CINE

No se puede matar por las ideas

Melchor Rodríguez, último alcalde republicano de Madrid, fue el «ángel rojo» que salvó a miles de prisioneros de morir ejecutados durante la Guerra Civil y cuya historia recupera ahora un documental de Alfonso Domingo

Madrileños refugiándose en el metro durante un bombardeo de la aviación nacional
Madrileños refugiándose en el metro durante un bombardeo de la aviación nacional

La película se inicia con unas imágenes del asedio y eventual bombardeo de la ciudad de Madrid en la Guerra Civil, unas imágenes tomadas en su momento con urgencia de corresponsal, con la rabia de quien no filma desde el avión que tira las bombas sino a ras de suelo. Si lo piensan, de la bomba atómica la imagen que tenemos es la forma casi hermosa de un hongo, no la de las víctimas de Hiroshima y Nagasaki, hasta que nos lo enseñaron Alain Resnais o Erik Barnouw muchos años después.

Esas imágenes de los madrileños corriendo asustados o muertos en extrañas posturas han pasado a ser un «emoticono»,la metonimia visual para ilustrar el asedio que sufrió Madrid, siendo usadas entre otros por Basilio Martín Patino en «Caudillo», por ejemplo, acompañadas por un feroz poema de Pablo Neruda. Aquí Alfonso Domingo recurre a ellas con ese mismo de titular histórico pero la historia que cuenta «Melchor Rodríguez, el ángel rojo» no se parece a otros documentales sobre nuestra infausta guerra.

El problema de la memoria

No son tantos títulos como pudiera parecer, en un país como el nuestro en el que la memoria se debe apellidar de histórica para darle empaque (no se recuperan las memorias pequeñas, con h minúscula) y en el que ahora se abre paso la idea de que la Transición, que muchos vivimos como una superación, fue en realidad casi un vergonzoso pacto de silencio sobre periodos anteriores.

Quizá eso explica un hecho realmente llamativo: en el ámbito del cine documental español se da la circunstancia de que las películas centradas en recuperar dicha memoria histórica producidas en lo que va de este nuevo siglo superan ya en número a las que se hicieron durante la Transición, cuando parece que el sentimiento de balance, de aplazada negociación de luto o incluso de ajuste de cuentas hubiera debido ser mayor tras 35 años de mordaza censorial. Se recomienda la lectura de «Las voces del cambio», el provechoso análisis de Laura Gómez Vaquero de esta cosecha de documentales producidos a partir de 1975. Lo magro de la misma basta para comprobar la relevancia del proyecto documental de interrogar la Historia, incluso para una generación que no vivió la (pos)guerra.

La intervención de su hija, Amapola Rodríguez, es la voz encarnada que completa el retrato humano del personaje

Pero la pregunta persiste, ¿por qué ahora esta recuperación de la figura de Melchor Rodríguez? En principio, parece una lógica prolongación de un proyecto biográfico que Alfonso Domingo ya plasmó en un libro publicado en 2010, cuyo explicativo subtítulo empieza a desvelar la clave del personaje, «El ángel rojo. La historia de Melchor Rodríguez, el anarquista que detuvo la represión en el Madrid republicano». En una guerra fratricida, polarizada y sangrienta, Melchor se convirtió en algo casi impensable, una figura transversal no por cambiarse de chaqueta sino por hacer un prolongado ejercicio de compasión humana, la que más importa, la que salva vidas. Su filosofía puede resumirse en esta máxima que se repite en la película,«Se puede morir por las ideas, nunca matar». El apodo de ángel rojo se lo puso uno de los que salvó, el general Alberto Martín-Artajo, aunque a Melchor no le hizo demasiada gracia, decía que había tenido «muy mala guasa» con el motecito.

Pero se lo ganó a pulso, y en un momento especialmente trágico de la contienda, como explica en una de sus intervenciones el historiador Ian Gibson, que describe el peculiar ecosistema de odio que se creó en Madrid, un imparable tráfico de muertes entre las checas y las sacas y los bombardeos: la hostilidad entre los dos bandos se exacerbaba cuando los que gestionaban Madrid oían lo que el general Mola decía, por radio, que iban a hacerles cuando entraran y decidían entonces aplicar la más dura represalia a los presos nacionales.

11.200 vidas

Ahí entraba la figura de Melchor Rodríguez, nombrado Delegado de prisiones por el ministro de Justicia anarquista Juan García Oliver, y que ejerció todo su poder para frenar la sangría, con episodios tan famosos como cuando se enfrentó a una turba frente a la prisión de Alcalá de Henares librando de un linchamiento a los 1.532 presos que se encontraban en su interior.

Alfonso Domingo calcula que en total pudo salvar unos 11.200, considerando los presos que había en zona republicana. ¿Cómo se las arregló, aun desempeñando el cargo de delegado y luego el de último alcalde republicano de la ciudad de Madrid? El veterano Santiago Carrillo, su entrevista es una de las bazas fuertes del documental, recuerda que algunos de los suyos pensaron que estaba protegiendo a la quinta columna, pero concede como de pasada que a lo mejor era un altruista, «un rara avis en aquella guerra terrible».

Hoy el apodo periodístico para el personaje es el de Schindler español, más mediático y adecuado que el de «Korczak» español, la película que el polaco Wajda rodó tres años antes que Spielberg sobre la infructuosa lucha del director de un orfanato por salvar a sus centenares de pupilos de los nazis.

En una guerra polarizada, fratricida y sangrienta, Melchor Rodríguez hizo un prolongado ejercicio de compasión humana

Melchor, el salvador sin lista de espera, era un veterano del mundo carcelario, fue hecho preso por tres regímenes políticos distintos, y su ideario anarquista –fue uno de los fundadores de la FAI– le sirvió para convertirse en un ejemplo excelso de humanismo obrero, como dice un filósofo que interviene en la película. La hija de Melchor, Amapola Rodríguez, evoca el miedo que pasaban ella y su padre ante la eventual patada en la puerta, un miedo que no cesó nunca. Lo que cuenta cae en lo anecdótico, pero la suya es la voz encarnada que completa el retrato humano del personaje y le impide caer en el busto en escorzo de tanto cine histórico; igual efecto produce la forma en que se insiste en su faceta de letrista y enamorado de la copla, en un ejemplo de esa memoria pequeña que puede ser tan reveladora.

Alfonso Domingo dice que semejante personaje se merece una película de ficción, «con actores». Le deseamos suerte en una práctica tan difícil como la del «biopic», cuando este documental dibuja un retrato más que suficiente… y no va a haber actriz que compita con la trémula pero vivaz aparición de Amapola Rodríguez. Pero si finalmente la rueda, hay dos momentos excelsos, y muy cinematográficos, cuya puesta en escena debe resolver. El consejo de guerra contra Melchor del nuevo régimen de Franco y la aparición del comandante Muñoz Grandes para interceder en su favor ante la previsible condena a muerte. Y su entierro, al que vinieron personas de toda convicción y que debió servir para enterrar la guerra incivil: en su féretro había un crucifijo envuelto en la bandera rojinegra de la CNT… Y se cantó «A las barricadas» y se rezó un padrenuestro.

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