Cultura - Libros

Elizabeth Strout: «Lo de Trump es una broma que ha dejado de tener gracias»

La escritora estadounidense, ganadora del Premio Pulitzer por «Olive Kitteridge», ahonda en las relaciones familiares y el clasismo en «Me llamo Lucy Barton»

La escritora estadounidense Elizabeth Strout
La escritora estadounidense Elizabeth Strout - LEONARDO CENDAMO

Explica Elizabeth Strout (Portland, Maine, 1956) que, a la hora de ponerse manos a la obra con la escritura, el orden no es su punto fuerte: se le acumulan fragmentos, trabaja en escenas sueltas de varias historias al mismo tiempo y los personajes se le van amontonando encima del escritorio. «Es un desastre», bromea. Será por eso que, cuando una historia se mantiene a flote y sobrevive al naufragio de su escritorio, es que merece ser contada.

Eso es precisamente lo que le ocurrió con «Me llamo Lucy Barton» (Duomo), novela con la que autora estadounidense, ganadora del Premio Pulitzer por la celebrada y televisiva «Olive Kitteridge», ahonda en las relaciones familiares y reflexiona sobre la cada vez más pronunciada brecha entre clases sociales. «Escribí una escena en la que una chica hablaba con su madre en el hospital en el que estaba ingresada y, como muchas otras cosas que escribo, la dejé a un lado, pero la voz de Lucy era distinta y poderosa», explica una autora que, tirando de aquel hilo, ha acabado por novelar entre frases enjutas y fibrosas «una historia de amor imperfecto entre una madre y una hija». «Trabajo con personas, no trabajo con ideas», apunta Strout al tiempo que se reconoce como una suerte de imán para esas mujeres endurecidas como el roble y moldeadas con arcillas de otras épocas. «Ellas viene a mí, aunque supongo que es algo cultural –explica–. Tanto Olive Kitteridge como la madre de Lucy son mujeres del pasado que cargan con un bagaje puritano».

Las miserias del sueño americano

La de la madre, sin embargo, es solo una de las voces de una novela con la que la autora de «Los hermanos Burgess» escarba en las miserias del sueño americano y en esa pobreza en la que nadie quiere reparar mientras Lucy, la protagonista, pasa de vivir con su familia en un garaje sin calefacción ni retrete a instalarse como escritora en el West Village neoyorquino. He aquí el cada vez más renqueante ascensor social como representación gráfica de un clasismo que, apunta Strout, la narrativa estadounidense parece haber olvidado. «Es un tema que no veo en la literatura americana contemporánea –señala–. Si echas la vista atrás encuentras a autores como Sherwood Anderson, pero ahora la mayoría de escritores salen de talleres de escritura y está claro que la pobreza no es algo que les preocupe».

«La mayoría de escritores salen de talleres de escritura y está claro que la pobreza no es algo que les preocupe»

Con el empobrecimiento de la sociedad estadounidense como telón de fondo y esa brecha entre ricos y pobres abriéndose cada vez más –«es algo que cada vez va a peor», asegura– es inevitable que la conversación pase fugazmente por las elecciones estadounidenses del 8 de noviembre. Unas elecciones que, apunta Strout, tendrían que suponer el fin de Donald Trump. «Lo de Trump es una broma que hace tiempo que dejó de tener gracia. Es terrible. Y son los propios republicanos los que lo han hecho, por mucho que algunos se echen las manos a la cabeza», asegura.

A la espera de ver qué ocurre en los comicios y mientras sigue acumulando papeles y escenas en su escritorio, Strout pone el foco sobre esa Lucy Barton que, tal y como confiesa en el libro, se hace escritora para conseguir que la gente no se sienta tan sola. Ella, en cambio, va un poco más allá y asegura que si escribe es «para que la gente pueda entender lo que es sentirse otra persona». «Es muy importante para mí esa idea de meterse en el pellejo de otro para tener varias perspectivas, no solo nuestro punto de vista», apunta.

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