ARTE

El mirar de las mujeres

Elena del Rivero se pone el hábito de comisaria para una colectiva en Travesía 4 sobre identidades

Una de las obras de Esther Ferrer presentes en la exposición
Una de las obras de Esther Ferrer presentes en la exposición

Siempre he pensado que las exposiciones «de mujeres» son decepcionantes. Con el argumento de la discriminación positiva, de romper el llamado «techo de cristal» y de alcanzar una mayor visibilidad, se acostumbra por desgracia a presentar la obra de artistas aficionadas o directamente mediocres, en un batiburrillo que favorece poco la obra y la visibilidad real de esas creadoras.

Por suerte, en el caso de la exposición organizada por Elena del Rivero para Travesía 4, el criterio expositivo no ha sido en absoluto el del victimismo, ni tampoco específicamente el de la «visibilización», organizando una cita en torno a lo que María Lozano ha dado en llamar «el mirar de las mujeres».

En segundo plano

Sería absurdo pretender «visibilizar» la obra de artistas enormes y ya consagradas como Esther Ferrer, la desaparecida Ángeles Marco o la mundialmente reconocida Kiki Smith. La propuesta de Del Rivero pasa más bien por lo que ella denomina «una reunión de amigas», que comparten criterios y opiniones en común, y que aprovechan para desarrollar un diálogo sobre la identidad, la sexualidad y su relación con las prácticas artísticas contemporáneas.

La propia Elena del Rivero, que es una extraordinaria artista, ha preferido incluso poner su propia obra en un segundo plano –a pesar de que, como creadora y como feminista, cuenta ya con una sólida y larga tradición–, acaso para permitirnos disfrutar de la calidad y el interés intrínseco de la propuesta. De hecho, ha renunciado incluso a todo carácter programático o doctrinario, para permitir una mejor apreciación de la problemática que las piezas introducen.

El diálogo entre las obras de estas artistas hace que adquieran una nueva resonancia

Y ello, sin embargo, no le quita nada de efectividad a su apuesta. Por el contrario, la reflexión sobre la sexualidad, sobre la identidad y la mirada femenina se encuentra aquí presente, en un mensaje que se enriquece en la interferencia de unas obras con otras.

¿Qué duda cabe, por ejemplo, de que los autorretratos de Esther Ferrer son una reiterada reflexión sobre el problema de la identidad personal y de la específica del propio artista? Pero, al situarlos en diálogo con obras escultóricas de Ángeles Marco o con los autorretratos de Janice Guy, adquieren una nueva resonancia. Resonancia que nos obliga a pensar también en su obra como una larga meditación sobre la identidad femenina. Buena parte de la misma se articula obviamente en torno a la idea del retrato y de la genitalidad. La propia galerista, Silvia Ortiz, se mostraba sorprendida con las numerosas vaginas que aparecen en la cita. Pero, aunque es evidente que –como quiere Simone de Beauvoir– la genitalidad no determina la sexualidad, también lo es, sin embargo, que, a partir de la genitalidad se asigna el primer rasgo de identidad, que es el de la diferencia sexual. Desde este punto de vista, incluso me parece un acierto la presencia de un varón, como John Coplans, en la exposición.

Toda la actualidad en portada
publicidad

comentarios