El escritor británico de origen japonés Kazuo Ishiguro atiende a los medios en su casa de Londres - EFE/ Vídeo: ATLAS

Kazuo Ishiguro: el Nobel de Literatura recobra la memoria

La Academia sueca premia la «fuerza emocional» de las novelas del escritor británico de origen japonés, cuya obra es una de las más extrañas y ambiguas de los últimos tiempos

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Hace ya unos años, la muy despiadada y muy graciosa columna de crítica/autopsia literaria «The Digested Read» –firmada por Jim Crace en The Guardian y dedicándose a feroces resúmenes paródicos de novedades literarias funcionando como reseñas– fue particularmente cruel con Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954) y, a su manera, uno de los escritores más atómicos en activo. Atómico porque se divide y estalla y despierta emociones arrasadoras. Atómico, también, porque el núcleo de una escritura tersa y elegante y funcional, se mantiene siempre invencible pero no por eso privándose de fisionarse para rebotar en tramas y géneros inesperados.

En cualquier caso, en la columna antes mencionada, Crace se reía de Ishiguro y lo retrataba, desesperado por cambiar de rumbo y estilo, pidiéndole ayuda al mega best seller Jeffrey Archer. Aquí y ahora, nobelizado, Kazuo Ishiguro –seguro– ríe mejor pero no último. Porque nada hace pensar que su futuro como escritor no depare nuevas sorpresas al futuro de sus muchos y admirados lectores. Y, más allá de su gracia, de lo que se reía admirativamente Crace era del Ishiguro style: engañosamente sencillo y líquidamente escurridizo, definiendo una de las obras más extrañas y ambiguas de los últimos tiempos.

A saber: Ishiguro comenzó con dos novelas conveniente y rigurosamente «japonesas» («Pálida luz de las colinas», en 1982, y «Un artista del mundo flotante», en 1986); se consagró planetariamente con la novela very british con mayordomo anti-Wodehouse y premio Booker «Los restos del día» (en 1989, lleva al cine con gran éxito por James Ivory y «registro» en el que su contemporáneo Ian McEwan ofrecería tiempo después la también muy exitosa «Expiación»); desconcertó a todos con la en principio infravalorada y ahora admirada novela centroeuropea-vanguardista «Los inconsolables» (1995); mezcló un poco de todo lo anterior en el policial victoriano-freak con destellos davidlynchianos «Cuando fuimos huérfanos» (2000); volvió a maravillar y causar cierto pasmo con el thriller existencial clónico/sci-fi «Nunca me abandones» (2005) y continuó en racha con la publicación del elegante volumen de relatos músico-crepusculares y sutilmente interconectados «Nocturnos» (2009).

Su última novela –«El gigante enterrado», de 2015, una de sus mejores obras– fue acaso la más sorprendente de todas hasta la fecha: una suerte de meditación sobre la memoria privada y la amnesia comunal con ropajes de leyenda post-arturiana y pre-tolkienística que se lee como si el espectro de Samuel Beckett hubiese sido contratado para encargarse de una temporada de «Juego de tronos».

¿A quién se parece entonces Ishiguro? ¿De dónde viene y a dónde va? Respuesta sencilla a la vez que compleja: a todos y a ninguno, de ninguna parte y a todos los lugares. En 2001, durante su paso por Barcelona para la presentación de «Cuando fuimos huérfanos», conversamos en un hotel céntrico y no pude evitar preguntárselo. Y me respondió con la exquisita y paciente cortesía de su lugar de nacimiento y, también, con la irónica flema de su sitio de residencia: «Tiene gracia. En Japón soy considerado un extraño fenómeno social más que una fuerza literaria. Me miran y piensan: pobrecito freak, cara japonesa, apellido japonés, y qué mal que habla nuestro idioma y qué malos modales, pobrecito, pobrecito... Mientras que la crítica del Reino Unido tiende a relacionarme con autores que no me interesan en absoluto. O tiende a esperar cosas de mí que yo no puedo ni me interesa darle».

Desconcierto

«El éxito de la adaptación fílmica de ‘Los restos del día’ –continuó– me colocó en ese pedestal de escritor clásico inglés de clásicas historias inglesas y entonces, cuando llegó ‘Los inconsolables’, reinó el desconcierto. Pero se habían olvidado de que había escrito también ‘Pálida luz de las colinas’ y ‘Un artista del mundo flotante’, dos novelas exageradamente japonesas... Por eso hay que preocuparse lo menos posible por lo que los demás piensen de uno, porque a menudo están equivocados. La crítica tiende a celebrar la exactitud de mi prosa y a mí es lo que menos me interesa. No pienso en eso cuando escribo. No sé: a mí me gustan los escritores aluvionales y caóticos como Dostoievski, quien probablemente sea el escritor que más me ha impactado. Y me gusta mucho Chéjov. Pienso que estos dos rusos configuran un poco el Ying y el Yang de mi sistema literario. Me interesa encontrar un balance entre esos dos extremos».

Ishiguro lee también a Ellroy, «una especie de Dostoievski americano». Y a Ballard, aunque nunca leyó «El imperio del sol»; la primera mitad de «Crash» le parece «admirable». Y le gustan algunas cosas -«las más breves y románticas»-, de Murakami. «Y Proust, claro. El capítulo ‘Combray’ fue un descubrimiento cuando lo leí de joven. El comprender que una novela no tenía por qué ser como una película y que podía abarcarlo todo al mismo tiempo y... lo cierto es que nunca pasé del segundo tomo. Me dicen que el séptimo es el mejor y algún día llegare allí, pero... Si algo tienen en común todos los escritores que me interesan (por otro lado muy diferentes) es su ambición paisajística a la hora de narrar lo que ocurre dentro de un personaje además y más allá de lo que ocurre afuera. Volviendo a lo anterior, me preocupa más el modo en el que piensa, siente, se mueve y habla el personaje que el modo en el que pienso yo como escritor... Al final, todos mis libros tratan sobre lo mismo. Una y otra vez. Más que novelas son variaciones sobre un solo tema, sobre el acto de hacer, o deshacer, memoria».

De ahí que a Ishiguro siempre le haya parecido un error concentrarse demasiado en las palabras, en la técnica, en el andamiaje del asunto. Y de ahí, también, que le hayan divertido mucho esos artículos que, cuando él empezó a publicar, hablaban de su «estilo tan japonés», cuando él sólo quería escribir algo que se entendiera. «La idea de que ‘dejar ciertas cosas fuera’ fuese una actitud oriental: los silencios, el rigor. Yo, claro, decía ‘sí, por supuesto, exacto’. Pero la verdad es que no fue hasta ‘Los restos del día’ cuando me propuse explorar de dónde podían llegar a venir ciertos rasgos de mi estilo. En ese sentido, la figura de un mayordomo –donde se concentra tanto lo británico como lo oriental– era la ideal para semejante propósito. Y, ya que estamos, me gustaría ser recordado más por ‘Los inconsolables’ que por ‘Los restos del día’...».

Punto de partida

Eso sí, el Nobel reconoció entonces en la Ciudad Condal que le es muy difícil precisar el punto de partida de sus novelas: «Cada vez que termino de escribirlas intento comprender de dónde han salido y se me hace casi imposible. Puedo, sí, vislumbrar dos o tres puntos, algunos lugares. Uno de ellos es que mi nuevo libro siempre tiende a salir del libro anterior, o a reaccionar contra el libro anterior. Nunca me quedo en blanco pensando ‘¿y ahora qué hago?’».

¿Lo próximo entonces? Quién sabe. Tal vez la peripecia de un japonés britanizado yendo a recoger un premio importante y, por el camino, cruzándose con su muy admirado Bob Dylan («Mi héroe fue y sigue siendo él», declaró alguna vez Ishiguro) para comentarle que en realidad él siempre quiso ser un songwriter. O visitando a Haruki Murakami –el constante japonés en danza para llevarse el Nobel–, quien alguna vez se refirió a su compatriota occidentalizado como «alguien a quien se admira mucho en Oriente. En parte porque sus libros son grandes libros, pero también porque en sus ficciones nosotros encontramos una particular calidad de sinceridad y ternura que se nos hace muy familiar y natural. En realidad, nada me interesa menos que el que Ishiguro sea japonés o inglés o incluso marciano». En lo personal, yo me inclino a pensar que Ishiguro es marciano.