ARTE

Nacho Martín Silva ya sabe qué pintar

Nacho M. Silva se propuso un juego en torno a la pintura con su taller como base de operaciones. Un gran hallazgo

Una de las pinturas de la serie «El gran estudio», de Nacho Martín Silva
Una de las pinturas de la serie «El gran estudio», de Nacho Martín Silva

«El mundo viene a que lo retrate en mi estudio». Es lo que decía Courbet cuando trabajaba en «El estudio del pintor», un gigantesco cuadro en el que se retrata a sí mismo en compañía de la sociedad parisina de su tiempo. Allí estaban los buenos burgueses que compraban su trabajo, los intelectuales, como Baudelaire, como Champfleury o como el filósofo Proudhon. Allí estaban también los obreros y los campesinos, una modelo desnuda como figura de la verdad, y la inocencia, representada por un niño. La imagen le sirvió a Courbet como manifiesto generacional de su propia posición pictórica: un realismo comprometido con el mundo. Desde entonces, buena parte de la Historia de la pintura se ha remitido a él como pretexto.

Nacho Martín Silva (Madrid, 1977) se propuso hace cinco años un compromiso semejante en torno a la disciplina, tratando de enfrentarse a la cuestión de qué pintar. Al igual que Courbet, partió del estudio como pretexto, e invitó a numerosos amigos a remitirle imágenes que para ellos estuviesen relacionadas con una serie de temas: El éxito, el placer, la Historia, la imaginación... siendo el primero de ellos, precisamente, el de la pintura.

La pintura como hecho

Pero la pregunta «¿qué pintar?» daba ya por supuesta, en cierto modo, una respuesta que todavía para la generación inmediatamente anterior no era tan evidente: la cuestión de si seguir o no pintando. Fue de hecho la reacción contra Courbet, abanderada sobre todo por Duchamp, la que más radicalmente puso en cuestión la práctica de la pintura. «La pintura ha muerto –dicen que les comentó a Léger y a Brancusi en el Salón Aeronáutico de París de 1912–. ¿Quién podría hacer algo mejor que esta hélice?».

De algún modo, Martín Silva acepta la pintura como un hecho. Parte de la imagen del estudio vacío, como si este fuese una tabula rasa sobre la que se fueran inscribiendo los distintos temas y problemas. Y, al igual que Courbet, convoca a sus amigos al taller, quienes le van remitiendo sus distintas meditaciones sobre los temas propuestos, y con las que el artista construye alegorías contemporáneas. El éxito aparece aquí como una fantasmal proyección de sombras sobre la pared, como unos zapatos femeninos taconeando sobre un estrado o como un busto inerte elevado. La pintura se transforma en una amable conversación sobre la mesa o también en un payaso explicando unos cuadros. El placer, por su parte, en «El gran estudio», aparece representado como un mundo orgiástico de excesos sexuales y pictóricos.

Pero las propias alegorías son excelentes cuadros, en los que no sólo hay mucho que ver, sino también mucho que pensar y disfrutar. De modo magistral, Martín Silva construye escenografías contemporáneas, en las que se pintan y se piensan las posibilidades de la técnica. La cuestión de qué pintar era un pretexto, puesto que se daba por supuesto que de lo que se trataba era de seguir pintando.

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