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«Tan poca vida»

«Tan poca vida», de Hanya Yanagihara, ha sido «libro del año» en EE.UU. Lumen lo ofrece el 15 de septiembre

Hanya Yanagihara, autora de «Tan poca vida»
Hanya Yanagihara, autora de «Tan poca vida» - Sam Levy

En el undécimo piso solo había un armario y una puerta corredera de cristal que se abría a un pequeño balcón. Desde ahí se veía el edificio de enfrente, donde un hombre sentado fumaba al aire libre en camiseta y pantalón corto pese a ser octubre. Willem levantó una mano a modo de saludo, pero él no respondió.

Jude estaba abriendo y cerrando la puerta del armario que se plegaba en acordeón cuando Willem entró en el dormitorio.

-Solo hay un armario -comentó.

-No importa -respondió Willem-. De todos modos no tengo nada que guardar en él.

-Yo tampoco.

Sonrieron. La administradora de fincas apareció detrás de ellos.

-Nos lo quedamos -anunció Jude.

Sin embargo, de vuelta en la oficina la administradora les comunicó que no podían alquilar el piso.

-No ganan lo suficiente para cubrir el alquiler de seis meses, y no tienen ahorros. -De pronto se mostraba tensa. Tras comprobar las cuentas bancarias y su crédito, por fin se había percatado de que era un poco extraño que dos hombres de veintitantos años que no eran pareja intentaran alquilar un piso de un solo dormitorio en un tramo soso (aunque caro) de la calle Veinticinco-. ¿Cuentan con alguien que pueda avalarlos? ¿Un jefe? ¿Sus padres?

-Nuestros padres han muerto -se apresuró a responder Willem.

La administradora suspiró.

-Entonces les sugiero que bajen sus expectativas. Nadie que gestione correctamente un edificio querrá alquilar a unos solicitantes de su perfil financiero. -Se levantó con actitud tajante y miró hacia la puerta de manera elocuente.

Un exhibicionista

Sin embargo, cuando más tarde le contaron a JB y a Malcolm lo ocurrido, le dieron un aire cómico: el suelo del piso de pronto estaba tatuado de excrementos de roedor, el hombre del edificio de enfrente era poco menos que un exhibicionista y la administradora se disgustó cuando intentó flirtear con Willem y él no le siguió el juego.

-De todos modos, ¿quién quiere vivir en la Veinticinco con la Segunda? -preguntó JB.

Se encontraban en el Pho Viet Huong de Chinatown, donde se reunían un par de veces al mes para cenar. Aunque en el Pho Viet Huong no se comía muy bien -servían una pho curiosamente azucarada, el zumo de lima sabía a jabón, y después de cada comida al menos uno de ellos se sentía indispuesto-, seguían yendo allí por inercia y por necesidad. En el Pho Viet Huong servían un bol de sopa o un sándwich por cinco dólares, o bien un plato principal que costaba entre ocho y diez dólares y era tan abundante que podían guardar la mitad para el día siguiente o comérselo más tarde esa misma noche. Malcolm era el único que nunca se lo terminaba ni se guardaba la mitad; cuando se quedaba satisfecho dejaba el plato en el centro de la mesa para que Willem y JB -que siempre estaban hambrientos- se lo acabaran.

-Por supuesto que no queremos vivir en la Veinticinco con la Segunda, JB -respondió Willem con sorna-, pero no nos queda otra opción. No tenemos dinero, ¿recuerdas?

-No entiendo por qué no os quedáis donde estáis -señaló Malcolm, que empujaba las setas y el tofu por el plato con el tenedor.

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