Manuel Longares (Madrid, 1943)
Manuel Longares (Madrid, 1943) - Ignacio Gil
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«Sentimentales», la música callada de Manuel Longares

En su última novela, el escritor madrileño lleva su estética hasta el extremo a través del microcosmos de una ciudad de provincias y sus pintorescas gentes, donde la música lo domina todo

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En la selecta obra narrativa de Manuel Longares (Madrid, 1943) hay dos acentos que nutren muy diferentes formas de inspiración. El primero lo inauguró «Romanticismo» (2001) seguida de «Las cuatro esquinas» (2011) y «Los ingenuos» (2013), novelas en las que el artista fue dando voz a un protagonista colectivo, las gentes de Madrid en la Transición, como si Galdós hubiera elegido en Longares a un continuador de sus frisos sociales, al hilo de vicisitudes de la historia política del país. El otro acento, con «La novela del corsé» (1979), «Soldaditos de Pavía» (1984) y «Operación Primavera» (1992), lo marcaba la indagación del lenguaje literario a partir de los géneros menores. Este segundo ámbito ha ofrecido un quiebro posterior, del que forman parte El oído absoluto (2016) y Sentimentales, su continuación y radical cima.

En estas dos últimas novelas Longares no se fija ya en los géneros, sino en los dos agentes que han de pervivirlos, los artistas (en el caso de «El oído absoluto») y ahora, en ésta última, los receptores, a quienes con el adjetivo de «sentimentales», cifra una manera de estar en el mundo, una posición arcaica y obsoleta para casi todos, pero única opción que justifica la pervivencia del arte (los géneros) y de los artistas que viven merced a que unos sentimentales les siguen y a menudo idolatran, sabiéndolos dioses de un Parnaso que es indiferente al común de las gentes, quienes los tienen por unos locos.

Sentimentales pueden ser los propios lectores de Longares, ataviados de otros muy distintos trajes de los que dicta la moda

En «Sentimentales» la estética de Longares es llevada hasta el extremo, que no es otro que saberse continuador del simbolismo, ese gesto del arte por el arte, que dio origen a la literatura, la pintura y la música contemporáneas. Que haya elegido la música como sinécdoque para su reflexión es muy interesante, pero no debe despistar al lector, porque sentimentales pueden ser los propios lectores de Longares, ataviados de otros muy distintos trajes de los que dicta la moda. Como podían haberlo sido los lectores de «Tirano Banderas», esa novela en la que termina siendo menos importante la figura del dictador que el gesto lingüístico de haber dicho más en sus escorzos, sus líneas quebradas, sus fulgurantes metáforas y ese léxico que se siente en la tesitura de llevar la lengua española a donde nunca había estado.

Hay en «Sentimentales» dos niveles que conviene tener en cuenta para entender su significado. El primero, que podríamos llamar referencial, propone un tríptico, que fluye al hilo de una capital de provincias en la que todo es musical.

Dos clanes

Sus calles, sus sitios y cafés, redundan en la idea de mundo cerrado, ensimismado, como si toda la humanidad formase parte de uno de los dos clanes, los septiminos y los corcheas, en que se haya repartida la afición. En la primera sección del tríptico, denominada «Nosotros», Longares proyecta una doble alegoría, la artística y la política, puesto que quien manda, el coronel Rodrigo, controla políticamente la ciudad, y convierte a los resistentes (quizá en el fondo comunistas clandestinos) en esa otra forma de haber sido sentimentales ante la obra de la Historia de España.

Pero el desafío último de la música dodecafónica, incomprensible, destruye toda racionalidad, resuelta en un caos referencial. El segundo apartado, «Tú y yo», opera otra sinécdoque por medio de la relación amorosa entre una flautista, la septimina Armonía Mínguez, y su narrador, el pianista corchea Angelín, cuya sentimentalidad acaba en la lírica asunción de la muerte de la amada, como pauta el famoso cuarteto de Schubert, «La muerte y la doncella». La tercera parte, «Ellos», viene dedicada a los seguidores en graciosa parodia burlesca del grupo de melómanos, en el trance de organizar una tertulia y en la que adquiere protagonismo el quinteto de Schubert conocido como La trucha.

Tres partes y tres obras de Schubert, que pasa por ser el gran sentimental: la sinfonía Grande (la novena de las suyas), el cuarteto y el quinteto. Lo decisivo en Longares es que no se queda en ese nivel de referencias al arte, sino que llega a un segundo donde la prosa misma como ejercicio de estilo quiere señalar una manera de tributo del artista a sus lectores. Traza con ella un giro lingüístico que la literatura importante tiene como su mayor responsabilidad. Esa que Longares arrostra en esta novela con una radicalidad insólita.