La debutante en la novela negra, Inés Plana
La debutante en la novela negra, Inés Plana
LIBROS

«Morir no es lo que más duele», ¿quién le arrancó los ojos?

Entre lo comercial y lo literario se encuentra esta incursión de Inés Plana en la escritura «noir». Un acierto

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Nada es casual. Aunque al principio de nuestra conversación Inés Plana, la autora prácticamente desconocida de «Morir no es lo que más duele», no reconoce ser una consumidora voraz de literatura policiaca, muy pronto recuerda que durante su adolescencia se divertía comentando la lectura de «El Caso» con su padre, de quien conserva el placer por estimular la imaginación y fabular sin prejuicios hacia terrenos oscuros y truculentos, morbosos a menudo, sin ningún miedo. Tal vez, en ese temprano punto de su existencia se inició el camino hasta este gélido mes de enero en que la editorial Espasa, convirtiéndola en una de las mayores apuestas de su catálogo, ha publicado su primera novela, un texto de más de 400 páginas en el que Plana ha invertido cinco años y muchos desvelos; del que ha dudado con frecuencia, llegando a considerar durante el proceso de escritura la posibilidad de borrar para siempre del ordenador el archivo con la historia inconclusa… aunque afortunadamente allí estaba su marido para hacer a diestro y siniestro, y con una discreción absoluta, mil copias de seguridad e impedir que se rindiera.

La excepción

El resultado: una trama como un ser vivo, con sangre caliente y un sanísimo sistema circulatorio que se bifurca en un sinfín de vasos capilares, interesantes y necesarios todos ellos, porque no nos encontramos ante un potencial «best seller» cualquiera, sino ante una excepción, un texto que se sustenta sobre una troica bastante inusual: una buena intriga presente desde la primera página; un elenco de personajes con identidad e incógnitas propias, liderado por el teniente de la Guardia Civil Julian Tresser, cuya vida literaria aquí no ha hecho más que empezar; y un estilo transparente, muy elaborado, que para la novelista primeriza ha supuesto un reto del que ha salido airosa.

En octubre de 2007, un hombre aparece ahorcado y sin ojos en el cerro de Las Brumas, en Uvés, un territorio ficticio que Plana sitúa en la zona oeste de Madrid, donde las viviendas unifamiliares y la necesidad de desplazarse en coche hasta para ir a comprar el pan aislan a los vecinos y congelan el ambiente. La víctima, a la que Tresser y su ayudante, el cabo Coira, no tardarán en identificar como el profesor Tomas García Huete, llevaba un papel en el bolsillo y en él había escrito el nombre de una mujer. El misterio está servido.

Inés Plana vio realmente a un hombre ahorcado hace algún tiempo. Ella iba en un tren y la visión fugaz de la tragedia activó en su mente el mecanismo de desvío hacia la ficción. Quiso saber qué podría haber pasado y sumó al conocimiento del suceso la intención de escribir una novela en la que la maldad y el destino, con su capacidad para cambiarnos la vida de un bandazo, se cerniesen sobre un conjunto de individuos con una cosa en común: el verse sobrepasados por la situación. Con este escenario de partida, y aunque no se había propuesto escribir «noir», la narración se fue oscureciendo y a Plana no le quedó más remedio que amoldarse a las necesidades de la historia que ella misma estaba creando. Tenía una novela muy negra, negrísima, entre las manos.

«Ya era hora»

Cuando se dio cuenta del género de su relato y aunque no pudo renunciar a la compañía de Patricia Highsmith, que con sus novelas «El diario de Edith» y «El grito de la lechuza» se había convertido en una de sus escritoras de referencia, para no «contaminar» su trabajo con las voces y los vicios de otros autores de género se refugió en los clásicos. Leyó a Flaubert y a Tolstói, y recuperó para ilustrar el trayecto en autobús de una de sus protagonistas un poemario de Emily Dickinson. También volvió a Vila-Matas y escogió una cita de Poe como reflejo del estado anímico de Tresser, instalado en la perpetua inquietud, condenado por Plana a ir desmoronándose con el transcurso de los acontecimientos, «porque nuestra razón nos aparta violentamente del abismo, por eso nos acercamos a él con más ímpetu».

Es fácil -para bien- rastrear este bagaje cultural de Inés Plana en «Morir…». Junto con Highsmith, Ruth Rendell es su otra dama del crimen favorita, aunque por fortuna cada vez más son «ellas» las que se esconden detrás de la narrativa policiaca y de suspense, y se hace más complicada la elección. «Ya era hora», se pronuncia Plana al respecto, feliz de que la mujer vaya ganando poco a poco terreno en un paraje fundamentalmente masculino al que ella acaba de incorporarse con unas credenciales inmejorables, las de «Morir no es lo que más duele», que quizás, manteniéndose en un perfecto equilibrio entre lo comercial y lo literario, sólo falle en el título y demuestre su valía al final, cuando al cerrar el libro el lector se dé cuenta de que descubrir quién le arrancó los ojos al ahorcado era lo de menos.