John Casani prepara en agosto de 1977 el envoltorio de un Golden Record
John Casani prepara en agosto de 1977 el envoltorio de un Golden Record - NASA
MÚSICA

Mensaje en una botella para extraterrestres

Se reedita el contenido sonoro del Golden Record que la NASA lanzó en 1977 como señal para otras formas de vida

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Después de pasar dos años como artista residente en la NASA, experiencia que la agencia norteamericana no volvió a repetir por las críticas del Congreso, que denunció el despilfarro y puso a sus directivos mirando a Marte, Laurie Anderson se paseó por el mundo afirmando que las imágenes espaciales de la NASA son coloreadas por un grupo de expertos cuya imaginación es inversamente proporcional a la veracidad de sus obras. Casi todo era mentira, piadosa o recreativa.

Tampoco el sonido existe en el espacio: el silencio de ese Universo pintado en la Tierra fue sustituido hace medio siglo por una secuencia sonora de piezas clásicas a la que con el tiempo se fueron añadiendo composiciones sintéticas, hasta cuadrar la recreación audiovisual que, más o menos estandarizada, el común del mortales ha aceptado para manejarse de oídas por esos mundos de Dios. La edición comercial de los Golden Records que hace ahora cuatro décadas fueron enviados al espacio por las naves Voyager, saludo de la Humanidad a una supuesta civilización extraterrestre, trae de vuelta a la Tierra el canon musical de una época y, también, la banda sonora de un Universo que desde 1977 ha dado algunos tumbos musicales.

Con portes pagados desde California y a precio de marisco, 158 dólares vale la caja en la que Ozma Records ha envasado esta edición conmemorativa del disco de la NASA, un artefacto que en formato original sigue inaudito: después de cuarenta años de viaje, ninguna criatura ha reproducido un álbum que incluye una aguja para pincharlo e instrucciones de uso y al que solo le falta aire, casi nada, para ser escuchado.

El canon espacial de 1977 aún estaba definido por Kubrick

Su contenido es una muestra sonora del conocimiento universal, basada en el multiculturalismo de la ONU y sesgada por la hegemonía geopolítica de Occidente, reflejo fonográfico de lo que aún sucede en su Consejo de Seguridad: Europa metió tres composiciones de Bach, dos de Beethoven y una de Mozart -ninguna religiosa, todo muy aseadito y acomplejado-, la URSS introdujo a Stravinski y un coro georgiano, China se desquitó con una pieza folclórica y Estados Unidos puso a cantar a Blind Willie Johnson, Louis Armstrong, Chuck Berry y, de propina nativa, los indios navajos.

Entre mariachis, percusión senegalesa y otras manifestaciones de aquello que luego fueron las «músicas del mundo», no hubo sitio para el flamenco, exclusión que revela la escasa talla diplomática de la España de 1977 y su incapacidad para hacerse oír, dentro o fuera de este mundo. Incluso la locución del saludo en castellano enviado al espacio corrió a cargo de un profesor extranjero, especialista en dictados.

Como en cualquier relación, y esta es de poder, sería curioso empezar de cero y plantear una selección musical adaptada al actual concierto mundial y al cambio de un paradigma sonoro que en 1977 y para cuestiones espaciales aún estaba definido, pese a los avances del pop y una psicodelia que desde primera hora se había echado al monte y las estrellas, por el canon de la banda sonora del 2001 de Kubrick. Hubo que esperar al Cosmos televisivo de Carl Sagan para que Vangelis, con un borrador de lo que luego hizo en Carros de fuego, metiera mano y sintetizador en un repertorio clásico que aún resuena por inercia y abriera las puertas del espacio a la new age. Electrificada, depurada y más contenida, la música del Universo actual es cosa suya. No hay más que ver los telediarios cuando enfocan al cielo.