Un momento de «Team Chocolate»
Un momento de «Team Chocolate»
SERIES TV

«Team Chocolate», síndrome de Down con chocolate belga

La mezcla puede parecer provocadora, pero esta serie prodigiosa, llena de sorpresas, solo aporta buen rollo y felicidad

Actualizado:

Netflix la ha estrenado casi de tapadillo, sin lonas ni marquesinas, pero empieza a ser un secreto a voces que la joya oculta de la plataforma es la producción belga «Team Chocolate» («Tytgat Chocolat»), ganadora del Prix Europa 2017 a la mejor serie europea. El escenario es una fábrica a lo Willy Wonka, donde la fantasía es sustituida por la realidad social y los «oompa loompas» por un grupo de empaquetadores con síndrome de Down. El resultado, inimaginable, es una comedia romántica de carretera, con intriga, un trasfondo económico potente y una carga de valores que nunca recurre a la ñoñería o a la condescendencia para que los podamos llamar positivos. Es una carrera en paralelo al corazón y al cerebro, plagada de quiebros, en la que no es fácil discernir al ganador. Si el lector acaba de terminar una serie y no sabe cuál empezar, dele una oportunidad a esta maravilla de solo siete capítulos. Para relamerse de gusto.

«Team Chocolate» entra por los sentidos y se desmarca desde el principio del típico relato con causa. El protagonista, Jasper (asombroso Jelle Palmaerts, un actor con experiencia) empieza a trabajar en la factoría y enseguida se gana la simpatía de todos. Por una serie de sucesos que es mejor no conocer, pronto tendrá que luchar por no perder al amor de su vida. Los personajes son atípicos, pero en lugar de utilizarlos para darnos lástima, los creadores (Marc Bryssinck y Filip Lenaerts) los embarcan en situaciones universales. El resultado es que el espectador se identifica y sufre con ellos, no por ellos. Alguien desvela en algún momento su secreto: «Todo el mundo los subestima». Craso error.

Trufa dorada

El jefe de la fábrica es un tipo sensacional, menos oscuro que Willy Wonka, a quien se rinde homenaje explícito, por si hacía falta, con la idea de la trufa dorada. Por su bondad parece el héroe de alguna vieja película deFrank Capra. Es un Quijote que vela por sus trabajadores frente al (¿imparable?) progreso. Su lema es que para trabajar bien hay que divertirse, en contraste con el cantamañanas de su sobrino, un fantoche de manual agarrado a las barras y curvas del Excel.

La galería de secundarios que se suman a la fiesta culmina -empieza, en realidad- con la narradora, una abuela inmóvil, testigo mudo y cómplice del espectador, tan impotente como este para modificar el curso de los acontecimientos. Entre los supuestos discapacitados también hay de todo, incluso un pequeño granuja. En algún momento recuerdan a los «cómplices» de Jack Nicholson en «Alguien voló sobre el nido del cuco». Los guiones los utilizan a todos con la astucia de un buen entrenador, cambian de ritmo con maestría para aumentar la tensión y justifican unos hechos increíbles. Ya verán.