MÚSICA

La muerte os sienta tan bien

Cabecilla de los Bad Seeds y pareja cinematográfica de Nick Cave, Warren Ellis compone la prodigiosa banda sonora de «Skeleton Tree», álbum surgido a partir de la muerte del hijo del cantante australiano

Nick Cave, junto a sus dos hijos menores, los gemelos Earl y (a la derecha) Arthur, fallecido el año pasado
Nick Cave, junto a sus dos hijos menores, los gemelos Earl y (a la derecha) Arthur, fallecido el año pasado

De «Skeleton Tree» se puede decir lo de la cabra que, pastando en un vertedero, confesó que le había gustado más la película que el libro que se estaba comiendo. Visto y no visto, programado la pasada semana en una única función como material de apoyo al último disco de Nick Cave, «One More Time With Feeling» contiene las tesis, y las evasivas, que explican el ejercicio de expiación con que el compositor australiano trata de dejar atrás el dolor provocado por la desaparición de su hijo Arthur, muerto a los quince años en unos acantilados de Brighton cuyo filo recorría –«¿dónde estoy?, ¿dónde estoy?», dicen que dijo antes de caer– tras ingerir una generosa dosis de LSD.

Junto a su hermano gemelo Earl y su padre, Arthur se deja oír en los títulos de crédito del filme a través de la grabación casera que Nick Cave realizó a partir de «Deep Water», canción que hace unos años escribió a medias con Marianne Faithful. Fundida con la de su hermano, pistas mellizas e inseparables, la voz de Arthur –junto al dibujo que realizó del paisaje en el que iba a perder la vida, enmarcado por su madre y que Cave no sabe dónde poner– es el único rastro físico del personaje espectral, elíptico, que protagoniza la película de Andrew Dominik y el disco del autor de «Your Funeral... My Trial». Metido para dentro, Cave solo habla de sí mismo. De su hijo no sabe, no contesta.

Vértigo

Tras reconocer la banalidad de su anterior narrativa, definida por el tremendismo figurativo y una concreción que ahora le resulta inútil para comunicar, el creador de «Nocturama» recurre a la abstracción y se libera de unas tramas que le resultan asfixiantes. Verso libre. «Skeleton Tree» es una colección de evitaciones psicológicas. Esa es la grandeza de un disco cuyo autor, fuera del escenario y del plató donde Dominik rueda su largometraje, carga con la cruz de su premeditada ignorancia de un suceso sobre cuyas consecuencias personales se explaya y del que, sin embargo, se lava las manos. Nick Cave consagra y subraya el carácter accidental de la muerte de Arthur para sobrevivir y sobrevolar un acantilado al que no quiere asomarse. Tiene vértigo.

En «Skeleton Tree», como en el libro de instrucciones que lo acompaña, «One More Time With Feeling», se echa de menos un sentimiento tan humano y racional como la culpa, de obligado cumplimiento en cualquier muerte accidental y más aún de las características que envuelven, como un sudario de venenos y planteamientos condicionales, la muerte del pequeño Arthur.

Cave había llegado ya tan lejos que no hay avances líricos en un disco cuyo gran valor es sonoro

La víctima aquí no es otra que el propio Nick Cave, empeñado en ser el muerto en el entierro, y no por afán de protagonismo, como suele ser costumbre, sino por ahorrarse remordimientos y sufrimientos. Suyas son las heridas que, en cueros, exhibe en la película de su amigo Dominik, una cinta donde las confesiones deslavazadas y caóticas de Cave encuentran la réplica en la falsificación –medida, primorosa– de unas sesiones de grabación impostadas, puro videoclip de consumo.

«One More Time With Feeling», como «Skeleton Tree», está basado en hechos reales, pero es una distorsión de los verdaderos sentimientos de su autor, que esconde al ser humano –como hace diez años hizo en «The Boatman’s Call»– y saca al artista. En el nuevo y portentoso álbum de Nick Cave y Warren Ellis no hay ni una sola mención al niño muerto, ni a las verdaderas circunstancias de la tragedia, ni a sus consecuencias familiares. Todo es mentira. Geografía, sexo e incluso edad están modificados de forma premeditada para plantear al oyente la escena de un dolor verosímil, pero contrahecho, deslocalizado, transferible. A Nick le duele mucho, pero no dice dónde, ni qué. Lo que algunos han interpretado como una descarnada expresión de duelo no es sino una prodigiosa señal de contención y perversión artística. Esto, en definitiva, no es un «reality show», forma de ocio y entretenimiento que está al alcance de cualquiera.

La orquesta de Ellis

Desde que hace treinta años forjó su canon creativo –también con un funeral en su agenda–, Cave ha acostumbrado a su público a todas estas cosas tan arrebatadas. Profeta de la conmoción y el desconcierto, el escritor australiano ofrece en «Skeleton Tree» la enésima muestra, en este caso previsible, de su talento para perturbar al oyente. El autor de «Let Love In» había llegado ya tan lejos queno hay avances líricos en un trabajo cuyo gran valor es de carácter formal. La nueva cumbre musical de Nick Cave es obra de Warren Ellis, con el que lleva varios años formando dúo instrumental –violín y piano– y componiendo bandas sonoras, la última ellas, «Hell or High Water», a mediados del pasado agosto.

Cave estrena aquí el tono lastimero y ahogadizo –casi femenino, de plañidera– con que recita sus poemas, pero es Ellis el que se inventa «Skeleton Tree» y quien pone en bandeja el sonido ondulado de drones y zumbidos en el que su jefe de filas instala su particular purgatorio. Es Warren Ellis, muy puesto en situación, sin evasivas, sin rodeos, el que en realidad transforma el nuevo disco de Nick Cave en la obra maestra (merece la pena oírla) que tenía que ser.

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