ARTE

Semillas de una vida en común

Santiago Morilla entra en la galería Fernando Pradilla con un consistente mensaje de cariz ecologista

Una de las obras de «Fundar un bosque», de Santiago Morilla
Una de las obras de «Fundar un bosque», de Santiago Morilla

Tras un verano infernal con más de 7.000 incendios en nuestro país, Santiago Morilla (Madrid, 1973) «planta» a contracorriente su exposición en la que da cuenta de su toma de postura crítica que le lleva a «fundar bosques» en las Sierras de Madrid y en la Vega de Zamora. En la memoria resuena la acción de Beuys en Documenta, aunque la actitud del madrileño es menos chamánica que articulada desde la radical conciencia ecológica.

Sabemos que estamos en un planeta enfermo y que nosotros somos un agente devastador. Morilla propone, con vigoroso impulso utópico localizado con absoluta precisión, intervenciones muy lúcidas en torno a la contaminación del mundo, dibujando «gigantomaquias» en el paisaje (algunas de ellas provocadoras, como el «dedazo» de las inmediaciones de Morille) o en azoteas de edificios. La ultraverticalización impuesta por Google Earth o los drones sirven tanto para documentarlas cuanto para cuestionar la lógica del control zoológico-policial contemporáneo.

Irresponsabilidad planetaria

Estamos en el momento del cumplimiento anodino de la atroz «profecía» de «Terminator» cuando la «robotización» del «Warfare State» entrelaza la impunidad imperial con la cobardía social y el desprecio absoluto a las vidas ajenas. Desde los bonos basura a los desastres medioambientales, asistimos al despliegue de una fábrica de irresponsabilidad planetaria. Aquellas huellas en la arena que evocaba Foucault al final de «Las palabras y las cosas» anunciaban un final inminente: el de la subjetividad política.

Sin dejarse llevar por lo panfletario o lo obvio, Morilla planta cara al desastre generalizado. Frente a las visiones canceladoras del futuro presenta un casco con una cresta post-punk de césped e invita a regar «invernaderos portátiles» con bici-máquinas que posibilitan que el agua llegue a las plantas. Puede que la revolución, como pensara Ivan Illich, llegue en bicicleta cuando tenemos la certeza de que aquel automóvil que poetizara delirantemente el Futurismo no conduce a otra cosa que al atasco y la contaminación.

En 2015, en una pared exterior de La Rambleta (Valencia), Morilla escribió con barniz hidrófugo (visible cuando llueve o se riega) la segunda ley de la termodinámica. No pretendía lanzar una profecía del fin de los tiempos, sino imponernos una «geolocalización» que nos haga cobrar conciencia de que estamos acelerando el paso hacia la destrucción total. El artista asume, a la manera smithsoniana, la tarea del «entropolólogo»; si se entrega a la «lógica del dibujo expandido» no es por impresionar con la escala, sino para sembrar con las semillas de una reflexión que implica el activismo social. Esta magnífica exposición invita a fundar un bosque no para perdernos en la ensoñación romántica, sino para encontrarnos en un lugar donde suceda algo feliz, la esperanza de una vida en común.

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