LIBROS

Noche de insomnio con Mathias Enard

Con un respeto inmenso y una devoción sin límites por Oriente ha escrito Mathias Enard «Brújula». Un viaje en compañía de quienes se dejaron seducir por aquellas tierras

Mathias Enard, autor de «Brújula»
Mathias Enard, autor de «Brújula» - AFP

¿Han volado en nuestros días, llenos de clichés, espantos y lugares comunes, de desconfianzas y recelos mutuos, todos los puentes entre Oriente y Occidente? Nada mejor para responderse a esta y muchas otras preguntas relacionadas con el famoso choque o acercamiento adictivo de mundos, culturas y geografías dispares, que adentrarse en el fabuloso viaje entre mágico, erudito, apasionado y deslumbrante que lleva a cabo en su novela-río «Brújula» el escritor francés Mathias Enard (Niort, 1972). Conocido por excelentes y muy singulares títulos («Zona», «Habladles de batallas, de reyes y elefantes» o «Calle de los ladrones»), Enard se alzó, gracias a «Brújula», con un merecidísimo premio Goncourt en 2015.

«La melancolía, la conciencia de la finitud, de que no hay refugio alguno», como se dice en este fascinante viaje sin rumbo preciso, salvo que indica el Este, ilumina este libro bello e inclasificable. Una melancolía, unos adioses a muchas cosas, que se unen a una pasión tenaz, incurable, por la investigación de lo desconocido y lejano, por el acercamiento a «lo otro». A una alteridad que desde el nacimiento nos fue negada, pero que se busca entre sombras para alumbrar y hacer crecer vidas, artes, filosofías, saberes.

El sueño de la razón

Es el sueño de la razón y de la sinrazón que domina a un compositor, un musicólogo vienés, Franz Ritter, durante una noche de insomnio. A él acuden desordenados los recuerdos, investigaciones y conocimientos de toda una vida. Una vida marcada por dos pasiones: Oriente y una joven y seductora estudiosa del orientalismo como él, Sarah. Su doble, su amada.

La duermevela de un enfermo grave toma las trazas de un sentimiento del tiempo y el espacio dolorosos semejante a los de Mahler y otros míticos «aventureros de la melancolía», asegura Ritter en su discurrir onírico. Una melancolía que habitó igualmente las obras de un grandísimo escritor suicida, el iraní Sadeq Hedayat, autor de «La lechuza ciega» y «El mensaje de Kafka»; alguien que sentía que «la ilusión roía el alma en soledad». Y la que también llevaba dentro de sí, «paseando su "spleen" durante el verano de 1933-1943», una vez desmoronados los últimos vestigios de la República de Weimar, la joven viajera suiza, surcadora incansable de los caminos de Oriente, Annemarie Schwarzenbach, amiga de los hermanos Klaus y Erika Mann.

Esta novela habla mucho menos de política y de conflictos, o de encendidos debates que de arte

La revisitación, a lo largo de dos siglos, de viajeros, estudiosos, aventureros, diplomáticos y artistas europeos que no dejaron de recalar mental o físicamente en aquellas tierras y culturas incluye un canto nostálgico y de añoranza por un Oriente cosmopolita y fascinante.

Hipnotizados

La novela de Mathias Enard habla mucho menos de política y de conflictos, o de encendidos debates como el ocasionado por Edward Said con su Orientalismo, que de arte, del respeto inmenso y la devoción sin límites, de la seducción e hipnosis que sintieron muchos, ya fueran especialistas o frecuentadores esporádicos.

Desde Delacroix, Nerval, Balzac («el primer novelista francés que incluye un texto en árabe en una de sus novelas»), Rimbaud, Victor Hugo, Gautier, Heine, Byron, Goethe «el inmenso» y su «Diván de Oriente y Occidente», Flaubert y todos cuantos visitaron «la fachada de Oriente, de Algeciras a Estambul, o su patio trasero, de la India a la Cochinchina», a Beethoven, Schubert, Listz, Berlioz, Bizet, Rimski-Korsakov, Debussy, Bartók, Schönberg y cientos de compositores de toda Europa, fueron innumerables los artistas que se inspiraron en ese Oriente que «había revolucionado el arte, las letras y la música, que propiciaba la entrada de elementos exteriores, de la alteridad […] porque sobre toda Europa soplaba el viento de la alteridad, que todos esos grandes hombres utilizan para modificar el yo, para bastardearlo, pues el genio tiende a lo bastardo, a la utilización de procedimientos exteriores para hacer tambalear la dictadura del canto de la iglesia y la armonía».

Turista, viajero, espía

Un Oriente muchas veces saqueado artísticamente, tanto por los llegados de fuera como por los de dentro, por esos bárbaros y fanáticos que lo destruyen ahora mismo. Un Oriente de prismas múltiples, en ocasiones inventor de la palabra turista, viajero. O de la palabra espía. Viajeros y espías disfrazados de traductores o corresponsales, no sólo a favor de potencias europeas ansiosas de poder, o de los protectorados británicos o francés, como sucedió con T. H. Lawrence, sino «espías en provecho del arte», como nos dice Enard. Es el momento, en el XIX, en que «los textos traducidos del árabe y del persa empiezan a invadir Europa».

Si en un hospital de Florencia existe un servicio psiquiátrico específico para los extranjeros que se quedan pasmados ante los Uffizi o el Ponte Vecchio, también lo hay en Jerusalén para los que sufren «delirios místicos». El delirio de tantos de estos viajeros y estudiosos reflejados por Enard, «ante la mera visión» de Jerusalén, Damasco, Palmira o Estambul. Centros neurálgicos de un Oriente que nunca deja de emitir señales.

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