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El día que los «ángeles» de Charles Manson acabaron con los sesenta

La autora californiana novela en «Las chicas» la historia de las jóvenes que cometieron los brutales asesinatos orquestados en 1969 en Los Ángeles

Emma Cline, fotografiada ayer en Barcelona
Emma Cline, fotografiada ayer en Barcelona - MARÍA TERESA SLANZI
DAVID MORÁN Barcelona - Actualizado: Guardado en: Cultura , Libros

En algún momento, antes incluso de que su primera novela fuese una realidad, a Emma Cline (Sonoma, California, 1989) ya se la conocía como la chica de los dos millones de dólares. Una referencia nada velada al cheque que la editorial estadounidense Penguin Random House entregó a esta jovencísima escritora como adelanto de «Las chicas» (Anagrama) y que, de ahí la inversión y viceversa, la ha convertido en uno de los fenómenos literarios más sonados de la temporada. Tanto es así que mucho antes de entregar el libro y empezar a revolver ese arcón que mantiene a buen recaudo las pesadillas de la mitología californiana, Scott Rudin, productor de «La red social» y «No es país para viejos», ya se había hecho con los derechos cinematográficos del libro.

El motivo de tanto revuelo y tamañas cifras hay que buscarlo en esa brecha que resquebrajó el verano del amor y aniquiló la utopía hippie entre goterones de sangre y dedos pringosos escribiendo dos palabras, «Helter Skelter», en la nevera de los LaBianca. Porque «Las chicas», en efecto, no habla de unas chicas cualquiera, sino de aquel trío de jóvenes de apariencia lozana y despreocupada al que Charles Manson encomendó en 1969 los asesinatos de siete personas, entre ellas Sharon Tate, esposa de Roman Polanski.

Susan Atkins, Patricia Krenwinkel y Leslie van Houghton
Susan Atkins, Patricia Krenwinkel y Leslie van Houghton- ABC

Tres chicas llamadas Susan Atkins, Patricia Krenwinkel y Leslie van Houten que convirtieron sus nombres en el violento cerrojazo que dio por liquidados los sesenta. «La primera vez que vi imágenes de las chicas me impactó su normalidad y, sobre todo, su juventud. Podían ser cualquiera que yo conociese. Así que me empecé a preguntar qué pasó entre esos dos puntos, entre esa juventud y los crímenes», explica Cline, quien pese a utilizar los últimos días de la familia Manson como raíles de la novela, desvía el foco del centro del escenario –Manson, convertido aquí en Russell, es un personaje secundario aunque maneje los hilos y a las jóvenes– para centrarse en las chicas; esas chicas «gráciles y despreocupadas, como tiburones cortando el agua», que Evie, una adolescente inadaptada y retraída, descubre en las primeras páginas y de las que se enamora inmediatamente. La atracción la llevará a acercarse cada vez más a la familia y, pasados los años, a recordar unas matanzas en las que no participó pero de las que no puede escapar. Será por eso que Cline presenta «Las chicas» como una novela que rastrea lo que ocurre «cuando el pasado queda secuestrado por el presente».

Mitología y crimen

En realidad, apunta la autora, la historia de Manson y sus acólitas no es más que una excusa para reflexionar sobre la amistad, «recuperar la mitología de la costa Oeste» y ofrecer un retrato de las complicaciones y la alienación de la adolescencia con crimen de fondo. Un crimen atroz que dio la vuelta al mundo pero que para la autora es menos importante que el trayecto. «La idea del mal es reconfortante porque parece algo ajeno a la gente común, pero las personas que cometen esos crímenes, y que son los que llamamos monstruos, son frecuentemente similares a nosotros. El mal es tremendamente humano. ¿Cómo es posible esa deriva de la normalidad hacia el crimen?», se pregunta Cline.

A falta de una respuesta satisfactioria y a la espera de que «Las chicas» de el salto a la gran pantalla, Cline reconoce que su primer libro está estrechamente relacionada con su fugaz pasado como actriz y con esa sensación de verse convertida en «chica-objeto que tiene que venderse a través de las fotografías». «Quería hacer un libro en contra de todos esos clichés y que mostrase el conflicto interno. Hay algo en la adolescencia, especialmente en las chicas, que esencialmente no ha cambiado. Desde un punto de vista logístico las cosas han mejorado, pero hay algo que permanece de manera universal», asegura.

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