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«Utopía», hágase justicia, perezca el mundo

«Utopía», de Tomás Moro, cumple cinco siglos. Javier Gomá la enfrenta a los populismos en ascenso. «Cualquier programa de cambiar aceleradamente el mundo por otro más perfecto, en lugar de trabajar por mejorarlo, ignora la realidad», asegura

Detalle de la isla de Utopía en un grabado de la edición original de la obra de Tomás Moro (1516)
Detalle de la isla de Utopía en un grabado de la edición original de la obra de Tomás Moro (1516)

La realidad se halla regida por el principio fundamental de la imperfección. La constatación de este hecho, que se impone tarde o temprano en la experiencia personal, lleva a algunos a la resignación. A otros, en cambio, a la rebeldía. Dentro de este segundo grupo, los hay que quieren «mejorar» la realidad pero los hay también que quisieran «cambiarla» por otra de nueva planta. Reformismo o revolución. El reformista acepta algún grado de negociación con la imperfección inmanente al mundo dejándose contagiar inevitablemente por ella, mientras que el revolucionario pertenece al linaje de los puritanos, cualquier contagio le parece infamante y no acepta nada por debajo de la perfección estricta. El conflicto sobreviene cuando este último, movilizando fuerzas sociales y materiales, intenta trasladar la utopía alumbrada en su imaginación a los espacios densos y resistentes de la realidad y esta se muestra indócil a su plan extremista. La tentación del utopista es castigar a la realidad por su torpe insumisión y es entonces cuando la utopía, en nombre de la virtud, tiende a convertirse en máquina del terror.

Un círculo vicioso

Cuenta Peter Ackroyd en su biografía de Tomás Moro que este, más que un escritor humanista a la manera de Erasmo y Vives, se presenta en su «Utopía» como un consumado satírico, acerado fustigador de abusos regios y eclesiásticos. En la primera parte de su libro, el explorador Hitlodeo exagera la degeneración y las corrupciones de la Inglaterra de su tiempo y pinta una sociedad irreformable, encerrada en un círculo vicioso: «Decidme: si dejáis que sean mal educados y corrompidos en sus costumbres desde niño, para castigarlos luego de hombres, por los delitos que ya desde su infancia se preveía que tendrían lugar, ¿qué otra cosa hacéis más que engendrar ladrones para luego castigarlos?».

El dilema entre reforma o revolución asume la apariencia de una discusión sobre si la filosofía debe o no intervenir en los asuntos políticos. Moro cree que sí, siempre que se prescinda de la antigua escolástica y se use «otra» filosofía, más atenta al contexto dramático y dotada del tacto requerido para proponer mejoras prácticas y viables. Hitlodeo, en cambio, niega cualquier posibilidad de reforma social inducida por la filosofía y juzga que la sociedad fundada en la propiedad privada y el dinero es completamente irreformable. Y ante la imposibilidad de mejorar el mundo, sólo queda el recurso a cambiarlo. Ese otro mundo distinto, organizado sobre bases enteramente nuevas, mundo próspero, racional, virtuoso, comunitario y sin clases sociales, es la Utopía descrita en la parte segunda del libro.

«Utopía» es un libro de literatura, hijo de la imaginación. ¿Qué ocurriría si alguien tuviera un día la humorada de llevarlo a la práctica? Un espanto colosal. La supuesta utopía ideal de Moro se descubre finalmente al lector como el delirio de una planificación absoluta de todos los ámbitos de la vida humana, llegando a unos detalles casi patológicos de reglamentación, nivelación y uniformización de las ciudades y sus habitantes. Los pobladores de la isla utópica serán felices quizá, si hemos de creer a Moro, pero como puedan serlo los robots, sin individualidad diferenciadora. La isla de Utopía ejemplifica ese Estado perfeccionista que obliga a los ciudadanos a ser felices, pero no felices cada uno a su manera, sino todos de la misma, la establecida por el fundador.

Hay quien mata por las ideas y hay quien muere por ellas. Moro es, paradigmáticamente, de la segunda clase. Y eso que de algunas de sus ideas duda hasta él mismo y, en un juego muy cervantino, las somete a un baño de fina ironía. Así, tras las dos largas peroratas de Hitlodeo, en apariencia portavoz de las opiniones del autor del libro, toma la palabra sorprendentemente Tomás Moro para distanciarse de las posiciones radicales del explorador visionario.

La virtud y el terror

Por desgracia, otros utopistas antes y después de Moro se han tomado a sí mismos bastante más en serio. En la misma Inglaterra, siglo y medio más tarde, Cromwell, apóstol de la libertad republicana, presa de su fanatismo puritano, acaba instituyendo una tiranía intolerante y represiva. Robespierre, llamado el Incorruptible, escribe que su gobierno popular debe combinar la virtud y el terror: «La virtud, sin la cual el terror es cosa funesta; el terror, sin el cual la virtud es impotente. El terror no es otra cosa que la justicia expeditiva, severa, inflexible». Y este enamorado de la virtud, decepcionado por la falta de celo de sus conciudadanos, instaura el Terror contra ellos y se aplica a rebanarles el cuello a gran escala. «Fiat justitia, pereat mundus». Los totalitarismos del siglo XX han llevado hasta sus últimas consecuencias la conexión íntima existente entre el perfeccionismo de la utopía política y el horror derramado en un mundo abierto, relativo y plural que se resiste a su cumplimiento.

Promesa de felicidad

Una filosofía con tacto y atenta al contexto dramático percibe el salto entre el ser de la realidad y el deber-ser de la utopía, portadora siempre de una promesa de felicidad. Una realidad sin utopía carece de moralidad y de finalidad y es, en consecuencia, inhumana. Pero el deber-ser de la utopía no es, propiamente no existe en la realidad, sino que señala direcciones a esta a largo plazo. Cualquier programa demagógico o populista de cambiar aceleradamente el mundo por otro más perfecto, en lugar de trabajar por mejorarlo, ignora el principio fundamental que rige la realidad.

Ni utopistas como Hitlodeo, ni simples realistas como el Maquiavelo de «El Príncipe» (rigurosamente contemporáneo de «Utopía»). Seamos como Tomás Moro: realistas en perspectiva utópica o idealistas autoirónicos.

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