LIBROS

La mirada oblicua de Javier Vásconez

En «Hoteles del silencio», Javier Vásconez vuelve invisible la fina línea que separa la realidad de la fantasía

Javier Vásconez, autor de «Hoteles del silencio»
Javier Vásconez, autor de «Hoteles del silencio»

Un íntimo convencimiento de que habitaba una patria imaginaria, creada oportunamente por geodésicos españoles y franceses para justificar en el siglo XVIII las tesis de Newton acerca de la casi redondez de la Tierra, despertó en Javier Vásconez el deseo de continuar la geografía física y ascender por la línea de la mano apuntando directamente a la imaginación con el fin de crear un nuevo espacio deseado por él con soberana libertad. Desde los relatos que inauguraron su narrativa, reunidos en «Ciudad lejana», hasta su última novela, «Hoteles del silencio», su empeño ha sido explícito: inventar una realidad gobernada por unas reglas que no han hecho sino ampliarse con coherencia. Una imagen bastaría para resumir su empeño: la de un hombre recluido en un cuarto de una ciudad andina poseído por la obsesión de inventarle un puerto a esa ciudad para traer el mar a las alturas de la más alta cordillera de América. Una misión insensata que retrata la labor de un creador de ficciones: adelgazar la línea imaginaria que separa la realidad de la fantasía hasta lograr que esa frontera se vuelva invisible.

Una ciudad más intuida que descrita, casi borrada por la lluvia constante, es la residencia incómoda de los protagonistas de este autor ecuatoriano. La lluvia pertinaz que la difumina le confiere una presencia intangible, la inconsistencia de un sueño. Desde la vigilia, el personaje que media en la ficción como narrador o desde el que se elige la perspectiva para desarrollar el argumento va rumiando esos sueños, fantasea y da consistencia a lo que apenas era una intuición. Y se aleja saltando en el tiempo y en el espacio de aquella ciudad andina, a la que no obstante regresa inevitablemente, aunque sea para reconocer el horror que le asedia.

Una trama simbólica, dominada por la ambigüedad, el misterio y un horror irracional

Ese punto de vista es el doctor Kronz en «El viajero de Praga», la deslumbrante primera novela de Vásconez, un personaje ya anticipado en algunos relatos de «Ciudad lejana». Y es el fotógrafo Félix Gutiérrez en «Café concert», el cuento más celebrado del autor. Y la ciudad que van inventando sus criaturas es un Quito asfixiante y umbilical paulatinamente dominado por el misterio y hasta por el mal.

Sin ojos

Si en «El secreto Vásconez» retrata a un asesino de niñas y crea una novela corta que hace pensar en Dostoyevski, en «Hoteles del silencio» el mal vuelve a elegir a los niños como víctimas pero en una trama más simbólica, dominada por la ambigüedad y el misterio. La ciudad vive atemorizada por la desaparición de niños que cuando sean encontrados habrán arrancado los ojos a sus cadáveres. Un horror irracional, de pesadilla, que aparece sin embargo de fondo, como un eco de aquello que en la ciudad ocupa el comentario de la gente. En primer plano la historia es otra. Un librero, Jorge, anuda su destino al de Loreta, una mujer embarazada empeñada en encontrar al misterioso amante que la ha abandonado.

Se diría que los acontecimientos cumplen la misión de asediar al protagonista. La ciudad, la mujer, su propia familia son alarmantemente sórdidos, pero él se empeña en edificar una historia de amor puro en medio de los escombros y la destrucción. Jorge es la mirada oblicua desde la que se registra todo lo que constituye la ficción. Él percibe la lluvia y el sueño, él imagina el antes y el después de Loreta, él construye con su soledad acumulada una nueva ampliación del mundo fiel de este escritor.

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