Jon Bilbao (Ribadesella, Asturias, 1972)
Jon Bilbao (Ribadesella, Asturias, 1972)
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«El silencio y los crujidos»: Jon Bilbao, variaciones sobre la soledad

Tres historias que rondan un mismo asunto componen este último trabajo del escritor asturiano en el que destaca un formidable estilo narrativo. Un autor y un libro que no conviene olvidar

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Poco a poco la voz de Jon Bilbao (Ribadesella, 1972) se afianza en la narrativa española. Que lo haga en los géneros de la narrativa breve es una excelente noticia y prueba de que buena parte de la mejor literatura que hoy se publica en España adopta las formas del cuento, género en el que Bilbao ha entregado varios títulos recogidos en las mejores antologías o bien, como es el caso de este libro, el difícil género de la novela corta. Por una vez su subtítulo, «Tríptico de la soledad», responde a la verdadera estructura y semántica del conjunto. Son tres historias que están unidas, a modo de tríptico, porque en las tres el protagonista, que siempre se llama Juan, vive un modo de soledad, elegida o no, según el caso.

Las tres son muy buenas, cada una a su modo, y el interés del lector aumenta progresivamente. Se han servido las tres de una figura arquitectónica que emblematiza la situación de cada forma de soledad y que ha sido llevada al título. La primera, «Columna», ve a un estilita, un anacoreta subido a una columna, recrear el topos literario y fílmico de Simón del desierto. En la segunda, titulada «Tepuy Juan», adopta la figura de un biólogo que elige pasar una temporada aislado en la cima de ese relieve natural en forma de roca inaccesible (lo hace en helicóptero) en medio de la selva amazónica, para investigar especies raras de flora y fauna. En la tercera, titulada «Torre Juan Larrazábal», es un millonario que se ha hecho rico con una inquietante «app» de Internet, y que horrorizado él mismo por las consecuencias de su invento (realmente perniciosas) se ha retirado a una Torre vigía en la isla de Menorca, que ha adquirido junto con todas las fincas colindantes para aislarse de todos.

Otra condición de unidad del tríptico la proporciona el sustantivo «crujidos» que acompaña a «silencio» en el título. Esos crujidos son la metonimia que señala que la ambición de soledad es un desiderátum imposible, pues siempre hay algo, que suele proceder del interior de los protagonistas, que incomoda e impide la paz soñada.

Prosa rica

Nos encontramos por tanto con un libro importante, muy bien medido en la trabazón de sus articulaciones y que sirve estas estructuras semánticas con una prosa inusualmente rica, que ve cuidada cada frase en favor de la eficacia expresiva. El crujido de la primera historia, que esta llena de ironía, ve a ese hombre con vocación de santo subido a su columna, en las cercanías de Constantinopla, entretenido por distintas visitas (la de la madre es antológica) o la de una joven que se acerca (y que no siempre mirará indiferente) como sobre todo, lo que me parece mejor aún, porque buena parte de sus contradicciones son de soberbia. Lo peor no es la chiquilla sino la rivalidad que entabla con otro estilita más viejo, que quizá haya llegado a formas de perfección más depuradas.

Las tres historias son muy buenas, cada una a su modo, y el interés del lector aumenta progresivamente

Jon Bilbao aborda un tema conocido, pero salva el tópico con un estilo enriquecido por los matices de cada anécdota. En la historia ocurrida en el inexpugnable Tepuy es todavía mayor el desafío, pues, salvada una conversación con el piloto del helicóptero que habría de recogerlo, tras semanas en esa cima, Juan está solo. La historia fluye sin diálogos, y ensimismada en las distintas formas de supervivencia de este Robinson sin Viernes. El interés mayor de la novela lo proporciona la presencia de una gigantesca anaconda, que dará entrada a escenas de proximidad y lejanía con el protagonista soberbias.

«Torre...», por último, debería ser leída por todos aquellos que se encuentren interesados en las posibilidades horribles de un programa llamado aquí «Revival», ideado para Internet, que consiste en captar vídeos y fotos de personas y reinscribirlas en historias nuevas que ellas no dominan, y que suscitan la fiesta colectiva del «voyeurismo» en el que nuestra sociedad se está convirtiendo.

Toca un asunto socialmente lleno de interés, y lo inscribe en una historia en la que Juan Larrazábal es un nuevo Kurtz, escondido en las estribaciones últimas de su horror, por haber sido consciente de que el monstruo creado por él lo está devorando. Posee esta historia gran fuerza simbólica, que además se ve ha visto enriquecida por una inteligente manera de pesquisa por saber quién es este Juan, como ocurre en el conradiano «El corazón de las tinieblas» a la búsqueda de Kurtz. Jon Bilbao define aquí un lugar alto de nuestra joven narrativa.