Alfredo Conde, autor de «Era la soledad», es un fino observador de la realidad
Alfredo Conde, autor de «Era la soledad», es un fino observador de la realidad
LIBROS

«Era la soledad», perseguido y extranjero

El sacerdote Benigno Moure es el protagonista de esta biografía novelada, hacia la búsqueda de la verdad

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Desde que leí «Memoria de Noa» sigo con interés cualquier publicación de Alfredo Conde (Allariz, Orense, 1945), porque considero que aúna una intensa y vasta calidad literaria con una versatilidad poco corriente en nuestra tradición, más dada a los escritores erizos que a los zorros, según la clásica definición de Arquíloco que retomó en nuestros días Isaiah Berlin. Es decir, más dada a escritores que ahondan en obsesiones contadas que a los que atienden a cualquier manifestación de la realidad. Conde pertenece a esta segunda categoría. Es capaz de describir la Galicia del XVIII mediante la figura del Marqués de Sargadelos en una espléndida recreación, mientras no le hace ascos a meterse en pleno México en la época del Imperio, el territorio de la Nueva España, de manos de un cura gallego que hace milagros y termina levitando, pero hay un hilo conductor que une tan versátil y distinta obra y es la recurrencia a la memoria para levantar una especie de testimonio de su tierra natal en distintas épocas.

En esta última novela se vale de la figura de Benigno Moure para describir muchas cosas y expresar muchas otras: la búsqueda de la verdad, que siempre debe prevalecer ante los poderes fácticos y que es la primera víctima de cualquier guerra; los malentendidos; el problema de la justicia, que el autor resume en el dicho romano «Dura lex sed lex», y también problemas exclusivamente literarios como es el espacio que debe ocupar una biografía novelada basada en hechos reales.

Relato kafkiano

Para tan peliagudo asunto tenemos en nuestra literatura reciente a Leonardo Sciascia, que resolvió magistralmente el género. Conde lleva a cabo un esfuerzo similar en un texto donde verdad y verosimilitud se dan la mano hasta constituir la vida más acorde con lo que sabemos de ella, de Benigno Moure, de su infancia en A Arnoia, de su paso por los salesianos, del tremendo proceso judicial al que estuvo sometido, en un proceso similar al del relato kafkiano, ese hombre tranquilo que fumaba con actitud queda, reposada.

Estupenda la parte donde describe el mundo de la infancia de Benigno, la Galicia de los años veinte

Conde es consciente de que una vida es difícil de elucidar en su integridad porque sencillamente eso no existe. Por eso, en esta biografía novelada, el autor se inmiscuye en las circunstancias que han forjado el destino de este hombre. Estupenda la parte donde describe el mundo de la infancia de Benigno, esa Galicia de los años veinte, más similar a la tierra descrita en «Divinas palabras», de Valle Inclán, o, de modo más amable, en «El bosque animado», de Fernández Florez, que a la actual Galicia inmersa en una incierta modernidad.

Inquietante, y quizá la que mejor explique la vida de este hombre tranquilo sea la concerniente al proceso judicial. Desde luego la categoría que podríamos aplicar a esta parte es la de pesadilla, y aquí Conde se muestra como el escritor dotado que es. De esta manera, el autor se acerca a la figura de Benigno Moure: el «Yo soy yo y mi circunstancia» orteguiano se cumple aquí a rajatabla, porque el Yo es sujeto de fantasía, no así las circunstancias, que se pueden conocer. Un gran libro.