Cultura - Libros

Annie Proulx: «Escribir puede ser tan satisfactorio como construir un gallinero o tejer una alfombra»

La autora de «Brokeback Mountain» regresa diez años después con una nueva novela, «El bosque infinito». Una epopeya que arranca en el siglo XVII y llega hasta nuevos días. Una historia de colonos, convivencia y lucha del hombre con la naturaleza

La escritora norteamericana Annie Proulx
La escritora norteamericana Annie Proulx - Gus Powell

«El bosque infinito» (Tusquets) es el título de la última novela de la autora norteamericana Annie Proulx (Connecticut, 1935), que llega a las librerías españolas este jueves.

Diez años han pasado desde que cerró el capítulo de su afamada historia de vaqueros gais, «Brokeback Mountain», por la que ganó fama internacional y cuya versión cinematográfica, firmada por Ang Lee, fue la gran vencedora de los Oscar en 2006.

Diez años de trabajo que se traducen en cerca de mil páginas: una novela infinita -parafraseando el título de la misma- que viaja por los parajes más salvajes de Canadá, se acerca a Europa y llega hasta China y Nueva Zelanda.

Se prolonga a lo largo de cuatro siglos, desde el XVII hasta nuestros días, y sigue la línea ascendente de una historia que tiene todas las papeletas para acabar de nuevo en la gran pantalla, quién sabe si protagonizada por un Leonardo DiCaprio o un Brad Pitt vestido de la cabeza a los pies con pieles de oso, de zorro y de lobo. Típico. Lucha encarnizada del hombre con la naturaleza, y del hombre contra el hombre. Desde su casa perdida en el campo, en soledad, Annie Proulx habla para ABC de las claves de su minuciosa literatura, que va del relato a la novela de larguísimo aliento, de España -sus bosques, su aceite de oliva y su cultura- y, ¿cómo no?, de Donald Trump y Hillary Clinton.

Hemos tenido que esperar 10 años a que llegase esta nueva novela. Pregunta obligada: ¿por qué tanto tiempo?

Se tarda tiempo en escribir una novela compleja. Tuve que investigar mucho. Empecé la novela en el año 2000. Entonces comencé a reunir información y a formar poco a poco mi biblioteca de referencia. Luego tuve una serie de mudanzas y un gran proyecto para construir una casa que dejaron el trabajo en «El bosque infinito» en segundo plano hasta 2010, con algunos capítulos cortos ocasionales que iba resolviendo a medida que se me ocurrían. Mientras tanto, iba escribiendo una serie de relatos cortos ambientados en Wyoming, y uno de ellos «Brokeback Mountain» retrasó el trabajo en la novela larga. Pero en 2010 me puse a escribir en serio. Entonces vendí mi casa de Wyoming y me mudé al estado de Washington. La mudanza fue difícil y pasé seis meses alojada sin apenas espacio, lo cual hizo que «El bosque infinito» avanzase muy despacio. En 2014 ya tenía una casa nueva con un despacho amplio y bonito, y pude terminar el libro. A veces la vida se interpone en la escritura.

Su carrera como escritora no es muy habitual. Escribe desde que era niña, pero no publicó nada hasta los 50 años ¿Por qué? ¿No le gustaba el mundo editorial, o es que al mundo editorial no le gustaba usted?

No me veía a mí misma como una escritora, sino como una lectora. Todavía lo siento así. Para mí, escribir es más una afición que una profesión. No soy muy profesional. Pero escribí un montón de artículos de no ficción que se publicaron en revistas antes de dedicarme a la ficción.

¿De dónde saca la fuerza para publicar novelas tan largas, tan bien documentadas, tan meticulosamente escritas y con un léxico tan rico?

Como le he dicho, para mí escribir es más un pasatiempo que un trabajo. Por eso, siempre ha sido, y sigue siendo, un placer. Creo que escribir es una cuestión de construcción inventiva cuya práctica es tan satisfactoria como construir un gallinero o tejer una alfombra. En cuanto al vocabulario, me gustan las palabras y las expresiones, y llevo coleccionándolas desde siempre.

Vive en el campo, en medio de la nada casi. ¿Necesita esa soledad para escribir?

Nunca me siento aislada. Tengo amigos, parientes, gente de todo el mundo que me escribe y con la que estoy en contacto. Creo que a lo que usted se refiere no es al asilamiento, sino a la soledad. Efectivamente, para escribir necesito soledad. Puedo estar sola en el espacio, pero los personajes de la novela están a mi alrededor, cambiando de actitudes y de nombre, afeitándose la cabeza y lanzando tinteros o decantadores de cristal.

Se han hecho películas de algunos de sus relatos y sus novelas. Mientras leía su nueva novela, mi mente se imaginaba una película. ¿Escribe pensando en películas? ¿Por qué sus novelas y su forma de escribir tienen tanto poder visual?

No, cuando escribo no pienso en películas, pero sí que imagino escenas y sitúo en ellas a los personajes de una manera que dé al lector una sensación intensa del lugar en el que se desarrolla la historia. Es obvio que esta forma de escribir se traduce en películas.

La naturaleza y los seres humanos en la naturaleza, para lo bueno y o malo, son asuntos centrales de su obra. ¿Cree sinceramente que, tarde o temprano, estamos condenados a la destrucción?

Creo que la extraordinaria ambivalencia de los seres humanos, que son portadores de impulsos destructivos y creativos en un mismo cuerpo, ha dado lugar a sociedades que son un reflejo de sus artífices en ese mismo sentido. Yo no doy la victoria a ninguna de las dos caras de estas características enfrentadas que forman parte integrante de nuestra especie. Siempre he respetado la frase de un relato («El chico de Pedersen», de William Gass), que lo resume así: «Puede suceder cualquier cosa».

¿Se definiría a sí misma como una ecologista cuyo instrumento de denuncia es la palabra escrita, los cuentos, las novelas?

No, no soy una ecologista, sino una persona que creció admirando profundamente la naturaleza y sus infinitas maravillas. Soy una observadora más que una luchadora por una causa. Si en «El bosque infinito» hay un mensaje, es que «puede suceder cualquier cosa». Pero lamento amargamente la pérdida de los bosques y de los ríos, del aire y el agua puros, del cielo nocturno. A menudo, en mis novelas hay un tema subyacente que va más allá que el de la gente insatisfecha. «Postales» trataba de la desaparición de las granjas de las colinas de Vermont; «Atando cabos» hacía referencia al final de la pesca del bacalao en Terranova; «Los crímenes del acordeón» se ocupaba de los problemas de los inmigrantes que llegan a Estados Unidos; «El bosque infinito» trata de la desaparición de los bosques del planeta; y así sucesivamente. Lo que me interesa es la pérdida y el cambio a gran escala.

Si le confieso que soy una urbanita, ¿qué me diría para convencerme de que me fuese a vivir al campo?

Nunca intentaría convencerla de que se marchase a vivir al campo. Le aconsejaría que fuese de vez en cuando a ver distintos sitios rurales para proporcionarle el placer del contraste.

¿Dónde cree que es más difícil vivir, en el campo o en la ciudad?

En mi opinión, es más difícil vivir en la ciudad. Creo que necesitamos silencio, plantas y árboles, agua que corra en libertad y cambios fuertes de temperatura; necesitamos la vista desde lo alto de una montaña, saber que el deshielo proporciona el agua a las ciudades que están abajo, vivir las tormentas para conservar la salud y la cordura y sacar el máximo partido a la vida. Hace poco leí que un estudio ha relacionado el ruido del tráfico y el estrés asociado a él con la enfermedad de Alzheimer. Es algo que da que pensar: ¿puede ser que una vida cruzando calles repletas de tráfico haga que te pongas enfermo?

Considerando la riqueza de su estilo narrativo, ¿qué le cuesta más describir: a la personas (a sus personajes humanos) o el entorno natural (la vegetación, el paisaje, los animales)?

Sé poco de la parte animal del mundo, y nunca intentaría escribir nada que contuviese pensamientos que viniesen del interior de un puercoespín o de un cocodrilo. O de un perro. Así que no me interesa escribir sobre los animales.

Muchos autores piensan que es más difícil escribir relatos cortos que novelas. ¿Qué opina usted?

Que es verdad... en cierto modo. La intensidad del relato y la necesidad que yo siento de un estilo sucinto y conciso hace de él una bestia muy diferente del ritmo más relajado y las anchas alas de una novela. Los relatos te pueden tragar vivo con su exigencia de precisión y de la palabra apropiada exacta. Las novelas son más fáciles, pero exigen una determinada zancada rítmica que tiene sus propias restricciones.

He leído que tiene una biblioteca con más de 5.000 volúmenes. ¿Qué le gusta leer?

La tenía, pero ya no la tengo. Cuando me mudé de Wyoming al estado de Washington tuve que dispersar la mitad de mis libros. Fue una experiencia penosa y desgarradora. Los libros son pesados y voluminosos. Por supuesto, echo mucho de menos los que perdí, pero es que no tenía dinero para trasladarlos todos ni la posibilidad de disponer de bastante espacio para tantas estanterías. Leo casi todo aquello con lo que me tropiezo. Prefiero la historia y la biografía a la ficción, la aventura a las historias de amor, y muchos libros para niños a las cosas para adultos.

¿Ha estado en España? ¿Sabe que, este verano, España ha vivido una intensa «oleada» de incendios?

He visitado España, pero he estado muy poco en el campo. Sobre todo he ido a Madrid y a Barcelona, así que gran parte de mi imagen del país se ha formado a través de los libros, la música y las películas. Durante muchos años mi película favorita fue La caza, de Carlos Saura. Admiro la música de acordeón de Kepa Junkera, El hijo del acordeonista de Bernardo Atxaga, las Pinturas negras de Goya, los olivos y su aceite y la verdura que utilizo para cocinar. Pero no estaba enterada específicamente de los incendios. Me entristece oírlo. Actualmente muchos bosques están siendo arrasados por el fuego, y me temo que a medida que el cambio climático incida más profundamente y aumente la sequía, el problema más destructivo no será la gente que tala los árboles; será el fuego. Parece que en todo el planeta el fuego está haciendo desaparecer los bosques y dejándonos un mundo de matorrales y cenizas.

Hace algunos años, en una entrevista, le hicieron la siguiente pregunta: «Tengo que preguntarle por su presidente y por la guerra de Irak». Y usted respondió: «No es mi presidente. Es una pesadilla». Ahora yo le pregunto: ¿qué opina de un futuro presidente de Estados Unidos como Donald Trump, o de una futura presidenta como Hillary?

Estas van a ser las elecciones más lamentables. Todo el mundo está harto; harto de los correos electrónicos desaparecidos, de la falta de transparencia fiscal, de la grosería, de las repugnantes y crueles luchas de baja ralea. Todo el mundo está deseando que se acabe. También encuentro deplorable el ambiente sexista que considera que Trump es un bocazas gracioso y que Clinton, una mujer culta, es demasiado ambiciosa y no se entera de que su sitio es la cocina. Y así vamos de lo malo o lo que quiera que pase a continuación.

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