Clarice Lispector, en una imagen de juventud recogida en la biografía «Por qué este mundo»
Clarice Lispector, en una imagen de juventud recogida en la biografía «Por qué este mundo» - ABC

Clarice Lispector, una vida hecha ficción

LLega por fin a España la biografía de la enigmática autora brasileña escrita por el estadounidense Benjamin Moser

MadridActualizado:

Cuando Clarice Lispector (1920-1977) iba en el taxi camino del Hospital da Lagoa que Oscar Niemeyer erigió en Río de Janeiro, y de una muerte segura que ella aún no podía augurar, le dijo a su amiga Olga Borelli: «Finjamos que no estoy enferma y que vamos a París». Un día antes de morir, sufrió una hemorragia muy fuerte. Desesperada, se levantó de la cama e intentó salir de la habitación, pero una enfermera se lo impidió. Clarice la miró, colérica y trastornada, y dijo: «¡Usted mató a mi personaje». La escritora falleció de cáncer de ovario el 9 de diciembre, apenas tres meses después de que cogiera aquel taxi con trágico destino. Se había convertido en su propia ficción. Y lo había hecho justo antes de abandonar este mundo raro en el que habitó 57 años.

Cubierta de «Por qué este mundo»
Cubierta de «Por qué este mundo»- ABC

Medio siglo largo de vida que Benjamin Moser (Houston, 1976) ha condensado en una biografía fascinante que por fin llega a España: «Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector» (Siruela). «Hubiera podido ser mucho más larga -son 496 páginas-, porque veo las lagunas… Clarice es tan fascinante que uno se pierde en ella. Es como si fuera una atracción sexual, difícil de explicar, inmediata», asegura Moser en una entrevista con ABC durante su reciente visita a Madrid para presentar la obra. El joven biógrafo -él prefiere que le llamen escritor, porque «biógrafo es muy limitado»- estudió portugués en la universidad, pero nunca había oído hablar de Clarice Lispector. «Desde la primera página, empecé a experimentar esa atracción sexual. Lo que siento hacia ella es amor», asegura.

El origen de Chaya

Cegado por esa pasión literaria irrefrenable, y animado por la locura que sólo nos invade en la juventud, Moser se trasladó a Brasil en 1996 dispuesto a seguir el rastro del mito y se quedó en Ipanema (Río de Janeiro) seis meses, leyéndola. Fue el inicio de un hermoso affaire que, varios años después, desembocó en la biografía que hoy nos ocupa. «Es una persona que necesita una explicación. Mucha gente la consideraba oscura, hermética… Quería saber más y la biografía me parecía la forma más adecuada de hacerle llegar a la gente». Lo cierto es que, como Moser revela en la obra, sólo unas pocas personas conocían los auténticos orígenes de Clarice Lispector.

Nació el 10 de diciembre de 1920 en Chechelnik (Podolia, Ucrania) y su verdadero nombre era Chaya. Sus padres eran de origen judío: él, Pinkhas, abandonó una prometedora carrera matemática por el fervor religioso de su familia, y ella, Mania, procedía de una rica familia de comerciantes. Pero el trauma que la marcó de por vida tuvo lugar antes de que viniera al mundo. Tras la Revolución Bolchevique, de la que ahora se cumplen cien años, la región de Podolia fue invadida y la casa familiar de los Lispector en Chechelnik arrasada. Su abuelo fue asesinado y su madre, que entonces ya tenía dos hijas pequeñas, fue violada por soldados rusos que le contagiaron la sífilis.

Refugiados judíos

Su familia huyó de Ucrania y cruzó todo el continente, en busca de un futuro, como hicieron entonces millones de refugiados. Ante la imposibilidad de acceder a tratamiento médico, Pinkhas y Mania recurrieron a las creencias populares y Clarice fue concebida para curar la enfermedad venérea de su madre. «Me concibieron para una misión específica y les decepcioné. Como si contaran conmigo en las trincheras de una guerra y yo hubiera desertado», llegó a decir la autora. «La muerte de su madre es terrible, es la cosa más importante de su vida. Duele imaginarlo: esa chiquilla que no puede hacer nada…», evoca su biógrafo.

La pequeña acababa de cumplir un año cuando llegaron al puerto de Maceió, al noreste de Brasil. Se despidió del nombre de Chaya y empezó a llamarse Clarice, igual que su padre se desprendió del nombre de Pinkhas para adoptar el de Pedro. Su madre murió ocho años después. Es entonces cuando Clarice empieza a recurrir a su imaginación para escapar de las realidades más crudas, cuando nace la Clarice escritora. «Es una cosa maravillosa. Desde chica sabía muy bien quién era y eso le daba una capacidad de expresión… Todo el mundo del barrio judío donde vivían en Río de Janeiro se fijaba en ella como si fuera una especie de ser especial. Era muy bella, de forma llamativa», asegura Moser. Y, sin embargo, esto dijo muchos años después: «Fracasé porque la escritura no me dio la paz».

Su belleza era magnética, como si fuera una actriz de cine metida a escritora (o viceversa)
Su belleza era magnética, como si fuera una actriz de cine metida a escritora (o viceversa)

Tras abandonar la adolescencia sin mucho trauma, se licenció en Derecho, trabajó como periodista en un diario y, a los 23 años, publicó su primera novela, «Cerca del corazón salvaje». Su escritura, presa de un lenguaje sencillo y brillante, destilaba una profundidad filosófica y una lúcida comprensión de la condición humana. Cautivó a la realidad portuguesa de la época, atraída por ese modernismo europeo del que la literatura carioca ni había oído hablar. Pero cometió el «error» de enamorarse de un joven que iba para abogado y terminó de diplomático. Clarice quedó apresada en la perfecta vida de casada hasta que, en 1959, abandonó a su esposo en Washington y regresó, con sus dos hijos, a Brasil. La añoranza la mataba.

Coraje y genialidad

«Iba a videntes y astrólogos para saber más de sí misma. Lo que me fascina es de dónde sacó ese coraje, porque si la lees te das cuenta del coraje que se necesitaba, es una vida muy sufrida. Ninguna mujer había ido tan lejos como ella antes en Brasil. Era una mujer común, quería ser una mujer normal, esposa, madre, vivir en un apartamento, como cualquiera, pero tenía una genialidad artística, y eso es muy raro», remata Moser. En la última etapa de su vida, se enganchó a las pastillas para dormir y se encerró en sí misma, mucho más allá de su escritura.

El hecho de que, una noche, se quedara dormida con un cigarrillo en la mano y provocara un incendio que la quemó gran parte de su cuerpo es sólo la gota que colma el vaso del mito. «Mejor que Borges», en opinión de Elizabeth Bishop, y comparable al sexo, al amor y la bossa nova, a ojos de Caetano Veloso, Clarice Lispector falleció dos meses después de la publicación de su última novela, «La hora de la estrella». Lo hizo de la mano de su amiga Olga Borelli, en el hospital de Río al que llegó en aquel taxi, que bien podría haberla llevado a París.