Sergio del Molino, autor de «La mirada de los peces»
Sergio del Molino, autor de «La mirada de los peces»
LIBROS

Sergio del Molino, crecer es vivir

El madrileño se afianza como uno de los escritores a seguir. Pese al reto de esta novela, no decepciona

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Cuando el lector cierra este libro se dice a sí mismo que está ante un buen escritor, incluso uno que puede llegar a ser de los grandes. Y eso que aquí podrían haberse conjurado todas las bazas para hacerlo fracasar. Al saber que en su base estaba el empeño por contar y explicarse el suicidio programado de su profesor de filosofía, Antonio Aramayona, casi me echo a temblar. Pero de que Sergio del Molino es escritor da cuenta precisamente aquello que no hace. Ni una elegía lastimera por el maestro, ni una hagiografía. Ninguna de las cosas esperables y que han hecho muchos de los que poblaron una de las mejores escenas del libro, la del tanatorio.

De hecho, la obra ha sabido ganar un espacio suficiente para dejar libre a Aramayona en sus paradojas, y no atarse a la representación obscena de una programada heroicidad anti-sistémica. Del Molino marca distancias, y no blinda su libro de las contradicciones, porque en Aramayona pudo haber mucho de bueno y algo de menos bueno, e igual puede decirse del uso que de esa muerte es posible hacer. Como les ocurre a todos los mitos, basta contarlos desde una mirada perpleja para que se humanicen. Este es un buen libro porque zozobra frente al mito. Esa es su primera gran virtud. La otra es que está formidablemente escrito.

Complejidad sentimental

La zozobra es la condición misma del tema, puesto que un libro que tiene su arranque en el suicidio del profesor pronto va alternando las historias que mira, y junto a la del profesor, empieza a emerger la del alumno: el gran protagonista no es el profesor, sino el crecimiento de un muchacho de barriada pobre en la Zaragoza de los años 90 hasta 2016, aprendizaje del vivir que está hecho de jirones diversos. Por supuesto, está el maestro que parece menos convencional al principio, aunque acaba siéndolo mucho al convertirse en sacerdote laico de una izquierda previsible que termina abrazando esquematismos de función casi teatral en marchas de institutos. Lo que empezó con Nietszche se empequeñece en manos de nietos políticos. Ese giro Sergio del Molino no lo elude, pero lo hace sin acritud, lo que da a su visión una complejidad sentimental que camina del lado de la literatura y evita las «doxas».

Igual complejidad hay en la mirada a una generación primero de pipas consumidas en los bancos de parques cercanos al instituto, luego de borracheras, porros, exaltaciones antisistémicas y grupos de «rock» de rabiosos nombres y letras subversivas. La quema de la bandera española en el Ayuntamiento del pueblo queda en una patética y antiheroica fiesta anónima que da cuenta de esa mirada que, por fortuna, no pretende estar en un lado fijo. Ni la nostalgia, tampoco la elegía, sustituidas aquí por una cierta lucidez.

Se sitúa en un lugar tan libre que emergen los claroscuros. Es el lugar de la literatura, por eso creo que lo decisivo apenas se dice, pero no deja de estar: es la conciencia de querer ser escritor, y necesitar para ello que mueran los clichés que en forma de mitos ocuparon una adolescencia que Del Molino ofrece a la vez directa y plásticamente, pero también poéticamente. Porque vivir es crecer, e ir muriendo a muchas cosas de esa edad primera, que se ha ido con su profesor, tan lleno de contradicción.