Rosa Montero, autora de «La carne»
Rosa Montero, autora de «La carne» - Dani Pozo
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La nueva novela de Rosa Montero, historia de la carne triste

En torno a la edad como línea de sombra gira «La carne», de Rosa Montero. Mucho más que una novela de suspense: una narración sobre las cicatrices del tiempo y quiénes dejamos de ser

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«La carne está triste y ya he leído todos los libros». Este verso que Mallarmé situó al inicio de su poema «Brise Marine» y que Rosa Montero cita casi al final de su novela, ha podido motivarla. Desde luego el título, «La carne», vive unido al adjetivo «triste». Porque esta es una novela sobre la edad, esa línea de sombra que una mujer vitalista siente declinar con los años. Soledad, la protagonista, tiene sesenta, los cumple en los días en que transcurre la acción, y acaba de ver cómo su amor, Mario, pone fin a su relación con ella. No puede resistirlo y comienza a urdir un gesto de venganza y orgullo, contratando a un gigoló, un hermoso prostituto ruso, para que la acompañe a la representación de «Tristán e Isolda», de manera que todos, también, y en especial Mario, la vean triunfante, no sometida, capaz de enamorar a un joven atractivo.

Ese gesto precipita un argumento de suspense, al caer Soledad en un amor peligroso, que sostendrá la trama externa, cuyo desenlace conoce el lector únicamente al final, como le ocurre a las buenas novelas; pero, y eso es lo importante, el lector anticipa los posibles finales en forma de miedos, al observar a una Soledad demasiado vulnerable, con la fragilidad inherente a quien no domina una pasión última. Esa idea, la fragilidad, es otro «leitmotiv» del libro.

Contra la derrota

Rosa Montero (Madrid, 1951) ha hecho que fortaleza y fragilidad no sean solamente algo del cuerpo. Aunque tienen que ver con la belleza y autoestima de quien se siente hermosa o fea, joven o vieja, la cuestión central está en otro sitio, al que iremos. Antes, debe decirse que mucho de lo mejor de su estilo narrativo lo ha conseguido Rosa Montero en los detalles sobre el cuerpo. No es únicamente que Soledad se sienta vieja, es que no deja nunca de cifrar una melodía de auto-reconocimiento, con la precisa indagación en las cicatrices que el tiempo deja en la piel y los achaques de la edad. Es impagable la enumeración de la serie de ungüentos y medicinas que acompañan los sesenta años, y que Rosa Montero hace describir a su narradora.