«Dos muchachos comiendo», de Velázquez (propiedad del museo londinense Apsley House)
«Dos muchachos comiendo», de Velázquez (propiedad del museo londinense Apsley House)
ARTE

La Sevilla de Murillo y Velázquez

Dos sevillanos de excepción frente a frente: Velázquez y Murillo. El escenario, el Hospital de los Venerables, sede de la Fundación Focus. Se da por iniciado así el Año Murillo 2017

SevillaActualizado:

Escribo desde una antigua taberna próxima al Hospital de los Venerables donde tiene lugar la muestra dedicada a Velázquez y Murillo. Ante mí, en un grabado panorámico, la Sevilla del XVII. Más de cien mil personas vivían entonces tras la extensa muralla almohade que la circundaba. No alcanzo a distinguir las puertas, pero sé que había muchas. Apostados en ellas, los agentes del fisco controlaban el trasiego de mercancías. Puerto de las Américas, la ciudad era la más opulenta de España.

Cuando se piensa en la Sevilla barroca, lo primero que viene a la mente es la figura de don Juan Tenorio. Tirso, padre del personaje, estuvo desterrado cierto tiempo en el Convento de la Merced y captó muy bien el ambiente de la capital andaluza. La hipótesis de que se inspiró en Miguel de Mañara, tipo turbulento cuya memoria está ligada al Hospital de la Caridad, santuario de la pintura de Murillo (y de Valdés Leal), es falsa porque Mañara no había nacido cuando escribió la obra. A quien sí pudo conocer fue a Velázquez (Murillo era un niño), pero resulta improbable. En cualquier caso, era la misma ciudad, con sus callejuelas estrechas y retorcidas, sus conventos de altas tapias, sus plazuelas, sus perfumados y ocultos jardines, sus patios interiores: un laberinto ideal para un seductor que se burlaba de la ira divina en una época en que nadie osaba hacerlo.

Hondo pesimismo

La ciudad opulenta y cosmopolita por la que entró y se fue el oro del Siglo de Oro perdió su alegría en 1649, cuando la peste, tras aniquilar a la mitad de la población y arrebatarle sus fuentes de riqueza, empujó el espíritu barroco, tocado ya por la decadencia del reino, hacia el más hondo pesimismo. Frente a las pompas de la vida, se extiende entonces la certeza de que esta es sólo vanidad y que debemos prepararnos para lo que nos espera, el gusano y la calavera. Valdés Leal lo reflejará mejor que nadie en sus postrimerías, «Finis gloriae mundi» e «In ictu oculi», joyas del Hospital de la Caridad.

Velázquez no vivió nada esto. En 1599, su fecha de nacimiento, los problemas eran otros. Opulencia e indigencia suelen ir juntas y, aquel año, lo que preocupaba era la delincuencia, razón por la cual fue designado para desempeñar el principal cargo de la ciudad un militar bragado, el conde de Puñonrostro. Evidentemente, la Iglesia, que era la que solía ocuparse de los pobres, no practicaba una política eficaz. Heredera de la costumbre imperial del pan y el circo, favorecía la ociosidad con la beneficencia y el espectáculo con los autos de fe y los achicharramientos. El nombramiento de Puñoenrostro demuestra que Sevilla no se había convertido todavía en aquella ciudad supersticiosa que criticó a principios del siglo XIX José María Blanco White. La riqueza comercial, la afluencia constante de forasteros, la forma en que gravitaba hacia América, operaban como un antídoto contra la beatería.