ARTE

Zurita y Guerrero. Cuestión de voz

Jesús Zurita consigue enlazar con la senda pictórica de José Guerrero en la muestra de su centro granadino

Uno de los papeles de Zurita en la exposición
Uno de los papeles de Zurita en la exposición

La segunda exposición del ciclo «La colección del Centro vista por los artistas» tiene a Jesús Zurita (Ceuta, 1974) como invitado. Este no se limita a elegir obra de José Guerrero para dialogar con ella (siete piezas), sino que su ejercicio parece contener labores de comisariado. Ello se desprende de su intento por aludir a la pintura mural como disciplina de convergencia entre ambos –3 de las 4 plantas del centro están resueltas con murales de Zurita–; de un profundísimo análisis de la pintura de Guerrero que posibilita sus «respuestas» plásticas, así como de un montaje novedoso de las obras del granadino que las transforma y dota de un evidente sentido «instalativo». De este modo, se colocan a ras de suelo y, como en las que se sitúan en la primera planta (de distintas fechas), crean una suerte de friso o sucesión de viñetas que generan un ritmo ansiado por el ceutí como «pie forzado» para su intervención pictórica.

Zurita afronta este diálogo con un respeto cuasi reverencial. Es una cuestión de voz, de saberse acoplar a la del maestro, de no hablar por encima de él sino con él, en su registro. Ese respeto no ha de entenderse como una apropiación que anule un «decir» propio, sino como humildad y responsabilidad. De hecho, ahí radica una de las grandes virtudes de esta revisión; a saber, que Guerrero persiste en la pintura que Zurita genera. Así, sus murales parecen obedecer a un efecto espejo, ya que, situados a continuación de las piezas históricas, traducen las composiciones de estas y las expanden. La respuesta se basa en las rotundas manchas, las texturas y en el trazo o barrido, que serán los recursos que rescata y hace suyos Zurita, propendiendo a un punto de encuentro entre los universos y maneras de ambos pintores; también en cierta correspondencia entre las composiciones, no tanto como réplica sino como asunción de un proceder, de un saber equilibrar grandes espacios de color con vacíos y con pequeños accidentes o cuerpos que devienen formas ambiguas, entre lo biológico y lo geológico.

Una pertinente cita

En la segunda planta, Guerrero está presente mediante la cita a la simbólica «La brecha de Víznar» (1966). Zurita usa aquí la pintura para envolvernos en un ambiente y en un insondable negro que empuja hacia las esquinas la recreación de la trágica brecha «ensangrentada», jugando con la tectónica de las grandes manchas de color y de las cesuras –rajas y grietas– que las separan. La rotundidad y los contrastes bicromáticos son contestados por una nebulosa pictoricista que asumimos como inequívocamente suya. El lúcido diálogo de las plantas anteriores adquiere ahora cierto sobrecogimiento. De modo brillante logra amplificar el carácter paisajístico y geológico de la pieza que rememora, introduciéndonos en el escenario. Y en las esquinas de la sala, las rajas o grietas –el borde de la pintura– pasan a ser un amenazante y dramático desfiladero, una garganta que convierte el aire en sonido. Cuestión de voz.

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