MÚSICA

«Los organistas somos camaleones»

Protagonista de una reciente y magnífica grabación dedicada a la música de Bach, el organista Juan de la Rubia ofrece la próxima semana un recital en la Catedral de León

Juan de la Rubia, en el monasterio de Poblet
Juan de la Rubia, en el monasterio de Poblet - Igor.cat

Un joven organista castellonense es el artífice de uno de los discos más bellos y sorprendentes del año. El recital bachiano que Juan de la Rubia ha grabado en la localidad catalana de Poblet por el sello 82Records compagina una esplendorosa toma de sonido (a cargo de Pere Casulleras, una eminencia en este ámbito) con unas interpretaciones calurosas a la par que transparentes y vitales. Después de tocar el pasado verano nada menos que en la Catedral de Westminster, de la Rubia (Vall d’Uixó, 1982) tiene muchos proyectos en su agenda: el más inminente, un concierto en la Catedral de León el próximo día 30 dentro del ciclo de órgano del Centro Nacional de Difusión Musical.

–¿Por qué escogió el órgano del Monasterio de Poblet para su disco de Bach?

–Una de las premisas del disco era grabar a Bach allí donde mejor podía sonar, buscar el instrumento más adecuado para este repertorio. Aunque construido en 2012, el órgano de Poblet está concebido según principios barrocos precisamente para tocar la música de este período. Era una de las mejores opciones en España.

–¿El tipo de órgano condiciona siempre el repertorio?

–Cada órgano es un mundo. Cuando te llaman para dar un concierto lo primero que necesitas saber son las características del instrumento: el número de teclados, si tiene pedalera o no, la disposición de los registros, a qué escuela pertenece, quién es el constructor... Son datos vitales a la hora de elaborar un programa, como lo es la acústica del lugar. Con ningún otro instrumento pasa lo mismo. Creo que, en este sentido, los organistas somos los músicos más camaleónicos porque tenemos que adaptarnos a instrumentos muy diferentes en tiempos muy rápidos.

–Hábleme del órgano de la Catedral de León.

–Es un órgano imponente, con unas características muy especiales en las que han influido las ideas futuristas de un organista francés, Jean Guillou. A nivel tímbrico es un instrumento revolucionario.

–¿Por eso finalizará el concierto con la transcripción de una escena del «Ocaso de los dioses» de Wagner?

–El tema de las transcripciones goza de una creciente popularidad dentro del repertorio para órgano. Yo mismo realicé una de la «Sinfonía nº 1» de Brahms hace dos años. El órgano de León es muy adecuado para este tipo de propuestas, porque es un instrumento con registros que imitan muy bien los timbres de la orquesta.

–En Westminster estuvo los tres días anteriores al concierto estudiando y probando el órgano de la catedral.

–Es algo que hago siempre. Cada órgano te aporta cosas nuevas, muchas veces es un maestro que te enseña la manera más adecuada de tocar una pieza.

–Además, le ofrece la oportunidad de estar en sitios magníficos desde el punto de vista arquitectónico y artístico.

–Y en horas en las que normalmente la gente no está. Por la noche, por ejemplo.

–¿Por la noche?

Cada órgano es un maestro que te enseña la manera más adecuada de tocar una pieza

–Es por la necesidad de no coincidir con la actividad litúrgica y con el público. En Poblet empezábamos a grabar alrededor de las diez de la noche y seguíamos hasta las cinco de la mañana. Teníamos que haber terminado antes de los maitines de los monjes. Estar en espacios tan singulares, solo y en medio de la oscuridad, es algo mágico. Recuerdo la preparación de un concierto en la Catedral de Colonia. A las seis de la mañana vi el amanecer a través de las vidrieras. Fue una experiencia sobrecogedora.

–¿Visita también por las noches la Sagrada Familia de Barcelona, de la que es organista?

–Tocar en la Sagrada Familia por las noches es otro de mis momentos mágicos. Durante el día sería imposible por la cantidad de turismo combinado con el ruido de las obras.

–Sea sincero. ¿No ha pasado miedo alguna vez?

–En la Sagrada Familia nunca, porque hay una buena iluminación de seguridad. Pero este verano estuve en Einsiedeln, un pueblo cerca de Zúrich con un monasterio barroco benedictino impresionante. Para acceder al órgano, por las noches tenía que atravesar la clausura de los monjes con una linterna en la mano, y todas aquellas formas barrocas redondeadas no paraban de crear sombras. Aquello sí que daba un poco de miedo.

–El próximo noviembre, sus improvisaciones acompañarán la proyección del «Fausto» de Murnau en el Palau de la Música de Barcelona. El órgano es uno de los últimos reductos donde se cultiva la improvisación en la música clásica.

–Debería cultivarse más. Porque, al fin y al cabo, improvisar es como hablar. Sería inconcebible que, en el aprendizaje de una lengua que no es la nuestra, nos enseñasen sólo a leer y a declamar, y que no fuéramos capaces de crear nuestra propia conversación. Pero esto es lo que ocurre en música: sólo aprendes a leer y a interpretar textos, no te enseñan a construir tu propio discurso. Me parece una carencia.

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