LIBROS

Señales del planeta Foster Wallace

Los textos de David Foster Wallace no es que tengan vigencia, es que parecen haber sido escritos hoy mismo; e incluso mañana. «Portátil» recopila sus crónicas, ensayos y relatos

David Foster Wallace, autor de «Portátil»
David Foster Wallace, autor de «Portátil»

Tras las elecciones en Estados Unidos, seguro que más de un lector de Foster Wallace se dio una palmada en la frente y recordó el inicio de su crónica de la Feria Estatal de Illinois para «Harper’s»: «Sospecho que de vez en cuando los editores de esta clase de revista se dan una palmada en la frente, se acuerdan de que el noventa por ciento de Estados Unidos está entre costa y costa y piensan en darle a alguien un salacot y ponerlo a hacer un informe antropológico sobre alguna cuestión rural y extravagante». La revista publicó la versión abreviada en 1994, y en 1997 apareció otra más extensa como parte de «Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer», un libro que ya es canónico dentro del corpus wallaceano y directamente de la literatura americana del siglo XX.

En realidad, y pensando en las turbulencias brutales que amaga desde el principio el XXI, lo que prueba esta selección/«companion» monumental de crónicas, ensayos y relatos es lo imposible que nos resulta ya leerlos sin la conciencia de todo lo que vino (y sigue viniendo) después de los que escribió en los noventa: el 11-S, las guerras de Afganistán e Irak, la elección de Obama y la de Trump, el suicidio mismo de DFW. Releyendo a la luz de todo esto, los textos antologados aquí cobran un carácter más angustioso y opresivo aún del que siempre latió bajo la capa de humor desesperado.

Un día de 2008

El retrato de la alienación de una sociedad ensimismada y desorientada por la industria del entretenimiento y la publicidad resulta aún más perentorio si se piensa que muchos de sus ensayos están escritos en las vísperas mismas de la eclosión de internet y la hipercomunicación compulsiva vía redes sociales; el relato de las reacciones patrióticas y el despliegue de banderas tras los ataques del 11-S en la América profunda sirve de prefiguración ominosa de la evolución política larvada que ha instalado a Donald Trump en la Casa Blanca; y la ironía auto-deprecatoria con que se pinta DFW, el modo en que da voz a sus psicodramas y se convierte en personaje cómico se vuelven amargos al pensar que pocos años después, un buen día de 2008, esas neurosis y «manías» resultarían una carga demasiado pesada y le llevarían a ahorcarse.

Muchos de sus ensayos están escritos en las vísperas mismas de la eclosión de internet

La Historia, decía Marx en frase archisabida, suele repetirse: primero como tragedia y luego como farsa. Releyendo ahora las crónicas de DFW, uno piensa más bien lo contrario en este caso: que la farsa y licencia consumista del poscapitalismo acelerado que él retrató llevaba en sí el germen de muchas tragedias, personales y políticas, que han ido cumpliéndose con puntualidad implacable desde entonces.

Qué nos pasa

Puestos a «festejar» aniversarios, en 2016 se celebran los veinte años de la publicación de «La broma infinita». Como pasa con gran parte de la obra de DFW, pensar en ese lapso de tiempo produce una pertubadora sensación de paralaje temporal: parece que hace muchos, muchísimos años que fue escrita, y al mismo tiempo parece que fue ayer mismo, y casi que ha sido escrita «mañana». Uno siente que la obra de Wallace es ya casi histórica, que podrían usarla los arqueólogos de nuestra prehistoria reciente (valga el oxímoron, una de sus figuras predilectas) como documentación para entender lo que nos está pasando. Parece, a la vez, que acaba de ser escrita o que «está escribiéndose» ahora mismo, que se dirige desde el presente estricto a lectores que son aún sus estrictos contemporáneos. Y que sigue planteando las nada simples «simples preguntas» que componen el texto breve de 2007 que cierra con acierto esta selección y que siguen resonando cuando uno cierra el libro: «¿Acaso nos hemos vuelto unos seres tan egoístas y aterrados que ni siquiera queremos plantearnos si hay cosas que se imponen a la seguridad? ¿Y qué clase de futuro nos augura eso?». Casi diez años después seguimos preguntándonoslo mientras parece que la realidad, como tiene por costumbre, se empeña en proponer respuestas por la vía de los hechos consumados.

En los textos de acompañamiento, escritos para esta edición por autores en castellano, Rodrigo Fresán clava una expresión afortunada para hablar de su trabajo: surrealismo ultrarrealista. Son términos compartidos por la teoría del arte y la crítica literaria, y recuerdan hasta qué punto su atención obsesiva por los detalles desatendidos acaba volviéndolos a la vez ultra e infrareales en sus crónicas.

Escala liliputiense

La neurosis controlada de sus descripciones de lo banal y lo inadvertido, que tanto me recuerdan al primer Nicholson Baker, acaba por recargar los objetos de consumo cotidiano de significados políticos y los convierte en inesperadas alegorías: el trampolín húmedo de una piscina municipal, la cacerola gigante donde se hierven los crustáceos de un festival de la langosta local, las grietas y ondulaciones imperceptibles en las pistas de tenis de las competiciones regionales del Medio Oeste que reproducen a escala liliputiense el paisaje barrido por el viento de ese mismo Medio Oeste.

Pensando en las páginas y páginas de especulaciones que dedica al retrete de su camarote en la crónica de su crucero caribeño de ensueño/pesadilla, acabamos por dudar si no habremos soñado nosotros con una serie de fotografías imposibles en las que Martin Parr se dedicase a ilustrar la teoría duchampiana de lo Infraleve. Y lo mismo que en su epílogo Inés Martín Rodrigo pasa de las sinestesias visuales a las musicales e imagina un equivalente auditivo y banda sonora en las canciones de Wilco y Elliott Smith, uno se imagina que el «Criadero de polvo» de Duchamp y Man Ray sería un excelente mapa para orientarse por el territorio wallaceano: la superficie árida y descarnada de un planeta Tierra que pisamos todos pero nadie antes que él había explorado.

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