Javier Montes

Clarice Lispector, la mujer-pantera

Porque no es una gata, sino una pantera acorralada, la mujer que muestran las cámaras de televisión del programa televisivo Panorama, que le hizo una entrevista larga y célebre poco antes de morir, en 1977

Javier Montes
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Cuando Rosa Chacel, al cabo ya de muchos años de exilio en Río, visitó por fin a Clarice Lispector en su piso del barrio de Leme, salió impresionada por el magnetismo y el carisma tenso y casi hosco de la escritora, ya consagrada como gloria de la literatura brasileña: «¡Eso no es una mujer, es una pantera!»

Y es verdad que hay algo felino, enigmático y claramente peligroso en las fotos más famosas de Clarice, a secas, como la llaman todos en Brasil: con la familiaridad que da, si no haberla leído, reconocer a la primera su rostro/icono nacional y estar al tanto de los avatares, chismes y tragedias de su vida tan viajera como recluida, de su leyenda pública y su misterio privado.

Porque no es una gata, sino una pantera acorralada, la mujer que muestran las cámaras de televisión del programa televisivo Panorama, que le hizo una entrevista larga y célebre poco antes de morir, en 1977. Puede verse en Youtube la escenografía casi de interrogatorio policial, el rictus casi amargo subrayado por el maquillaje expresionista que trata de disimular las quemaduras que desfiguraron la mitad de su rostro de esfinge tras el incendio que ella misma provocó en su casa de Río, al dormirse con un cigarrillo prendido en los dedos.

Clarice, con una obstinación a la vez heroica y trágica, fuma nuevos cigarrillos encadenados, implacables, en esa entrevista, tan recalcitrante en su vicio como en su negativa a la sonrisa fácil o a la trivialidad televisiva. Y con ferocidad de pantera defiende en el plató, como en toda su vida, su independencia kamikaze y su negativa a cualquier componenda, literaria o vital.

Es una imagen dolorosa e inolvidable que no la resume entera, sin embargo. En mi memoria al menos hace juego con una foto de 1968: igualmente seria, escondida tras sus eternas gafas de sol, se echó a las calles de Río junto a escritores y artistas para encabezar, con valor y sin aspavientos, la Passeata dos Cem Mil contra la dictadura militar en su apogeo. Vale la pena rastrear internet para encontrarla; y rastrear las calles del somnoliento Leme para buscar la placa semiescondida que señala su casa, excepcional en una ciudad tacaña en conmemoraciones literarias; y rastrearla a ella misma en sus novelas enigmáticas y sus cuentos cristalinos, sus crónicas periodísticas y hasta sus consejos de belleza en revistas del corazón: sentiremos una y otra vez que su sombra se nos escapa de entre los dedos cuando ya creíamos apresarla, pero fracasar en la caza de la pantera habrá sido ya un triunfo.

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