Fotografía de Jordi Canal, antes de la entrevista en un hotel madrileño
Fotografía de Jordi Canal, antes de la entrevista en un hotel madrileño - Isabel Permuy

Jordi Canal: «Violencia también es intimidar, excluir y crear listas negras en Cataluña»

En su libro «Con permiso de Kafka», escarba en las raíces de la crisis catalana y combate sus mentiras

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A principios del siglo XX, el escritor austrohúngaro Franz Kafka escribió una novela inacabada titulada «Der Prozess», en español «El Proceso», de grandes tintes esperpénticos. Cien años después, el político español Artur Mas inició el denominado en catalán como «procés», cuya oda al absurdo habría hecho palidecer a Kafka. «En Cataluña ya no se sabe lo que está ocurriendo o lo que va a pasar», apunta el historiador Jordi Canal (Olot, 1964), que acaba de publicar «Con permiso de Kafka: el proceso independentista en Cataluña» (Península Atalaya). Sin desenlace aparente, Canal es uno de los muchos intelectuales catalanes que se han hartado de que usen su silencio en su contra.

¿Qué tiene que ocurrir para que termine el «procés»?

Hay que actuar con la Constitución y con la Ley, pero si la oposición al independentismo quiere ganar la batalla hay que ir más allá. Hay que hacer un trabajo de explicar lo que está ocurriendo en Cataluña fuera y dentro de nuestras fronteras. Es responsabilidad del Gobierno, pero también de la oposición, de los intelectuales y de toda la sociedad. España ha tenido una excesiva confianza en que quien tiene la razón no debe entrar a explicar las cosas. Gracias al silencio de la otra parte, los nacionalistas han ganado una y otra vez. Han construido con mentiras un discurso positivo, creído y atractivo. Una religión.

¿El silencio favorece al mentiroso?

Tu silencio es tu debilidad. El nacionalismo ha creído que el silencio del Estado español, la no respuesta judicial y política, era un signo de debilidad. Por eso, el año pasado los independentistas se sorprendieron tanto con la fortaleza del Estado. Pensaban que la aplicación del 155 iba a ser algo de grandes dimensiones... En este sentido, no hay que olvidar que el nacionalismo catalán tiene aires de superioridad. Se creen más modernos, más listos, más democráticos e incluso más ricos que el resto de España.

En su libro denuncia la perversión del lenguaje que vienen realizando los nacionalistas.

Hay un trabajo de construcción de una nueva lengua. Son tramposos con las palabras. Dicen que eran una nación antes de que existieran las naciones. Dicen que democracia es votar, pero en el franquismo también se votaba y había elecciones. Entienden libertad y respeto a las leyes de forma distinta al resto de españoles. Puigdemont habla de dialogar, pero, ¿a qué se refiere? ¿Sobre qué bases se va a dialogar? Yo tengo amplias dificultades para hablar del tema con amigos y familiares independentistas, porque no hablamos la misma lengua y falta un mínimo de racionalismo. Es imposible sentarse a dialogar así.

También dicen que su «revuelta» no es violenta.

El «procés» está entrando ahora en una vía de violencia física, con una kale borroka a la catalana. Sin embargo, hay que preguntarse qué entienden por violencia. Ellos cuando afirman que no ha habido violencia se refieren a violencia física. Pero violencia también es cuando, en 1993, empezaron a señalar a historiadores, a mí por ejemplo, como autores al servicio del Estado. La creación de listas negras, el pintar un lazo amarillo delante de la casa de alguien para señalar que es enemigo de la patria, intimidar, excluir a la gente en su comunidad... Eso también es un tipo de violencia. Ya hemos visto lo que pasa cuando se marca a la gente, lo vimos con ETA y en los años 30 cuando se señaló a una minoría en Europa.

En su libro desmiente que lo que ocurre en Cataluña tenga algo que ver con 1714 u otros episodios.

Soy muy reacio a ver continuaciones de larga duración en las sociedades. Nosotros los catalanes no tenemos casi nada en común con los catalanes de 1714. Es una invención como muchas otras del nacionalismo. Sí tenemos nexos con la Cataluña de la República e incluso la de finales del XIX, pero no con una sociedad medieval o moderna. Cataluña como estado y como nación no ha existido nunca.

Pero el nacionalismo defiende que Puigdemont es el 130 presidente de la Generalitat.

Sí, otra mentira. Porque no ha habido 129 presidentes antes. Eso forma parte de la reinvención de la historia de Cataluña. El nacionalismo ha sabido convencer a los historiadores de que trabajasen en crear esta historia mitológica. Proclamar que hubo una Cataluña como estado y como nación en la Edad Media; y además hacer creer que era algo institucional y democrático. Se buscan continuaciones justificadoras del momento presente.

Un discurso diferenciador, que también intenta ligar con la vieja Leyenda Negra en Europa. Es lo que estamos viendo ahora con esas discusiones en Alemania, con esa facilidad para decir que hay un déficit democrático y legal en España. Se proclaman como más democráticos que el resto de españoles.

Lo que sí es distinto respecto a la historia de otras regiones españolas es el éxito allí del nacionalismo periférico.

El nacionalismo catalán surge a finales del siglo XIX debido a tres factores. Primero; un momento propicio, con la Guerra de Cuba, la crisis industrial en Cataluña, atentados anarquistas, crisis de las Restauración. Segundo; por cierto fracaso español en el proceso de la nacionalización de sus propias sociedades. Tercero; aparición de una serie de intelectuales, empresarios afectados por la crisis catalana, clases medias, que hacen una apuesta por un nacionalismo excluyente. El problema ha estado abierto desde la Restauración hasta hoy en día.