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Dario Fo: «Todavía soy ateo, pero me gusta cultivar la duda»

El premio Nobel italiano cumple 90 años. No cree en Dios, pero piensa y escribe sobre él en su último libro

Dario Fo
Dario Fo - ABC
ÁNGEL GÓMEZ FUENTES Corresponsal En Roma - Actualizado: Guardado en: Cultura , Libros

«Sí, soy ateo, pero… cultivo siempre la duda», escribe en su último libro, en las librerías desde la pasada semana: «Dario e Dio» (Dario y Dios), una larga y apasionada conversación con la periodista y escritora Giuseppina Manin. Cumple hoy 90 años, pero Dario Fo, el dramaturgo, actor, pintor y novelista italiano vive con una excepcional energía y vitalidad, embarcado en numerosos proyectos. «No me siento esos noventa años, no me hago la idea», responde exultante el autor de «Misterio bufo» cuando ABC le felicita por su cumpleaños, que festeja en el Piccolo Teatro de Milán, con los colaboradores y amigos de toda una vida, con su hijo Jacopo, que le organiza la fiesta, y sus nietos, y sin olvidar a Franca Rame, muerta en 2013, con la que sueña cada día: «Es una tristeza vivir sin ella. La echo mucho de menos. Era parte de mi vida. No basta la memoria. Sueño con ella todos las noches. Cuando tengo un problema, le pido ayuda y me llega la solución».

El monstruo sagrado del teatro italiano, una de las personalidades más creativas y polifacéticas de este país, no ha perdido ese espíritu volcánico y crítico que le llevó en 1997 a recibir el premio Nobel de Literatura, con esta motivación: «Porque, siguiendo la tradición de los juglares medievales, se burla del poder restituyendo dignidad a los oprimidos». Así sigue Dario Fo, con sus palos a diestra y siniestra en Italia: «Nadie se indigna, hemos perdido la indignación, el orgullo de ser personas que han inventado la civilización». Mira al futuro sin perder la esperanza, pero se pregunta con inquietud, a la vista del deterioro de tantas cosas en nuestra sociedad: ¿Qué dejaremos a nuestros hijos? Escuchándole, se percibe que no ha perdido su alma de juglar, porque habla casi recitando, sacando a relucir su vena poética, siempre crítica.

—Siempre le ha intrigado y se ha interesado por lo sacro, con obras como «Misterio Bufo» y después «San Francisco juglar de dios». ¿Por qué vuelve continuamente a temas de religión?

—En primer lugar porque usted y yo vivimos en una tierra donde la religión es una constante. En Italia se intenta condicionar lo público mediante la religión. Hay todavía ciertos movimientos políticos que llevan adelante un lema: «Recuerda que Dios te ve y te sigue».

—La religión es hoy, para bien y para mal, una fuente de identidad a nivel geopolítico y personal que alimenta las pasiones y mueve a los pueblos. Usted la rechaza, pero ¿por qué le fascina?

—Soy un apasionado de la cultura popular. Me interesa la religiosidad y cómo viene gestionada y explotada. Este es un deber de un autor preocupado por la verdad. Muchos desastres se han cometido en nombre de la religión. Como italiano, he tenido el «tormentone» de ver en la capital de mi país instalado un poder que es el religioso.

—Su libro comienza con una pregunta: «¿Existe Dios?». Y usted responde: «No existe, no creo. Pero…» ¿Se está convirtiendo Dario Fo?

—No, soy todavía ateo, sobre todo por lógica. Pero respeto mucho la cultura popular y la fe de la gente.

—De todas formas, en su respuesta deja ver sus dudas, sin descartar la sorpresa. ¿Se siente con dudas?

—Siempre. Me gusta cultivar la duda, porque te lleva a ver el mundo, las cosas, las reglas, las diversas posiciones y los dogmas de una manera completamente diversa.

—¿Qué efecto le produce que el obispo Nunzio Galantino, próximo al Papa Francisco, elogie su libro señalando que «su antirreligiosidad es muy religiosa», al tiempo que le sorprende profundamente su afirmación «Dios no existe, no creo, pero…»?

—El obispo Galantino comenta mi libro con respeto. Yo también hablo de Dios con respeto. Para ser religioso no hay que tener una fe determinada por reglas y dogmas. Uno observa, ve la naturaleza, el esplendor de las cosas que se mueven la inteligencia del hombre, el amor, etc. Y uno no puede no maravillarse.

—En su libro habla de Jesús como un hombre extraordinario, con un mensaje de amor, mientras el Dios del Antiguo testamento lo presenta como duro y vengativo.

—Jesús es amor. Incluso ha querido revestirse con la piel de hombre para comprender de cerca la vida de los humanos.

—Usted no cree en Dios, pero habla maravillas del Papa Francisco. ¿Por qué lo describe en su libro como «un revolucionario, un Papa como no se había visto nunca?»

—Lo admiro mucho. Ha hecho cosas que no hizo ningún otro. Es un hombre de una altísima honestidad moral y con gran coraje. Ha escrito una gran encíclica, «Laudato si». Destaca el amor por los pobres que está en el Evangelio y, sobre todo, habla del otro Francisco, el de 1200, un santo que he estudiado a fondo y que marcó el camino de lo que debe ser un religioso y la forma de recordar a Cristo. El Papa Bergoglio conoce muy bien ese mensaje.

—Confiesa, hablando de la naturaleza, que hay prodigios que le conmueven y le hacen sentirse en crisis. El creyente ve en ello la mano de Dios. Usted que se declara ateo, ¿qué respuesta se da ante las maravillas del mundo?

—Me siento perplejo y, sobre todo, encantado de estas maravillas que ven nuestros ojos y que son infinitas. Por eso me produce horror que se dañe a la tierra. Trato de razonar, de leer las historias y las investigaciones de los científicos como Darwin y las estudio. Soy un fanático de la ciencia.

—A Darwin le dedicará su próximo libro. Tras cosechar un notable éxito con «La hija del Papa» sobre Lucrecia Borgia, traducida a casi medio centenar de idiomas, en los últimos meses ha publicado otras dos novelas históricas: «Raza de gitano», sobre un campeón de boxeo que desafía al nazismo, y «Hay un rey loco en Dinamarca», sobre Cristian VII, un monarca que reinó en el país nórdico entre los siglos XVII y XVIII. ¿Qué le atrajo de este monarca?

—Fue un adelantado de su tiempo, un revolucionario. Fue un loco, pero hizo cosas extraordinarias. La locura en ciertas ocasiones supone un empuje extraordinario al cerebro para ser nuevos y hacer cosas fuera de lo obvio y, sobre todo, para evitar una vida banal.

—Está claro que su vida ha sido todo lo contrario que banal. A sus 90 años, derrocha energía como un joven: recita, escribe, pinta, tiene diversas exposiciones y sigue cosechando éxitos. ¿Dónde está el secreto?

—La verdad es que no siento mis noventa años. No los siento. Me maravilla que mi salud, y sobre todo mi cerebro, funcionen todavía. He vivido noventa años maravillosos. En el mundo hay muchísimas compañías que representan textos míos y de Franca. La clave está en evitar ser aburridos y, sobre todo, pedantes. Para evitar la pedantería es necesario inventar un lenguaje, una situación y ser ladinos, como se dice en italiano. En fin, hay que ser libres y ligeros.

—Ha dicho siempre que no teme a la muerte y que la acogerá sereno. Imaginemos que un día se encuentra con Dios, ¿qué se atrevería a pedirle?

—Si Dios es el autor de todo lo que sucede en la tierra, le diría que tendría que comenzar a no esconderse más ante el demonio y todas las cosas retorcidas que existen en el mundo. Le diría: si tú has construido todo lo que hay en la creación y sabes cómo será el proceder de los siglos, es tu responsabilidad todo lo que suceda. Y le pediría que no se juegue con nuestra vida y nuestra conciencia.

Con el título de su nuevo libro, «Dario e Dio», el maestro del teatro italiano demuestra que Dios y la religión están en la mente de cada persona y de los pueblos, incluso de quienes lo rechazan. Como él, otro admirador del Papa Francisco, el intelectual de izquierda y ateo Eugenio Scalfari, periodista y escritor, fundador del diario «La Repubblica», ha titulado su autobiografía «El hombre que no creía en Dios», definiéndose así en una dimensión religiosa. A sus 90 años, también Dario Fo hace balance reflexionando sobre su permanente curiosidad por lo sacro, con ironía provocadora, pero nunca irrespetuosa, echando cuentas a su manera con Dios, pero abierto siempre al misterio, incluso cuando niega su existencia: «Como decía Voltaire, “Dios es la más grande invención de la historia”. Ha hecho todo solo. Un golpe de genio divino, hay que admitirlo, me llena de curiosidad y me conmueve».

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