Autorretrato de Andy Warhol
Autorretrato de Andy Warhol
ARTE

Warhol o cómo vivir en la imagen

CaixaFórum dedica en Barcelona una amplia retrospectiva a Andy Warhol, uno de los primeros artistas que consiguió convertir su persona en obra de arte. Sin embargo, ¿conocemos lo suficiente al creador o nuestro referente es el personaje?

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¿Quién era Andy Warhol? Todos conocemos su imagen, pero lo verdaderamente difícil es llegar a saber qué había -qué hay- dentro. No cabe duda de que Warhol es un artista masivamente reconocido (como personaje y no sólo por sus obras) en todo el planeta. Y es que avanzando en la estela que abrió el primero, Picasso, y que siguió luego Dalí, Warhol fijó una imagen pública de sí mismo fácilmente comprensible y transmisible por los medios de masas, que llega a predominar en el gran público sobre la recepción de sus obras, apoyándose siempre en el perfil del genio más o menos excéntrico. Con su peluca oxigenada, sus gafas, y su gestualidad distante, Andy Warhol es alguien tan reconocible para el gran público como Dalí.

De puertas afuera

Sin embargo, junto a esa intensa proyección del personaje, Warhol no desvelaba nunca su interioridad. Ni en las obras, ni en las numerosísimas intervenciones públicas y entrevistas que mantuvo a lo largo de su vida. En mi opinión, esto se debe a su consciencia precisa de la omnipresencia de la imagen mediática en nuestro tiempo. En lugar de «¿quién soy yo?», el artista reformula el autocuestionamiento de la identidad con estos términos: «¿Qué imagen soy yo?».

De ahí la coherencia entre la composición de sí mismo como personaje de consumo masivo y el carácter de sus obras, concebidas como dispositivos de reproducción y consumo de las imágenes que circulan en el universo de las comunicaciones de masas. En ese sentido, es altamente significativo que comenzara su trayectoria profesional en el campo de la publicidad. Ese hecho, junto con la generalización masiva del consumo que tiene lugar en EE.UU. tras la II Guerra Mundial, gracias sobre todo a la invención de las ventas a plazos, está en la raíz de su trayectoria artística.

Él mismo llamó la atención sobre este aspecto: «Lo bueno de este país es que América empezó la tradición por la cual los consumidores más ricos compran esencialmente las mismas cosas que los pobres. Puedes estar mirando la tele y ver Coca-Cola, y puedes saber que el Presidente bebe Coca-Cola, Liz Taylor bebe Coca-Cola, y -piénsalo-, tú también puedes beber Coca-Cola. Una Coca-Cola es una Coca-Cola, y ninguna cantidad de dinero puede brindarte una mejor Coca-Cola que la que está bebiendo el mendigo de la esquina. Todas las Coca-Colas son iguales y todas son buenas». [Mi filosofía de A a B y de B a A (1975)].

Pero hay que agregar aún algo más. Warhol es importante para el arte de nuestro tiempo porque supo comprender -a partir de la línea abierta por Duchamp- que el futuro de esta civilización de consumo, la nuestra, iba a ser ante todo un futuro de consumo de imágenes, abierta, indefinidamente disponibles. Por eso es tan decisivo, en sí mismo y en el contexto de la nueva fusión de arte y tecnología a partir de los sesenta del siglo XX. Si quisiéramos elegir la obra «más significativa», el mejor emblema del arte pop -de la que Warhol es uno de los protagonistas principales-, yo propondría una entre las diversas variantes de la lata de sopa Campbell’s (1962), de Warhol.

Añadiendo, a la vez, que esta imagen, aunque más próxima al consumo cotidiano, al supermercado, es intercambiable con las de Marilyn Monroe (el cine), Elvis Presley (la música popular), Mona Lisa (el arte), los accidentes de coches (los sucesos), las sillas eléctricas (ley y orden), o Mao (la política), muchas, incluidas en esta muestra. En definitiva: las diversas variantes de un universo de la imagen convertida en repetición simplificada, en espectáculo y consumo. Eso sí, cuánto más mejor. En 1963, Warhol reproduce alterada la Mona Lisa de Leonardo en cuatro imágenes: Cuatro Mona Lisas. Y ese mismo año va más allá, en Treinta son mejor que una, reúne en una misma pieza treinta reproducciones de la Gioconda.

Hegemonía consumista

Lo que así se desvela -o critica irónicamente- es la hegemonía imparable, cada vez más intensa, del consumo. En 1962, afirmó: «Mi imagen es una declaración de los símbolos de los toscos e impersonales productos y descarados objetos materialistas sobre los que América se construye hoy. Es una proyección de todo lo que puede ser comprado y vendido, de los símbolos prácticos pero no permanentes que nos sostienen».

Warhol es una figura central del arte de nuestro tiempo porque supo reunir en una síntesis fácilmente accesible para el gran público esas tres dimensiones: la construcción de su personaje como artista, la voluntad generalizada de universalización del consumo, y que el arte de hoy se delimita como consumo de imágenes. Es un buceador que se lanza al rescate de las imágenes diluidas en las aguas ácidas de lo moderno, en el que la vida predomina sobre el arte. Por eso todos nos identificamos con la lata de sopa: Warhol, tú o yo. Como él mismo escribió para explicar por qué empezó a pintarlas: «Porque yo tomaba esa sopa. Comí lo mismo todos los días durante veinte años, lo mismo una y otra vez. Alguien dijo que mi vida me ha dominado y esa idea me gusta».