancias a Cervantes.

—LAC: ¿No crees que Lope sabía que el Quijote era algo único?

—JML: Para nada.

—LAC: Y el Quijote de Avellaneda no está tan mal.

—JML: Está bien hasta la página cien. Está bien escrito, es divertido. Pero a partir de ahí ya sabes lo que va a pasar.

—LAC: Es muy previsible.

—JML: Y de pronto, con los mismos personajes, Cervantes está siempre sorprendiéndote. Ahí te das cuenta de la genialidad de Cervantes.

—LAC: Pero gracias a Avellaneda tenemos la segunda parte del Quijote, que es lo más grande que ha salido de su pluma.

—JML: Al final, de esa rivalidad gana Cervantes, gana la literatura. Porque terminar el Quijote no estaba entre sus prioridades. Tenía otras obras.

—LAC: Eso es así. E insisto. Cuando inventa el tema de hacer el Quijote de Avellaneda yo creo que algo sí debía de saber el inteligentísimo Lope de que estaba ante algo importante –sentencia mientras señala la última croqueta.

La comida se termina, como las rencillas, cuando se llenan los estómagos.

—LAC: Quevedo y Góngora sí son dos antagonistas claros y feroces, pero yo no haría una antinomia Cervantes-Lope. No existe tal cosa. Solo tuvieron una serie de desencuentros.

—JML: Eran dos autores que se admiraban muchísimo, pero el negocio…

—LAC: Góngora y Quevedo son el prototipo de la mala leche. Lope es un tipo amoral, pero simpático. Pero cabroncete. Y Cervantes es un hombre con mala suerte, con un gran sentido de la libertad y con una moral profunda pero no convencional. Esos son los estereotipos.

—JML: Y ciertos.