CINE

Del trauma y su imagen

El festival de San Sebastián dedica un ciclo –que toma su título del documental de Joshua Oppenheimer «The Act of Killing»– al retrato que el cine ha hecho de la violencia alrededor del mundo, del genocidio jemer al terrorismo de ETA

Fotograma de «The Act of Killing» (Joshua Oppenheimer, 2012), película que da título a la sección del festival
Fotograma de «The Act of Killing» (Joshua Oppenheimer, 2012), película que da título a la sección del festival

Además de sus secciones habituales, el festival de San Sebastián propone, en colaboración con la capitalidad cultural de la ciudad donostiarra, un amplio ciclo retrospectivo de 32 películas que denomina «The Act of Killing. Cine y violencia global». El título no debe confundir: aunque no faltarán escenas de tortura, muerte y toda suerte de acoso físico, no se pretende revisitar la vieja historia de la representación de la violencia en el cine, de «Bonnie & Clyde» y el cine de Sam Peckinpah a «Asesinos natos» y la saga «Saw», por citar algunos de sus capítulos más sonados. La clave está en ese calificativo de global, que parece querer decir que es un fenómeno común a todas las civilizaciones y que tiene un componente ideológico o político que se traduce en guerras, genocidios, conflictos irresueltos, terrorismo y otros crímenes contra la humanidad: esa violencia estructural es el verdadero objetivo del ciclo.

«The Act of Killing» («El acto de matar») toma su título literalmente de la película de Joshua Oppenheimer, una notable muestra reciente del poder del cine documental para el análisis, el balance o el exorcismo del trauma histórico indecible, de «Noche y niebla» a «Shoah», hitos de esta vocación fiscal del cine –no incluidos en el ciclo del festival, que solo considera títulos producidos en este siglo XXI–, pasando por la esencial «S-21, la máquina roja de matar», que sí lo está.

Efecto catártico

Tomando el relevo de esta última, presenta una serie de entrevistas a los verdugos de la represión anticomunista en la Indonesia de 1965; confiesan, sin pudor ni culpa, sus pavorosos crímenes, cumpliendo el viejo «dictum» de Jean Rouch de quela cámara no inhibe sino que produce un efecto catártico de apertura, o incluso de exhibicionismo. Como en «S-21», lo más terrible son las recreaciones que hacen estos asesinos en serie de sus atrocidades, a veces en forma de «performances» que rebasan la norma de decencia convencional del cine del trauma. Quizá por recibir este tipo de críticas, o por íntima convicción, Oppenheimer equilibró su visión sobre el genocidio indonesio rodando dos años después «The Look of Silence», en donde el protagonista es una víctima, un oculista que busca al verdugo que asesinó a su hermano.

Semejante confrontación es tan dolorosa como quizá necesaria para posibilitar el trabajo del duelo. Esa al menos es la sugerencia implícita en «To Die in Jerusalem», en donde la madre de una chica israelita de 17 años muerta en atentado suicida por una palestina (de 18) busca a su madre, sin saber muy bien lo que espera encontrar. Es un primer paso, un gesto pequeño en medio de un conflicto enorme, el palestino-israelí, que ha generado una filmografía tan dolorosa como imprescindible. Otro título del ciclo, «The Attack», en donde un cirujano árabe felizmente afincado en Tel Aviv descubre un día que su mujer ha protagonizado un atentado suicida en la ciudad, fue objeto de otro tipo de violencia, la censura, al verse prohibida en su país de origen, Líbano, y en otros países árabes, y al retirar su nombre de los créditos todos los productores árabes. ¿Su delito? Presentar a los judíos como víctimas pero, antes que eso, como seres normales con los que el protagonista podía convivir… La captación y adoctrinación de los yihadistas es el tema de otros dos títulos del ciclo, «Paradise Now» y «La desintegration». Este último trae el infierno a casa, al transcurrir en el área metropolitana de Lille. Sus letales efectos se contemplan en el documental «Je suis Charlie».

Otro punto, o patata, caliente. «Omagh», escenifica un terrible atentado del IRA en dicha población. Y «Domingo sangriento» relata un brutal episodio de represión militar en Derry, Irlanda del Norte: una ficción con el buen hacer documental de Paul Greengrass… que luego dirigiría la saga Bourne. Por su parte, «Hunger» recrea la fatal huelga de hambre del activista Bobby Sands. Es notable cómo extirpa el contexto en el que se produce: no se habla de ideología, sólo de la posible utilidad simbólica de gesto tan extremo.

El cine documental posee un gran poder para el análisis, el balance o el exorcismo del trauma histórico

Contexto, en cambio, es lo que exhibe hasta la abundancia el nutrido grupo de títulos que abordan el terrorismo etarra y sus secuelas. Un festival como el donostiarra no podía eludir programar un balance fílmico de una plaga que acabó oficialmente hace cinco años, aunque también se incluya la inaudita respuesta oficiosa de los GAL, a cuyos crímenes se dedican dos títulos, «Lasa y Zabala» y «La hija del mar», sobre la hija huérfana de Txapela. Las otras víctimas, mucho más numerosas, y el clima de odio en que tuvieron que sobrevivir los deudos, son el sobrecogedor tema que plantea Iñaki Arteta en «1980», crónica del año más sangriento de ETA; mientras que en «Al final del túnel» Eterio Ortega completa su trilogía sobre los años de plomo del llamado conflicto haciendo hablar a un amplio muestrario de quienes lo protagonizaron.

No toda la violencia es de carácter ideológico, sin embargo. La pobreza es otra forma estructural de violencia social, como demuestra el retrato de Lima que traza Heddy Honigman en «El olvido», o el virulento México sin ley que presenta Amat Escalante en la brutal «Heli». O como describe Hubert Sauper en «La pesadilla de Darwin», uno de los grandes títulos del ciclo, el cruel ecosistema que surge en torno a la perca del Nilo introducida en el entorno del lago Victoria en Tanzania.

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