LIBROS

«Los últimos días de Adelaida García Morales»

En la vida y en la obra de la autora de «El sur» escarba Elvira Navarro para reconstruir «Los últimos días de Adelaida García Morales», su leyenda y su misterio. En librerías, el 22 de septiembre, de la mano de Literatura Random House

Fotograma de «El sur», de Víctor Erice, filme basado en la novela de Adelaida García Morales
Fotograma de «El sur», de Víctor Erice, filme basado en la novela de Adelaida García Morales

Una mujer se presenta en el despacho de la concejala. Es un cuarto desabrido, con tres ceniceros sobre una repisa de obra y varias estanterías atiborradas de cartapacios y libros cuyo tema es el propio municipio, hoy convertido en una ciudad dormitorio. Hay desde publicaciones del cronista local hasta un volumen de leyendas comarcales, pasando por un poemario infantil de una maestra jubilada que cuenta cómo los Reyes Magos llegan al pueblo para alegrar el árbol de Navidad de los hogares humildes.

La mujer que tiene ahora delante parece una pobre. No va sucia, pero algo en ella luce largamente descuidado, como la fachada de un edificio cuya pintura se deja caer. Se adivina que los moradores de esa finca aún tratan de convertir su interior en un hogar, aunque también puede colegirse, por el temblor de las luces que vierten las ventanas, que alguno se mete en la cama sin calefacción y sin cena.

Ala concejala, en su mesa sobria y pintada muchas veces del mismo color marrón (las capas de pintura desprendida trazan discretas gargantas en cuyos pliegues va acumulándose el polvo), le abruman las pilas de papeles colocadas a su izquierda y derecha. Se lleva una mano a la frente antes de dirigirse a esa señora de aspecto descompuesto.

-¿Qué desea?

-Soy Adelaida García Morales.

Le falta un tornillo

La concejala se acuerda entonces de que Trini, la secretaria, le ha dicho que esa individua deseaba verla. Nunca ha logrado retener el nombre de la escritora más que para reconocerlo cuando alguien lo pronuncia y volver a olvidarlo al cabo de un rato. Es concejala de Cultura, pero hace años que apenas lee. Va al teatro todo lo que puede, y también a conciertos de flamenco, a la ópera y al cine; sin embargo, ya no encuentra tiempo para los libros. En las raras ocasiones en que se tumba en el sofá con una novela, su atención se dispersa. Se ha acostumbrado a que leer signifique picotear artículos de prensa, entrevistas o estados de Facebook. ¿Y podrá ser de otro modo mientras su cargo la obligue a estar al día de lo que ocurre en la política nacional y local?

Adelaida García Morales se ha personado varias veces cuando ella no estaba. Trini le ha advertido de que le falta un tornillo. Hace casi un lustro, motivada por su nuevo cargo en el consistorio, y porque alguien le comentó que había una escritora residiendo en la localidad, la concejala quiso saber quién era García Morales. La «googleó», pero como no está al tanto de los códigos literarios y la entrada que le dedica la Wikipedia pinta escasa, no le quedó claro si se trataba de una autora relevante. Preguntó sobre sus libros en su círculo familiar y de amigos; sólo su marido la había leído. Este le dijo que su éxito fue efímero. Más tarde, la regidora se enteró de que, durante un tiempo, una de las novelas de esa mujer figuró como lectura obligatoria en los bachilleratos de algunas comunidades autónomas. Ni siquiera el que se la hubiese incluido en ciertos manuales escolares -hecho que para la concejala aclaraba, al menos parcialmente, la importancia de su obra- le impidió olvidarse del nombre de la escritora.

Interpretación inequívoca

Entran en la sala tres personas que conocían a Adelaida García Morales. Las paredes exhiben un gotelé sucio. Su único adorno es una fotografía antigua del Palmeral de Elche. La realizadora no se explica qué hace el Palmeral decorando el cuarto de visitas del Centro de Orientación y Dinamización de Empleo del Polígono Sur de Sevilla. Se siente azorada ante esas dos mujeres y el hombre, que la miran expectantes y con cierta incomodidad. Pero la incomodidad, piensa, es una proyección suya. A menudo fantasea con la hipótesis de que sucede ante ella lo que crea su cabeza, porque es como si se mascaran las causalidades, como si los hechos, que nunca pueden ser datos puros, contuvieran no obstante una interpretación inequívoca.

La sala se la ha facilitado su amiga Charo, que es socióloga. «Aquí tendrás buena acústica, y la cámara coge todo el sofá si la colocas junto a la puerta», le dijo cuando rodó en el barrio un documental sobre los realojos para la televisión autonómica.

-Siento haceros venir hasta aquí, pero es el mejor sitio que he encontrado para grabar. -Las dos mujeres y el hombre no chistan. Quizás para ellos salir en una película sea suficiente recompensa-. ¿Cómo habéis llegado? -continúa la realizadora.

Enseguida se da cuenta de que su pregunta esconde otra bien distinta, de que sus palabras apuntan al medio de transporte sólo para disimular.

-En el autobús -dice la mujer rubia.

-Me ha traído mi hijo. Era la primera vez que venía. Iba hasta con miedo -interviene la de melena cana y larga, apartada de la cara con dos horquillas naranjas un tanto infantiles, a juego con un collar del mismo color. Estas breves llamaradas son la única excepción al gris del cabello y de su traje sastre.

-Yo he venido en coche. El Centro tiene su propio aparcamiento y me dijeron que por la tarde siempre hay plazas libres -dice el hombre.

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