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Vicky, una princesa inglesa en Prusia

La «kaiserin» Vicky, hija de la reina Victoria de Inglaterra, no pudo vencer el odio de su hijo, el káiser Guillermo II, ni el de Bismarck. Eso truncó su misión de «britanizar» Alemania. De haberlo conseguido, la Historia de Europa habría sido muy distinta

La princesa Victoria en 1867 (retrato realizadopor Franz Xaver Winterhalter)
La princesa Victoria en 1867 (retrato realizadopor Franz Xaver Winterhalter)

Le brotó a Inglaterra, tierra de monarcas, una mujer sobresaliente muy por encima de su época y muy por delante de su tiempo. Atestiguó sus abundantes capacidades -y defectos- el «canciller de hierro», Bismarck, quien vio enseguida que en el cuerpo de aquella niña venía el más temido «veneno»: el parlamentarismo inglés. A pesar de sus muchos talentos, la historia de esta princesa está enterrada en el más espeso olvido.

Conviene recordar que, bajo otras circunstancias, esta primogénita de la celebérrima Reina Victoria y del alemán Alberto de Sachsen-Coburg y Gotha, nacida en Buckingham en 1840, habría sido reina de Gran Bretaña. No lo quisieron ciertas leyes sin fundamento, ni el destino, que convertiría su vida en un enorme drama personal, y esos dramas familiares llevarían, en medio de múltiples laberintos políticos, a una de las mayores catástrofes de la Historia: esa nueva guerra de los treinta años -Primera más Segunda- y el infierno de Hitler.

Qué habría pasado si...

Es sorprendente que media Europa haya llorado con la historia, rosa, de una famosa coetánea suya, la irrelevante Elisabeth de Austria, es decir, la Sissi del cine, y que todo el mundo ignore la historia -de amor verdadero- y la relevancia de esta Victoria Adelaide Mary Louisa de Gran Bretaña e Irlanda, Vicky, quien desempeñó un papel clave en distintos sucesos que acabaron en el descarrilamiento de Europa. Si nos ponemos a jugar a lo «contrafáctico», habría bastado que algunos hechos de la vida de esta mujer hubieran transcurrido de otra forma para que el siglo XX hubiese sido muy distinto: quizá Prusia hubiera tenido otro desarrollo, quizá no hubiésemos sufrido al infame Guillermo II, quizá eso nos hubiese evitado la Primera Guerra, y hasta es posible que no se hubiese desatado el infierno de Hitler.

La historia de Vicky comienza como un cuento de hadas. Su padre, a quien amó ilimitadamente, la había preparado intelectualmente para el desempeño de sus altas responsabilidades. Estaba feliz en Buckingham hasta que un maldito azar se cruzó en su vida, la «Great Exhibition» de Londres (1851), donde la princesa, de 11 años, se encuentra con el heredero de Prusia, Friedrich Wilhelm (Fritz), de 19, quien queda cautivado por la inteligencia, cultura y personalidad de aquella niña que habla desenvueltamente alemán.

Cuatro años más tarde, ese heredero acude a Balmoral a pedir la mano de la joven, y la reina Victoria se la concede. Así se convierte en princesa consorte de Prusia y abandona su amadísima Inglaterra entre quejas del «Times», que advierte que una «Princess Royal» merece mejor destino que ser enviada a aquella miserable monarquía prusiana. Tenían razón. Estamos en 1858.

Vicky intuyó que la política de «sangre y hierro» de Bismarck no originaría una Europa en paz

La rijosa corte prusiana recibió con algo más que animosidad a aquella mujer lista, segura, con voluntad y opinión propias, que leía a Stuart Mill, La Rochefoucauld, Heine o Goethe. Como ella misma formuló, para que te recibiesen bien tenías que ser una especie de «turca en un harén». Chocaron entonces dos formas de concebir lo que debe ser una mujer, dos formas de entender lo que debe ser una monarquía y dos formas de entender lo que debe ser un sistema político adecuado. Todo lo aguantó Vicky por amor, y porque traía una misión más sublime que le había transmitido su padre y en la que creía firmísimamente: convertir a Prusia en una monarquía de estilo británico.

Falta de oxígeno

Ocurrió lo contrario: la corte mostró un profundo rechazo a «la inglesa» y a sus ideas. A Vicky, Berlín le pareció un infierno, lleno de espías e intrigantes, y cada día de su vida sintió nostalgia del refinamiento y liberalidad de Inglaterra. Desde Alemania, Vicky escribió a su madre, la reina Victoria, unas 4.000 cartas y recibió de ella unas 3.700, lo que constituye un valioso testimonio de las interioridades de la Historia alemana.

A todo ese sueño -y al futuro de Europa- le dio el azar un primer golpe mortal. Vicky da a luz con 18 años un niño casi muerto por la falta de oxígeno, con el brazo izquierdo paralizado, 15 centímetros más corto que el derecho, y con muchos otros daños, entre ellos no mantener erguida la cabeza.

Ese parto convierte al hijo en un niño con minusvalías severas que le obligan a soportar terroríficos «inventos» ortopédicos y tratamientos inhumanos: le dan «baños animales», es decir, le meten el brazo inválido dentro de cadáveres de conejos recién sacrificados para que se revitalice, o le dan «electroshocks» en el brazo muerto. Más grave todavía: en ese parto nacen también otros daños que jugarán un papel decisivo en el destino de Europa.

El káiser rodeó el palacio de su madre para que no salieran hacia Windsor papeles «secretos»

Ese nacimiento y esa tremenda niñez estropearon para siempre la relación madre-hijo. La madre sintió esa desgracia como una deshonra y el hijo se volvió vengativo, caprichoso, agresivo e inclinado a torturar y odiar a su madre. Freud escribió que toda esa historia influyó decisivamente en las posturas futuras con la madre. Y habría que añadir: y en sus funestas conductas políticas.

En marzo de 1862, en medio de una aguda crisis política, el káiser Guillermo I, padre del heredero, está inclinado a abdicar. Contra la sabia opinión de Vicky, su marido, Fritz, aconseja a su padre continuar. Un consejo, pésimo, de enorme trascendencia para Prusia y Europa: el viejo emperador reinará otros 28 años. Y se perderá un cuarto de siglo para la modernización política de Prusia hacia un modelo británico. Peor todavía: pocos meses después de ese consejo, Guillermo I decide nombrar a quien Vicky llamaba la «bête noire», Bismarck, canciller de Prusia, y este la convertirá en un régimen aún más militarista.

Noventa y nueve días

Desde ese día, la misión, personal y política, de Vicky de britanizar Prusia quedó muerta de por vida. Para Bismarck, Vicky buscaba dañar la «gloria de Prusia y el esplendor de Alemania»: «Le reprocho a esa mujer sólo una cosa, que ha seguido siendo inglesa e influye sobre su marido en ese sentido. Carece de todo sentimiento alemán». El esposo de Vicky, Fritz, no llegaría a káiser de Alemania hasta 1888, con el nombre de Federico III, cuando ya Bismarck había impuesto férreamente su régimen autocrático. Por lo demás, serían káiser y «kaiserin» sólo 99 días. Porque en junio de ese año, llamado de los tres káiseres, Federico III fallece como consecuencia de un terrible cáncer de laringe. Tiene 57 años. Ese día ocupa el trono su hijo, Guillermo II, quien con 29 años es káiser de Alemania, rey de Prusia, «Summus Episcopus» de la Iglesia Evangélica y Mando Supremo del ejército más poderoso del mundo. Será una catástrofe para Europa. Y para su madre.

«La reina más desgraciada de cuantas hayan llevado una corona», así la llamó Guillermo II

Su primera medida como rey es rodear con soldados el palacio de aquella para impedir que salgan hacia Windsor papeles «secretos» de su difunto padre, que no existían. En el microcosmos familiar se observan ya las contraposiciones que llevarán a la Gran Guerra: la lucha a muerte entre dos modelos de nación, de sistema político y de monarquía. El parlamentarismo inglés contra el autocratismo prusiano. Esa «dañada relación familiar» explica también muchos de los importantes desencuentros entre Guillermo II y su «tío Berti», Eduardo VII, que llevarán a la Gran Guerra. Guillermo II nunca fue capaz de «liberarse» de esa relación de amor-odio con lo inglés y siempre sintió la necesidad -saturada de complejos- de echarle pulsos a Gran Bretaña. En 1888 comienza el drama de 1914.

Voluntad arbitraria

Todos esos acontecimientos obligaron a Vicky a sacar conclusiones y hacer diagnósticos y profecías. La entonces princesa, ahora «kaiserin» Friedrich, concluye que Prusia es un Estado «enfermo». Esa enfermedad la causa un sistema político que ni es útil, ni responde a las exigencias de su época. Vicky anticipa así el fino diagnóstico de Veblen, quien señalaría que el sistema político alemán era obsoleto e iba por detrás de las exigencias de su época: anacrónica era su selección de élites; anacrónico su sistema de toma de decisiones, lleno de rasgos feudales. Según Vicky, ese Estado se basa en la voluntad arbitraria de un rey, en vez de en un sistema parlamentario. «Nuestra situación no ofrece perspectivas, ¿a dónde debe llevar esta absoluta confusión y falta de claridad?».

Vicky intuyó con acierto que la política de «sangre y hierro» de Bismarck no originaría una Europa estable, ni una Europa en paz. Prusia no había tenido ni la inteligencia, ni el valor, ni la voluntad de regirse como exigían las necesidades de la época. La «kaiserin» viuda advirtió que Alemania pagaría muy amargamente esa falta de racionalidad. Y una curiosidad más: para esta reina, ese Estado estaba enfermo porque se alimentaba de una raíz podrida: el papel de la mujer en Prusia. Mujeres a las que no se les deja pensar como a los hombres, y a las que no se les deja gobernar las casas y familias. Mujeres al margen de los intereses y problemas del país. Mujeres que no leen la prensa y no tienen opinión política, sólo oyen y callan. En esa penumbra nace y crece el nacionalismo prusiano. Al contrario que en Inglaterra, añade, cuya mayor fuerza son sus mujeres y sus madres. Ellas dan fuerza al pueblo inglés, y civilidad.

Vicky da a luz con 18 años un niño casi muerto. la relación con su hijo nacía enferma

Todos esos males explotaron y todas esas profecías se cumplieron con la llegada al poder de su hijo, a quien madre, familiares y asistentes describían así: «Duro egoísta», «gélido», de «corazón petrificado», «pomposo», «falso», «arrogante», «superficial y frívolo», «ignorante», «inculto», «caprichoso», «imprevisible», «se creía poseído de infalibilidad», «totalmente desconfiado», «terco». Este Calígula moderno tuvo siempre tendencias autoritarias, odio a los Parlamentos, odio a la socialdemocracia (los zahirió con la famosa frase «compañeros sin patria»), odio a los judíos, y un amor apasionado por lo militar. Además de un fatal y enfermizo rechazo-envidia de Inglaterra.

Ante la mirada estupefacta de Vicky, este káiser, hijo suyo, corre, en su locura cesarista y su ilimitado narcisismo, al desastre. «Soy el Señor único de la política alemana y mi país deberá seguirme vaya a donde vaya». Lo resume dolidamente Weber en una carta a Naumann: «Un diletante lleva los hilos de la política… el rey de Inglaterra tiene ambición y poder, el káiser alemán tiene vanidad y se contenta con la apariencia de poder». El final de la historia es bien conocido: se lanza imprudentemente a la Primera Guerra, lleva a su ejército a la derrota tras errores vergonzosos, provoca la extinción de la monarquía en Alemania y trae la República de Weimar, que descarrila, y, ya en el exilio, hasta adula por escrito al monstruo que domina el horizonte, Hitler.

El mayor pecado

Su madre, la «kaiserin» Friedrich, muere en 1901, entre horribles dolores y sufrimientos, en su palacio cerca de Fráncfort, con la suerte de no ver la inmensa catástrofe que su inteligencia había anunciado. Muere también sin ver lograda la misión que la había traído a Prusia y le había encomendado su amado padre: britanizar a Alemania. El mayor pecado de Vicky fue creer en la superioridad del sistema político inglés («Gracias a Dios, nací en Inglaterra, donde las personas no son esclavas»).

A su muerte, Alemania era más que nunca un «Estado militar» en vez de un «Estado parlamentario». La dimensión de ese fracaso la resumió muy bien su funesto hijo: «La reina más desgraciada de cuantas hayan llevado una corona». Aunque ella, como mujer, lo resumió de otra manera: «Iré a la tumba desconocida, foránea y sin haber sido entendida porque una mujer sola nada puede contra muchos hombres rabiosos por el prejuicio ciego».

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